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Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

Torres, académico

Ángel Víctor Torres, con la Cámara de Comercio de Fuerteventura. | | CARLOS DE SAA/EFE

Tenemos un presidente del Gobierno tan excepcional que hace un par de días entró a formar parte de la Real Academia de la Lengua. Es un gran honor pero tampoco cabe asombrarse demasiado. La lengua es el principal instrumento de trabajo del presidente. La lengua es el torno –da vueltas y vueltas sin parar– y la arcilla, su fascinante, inacabable y poliédrica personalidad. Un hombre que convierte en una minucia la quiebra de Thomas Cook, que convence a un virus para que no toque a más canarios que a los estrictamente necesario para que se pueda hablar de pandemia y no caer en el ridículo, que domina y vence a un volcán en erupción, que consigue que le levanten cuatro millones de euros delante de sus narices sin consecuencias y que crea cual pasmoso demiurgo trabajo dignos para miles de isleños no puede tener miedo a la lexicografía. Sinceramente ignoro las razones que han llevado a la RAE. Recuerdo vagamente que Ángel Víctor Torres escribió un libro de cuentos allá por los años noventa, una probatura juvenil, pero su calidad no debería haberlo conducido a la RAE, sino a Radio Ecca. Tampoco entiendo que hace junto al presidente, en todas las fotos de la ceremonia académica, una señora enfundada en un elegante traje azul. Tal vez sea su jefa de gabinete, aunque me había asegurado que era invisible salvo en su despacho de ocho a tres, y tiro porque me toca.

Descreo que la designación de Torres por la RAE esté relacionada con su condición de orador político. El presidente no ha demostrado ser un mal orador parlamentario, pero tampoco es precisamente Cicerón. Ni siquiera Jerónimo Saavedra. De todas formas sus recursos retóricos no tienen una base propiamente lingüística, sino más bien ética. La oratoria presidencial se basa en la obvia superioridad moral de la socialdemocracia sanchista frente a cualquier tipo de conservadurismo. Es, por lo tanto, mucho más eficaz que cualquier martingala ciceroniana. Si un diputado del PP critica la acción de su Gobierno, al presidente Torres le basta con recordar que quien se atreve a criticar es un diputado del Partido Popular, y eso es más que suficiente para fulminarlo. o mismo ocurre con otras gentes moralmente degradadas y degradantes, como con los dirigentes y cargos públicos de Coalición Canaria, salvo, parcialmente, con José Miguel Barragán, que más que nacionalista le debe parecer budista: un hombre que intenta ver más allá de los velos de Maya, pero es que hace años cerraron y lo hay manera. Como orador –maestro de la palabra hablada– el presidente Torres nunca intenta acercarse a la realidad, sino conducir las almas ciudadanas hacia un ideal: la libertad, la prosperidad y la justicia que solo puede garantizar el PSOE, con el mismo Torres, por ejemplo, como jefe de Gobierno humano, demasiado humano, luz inspiradora, milagro morfosintáctico y padre proveedor.

De lo acertada de la designación de la Real Academia es suficiente indicio la cantidad de personalidades que acudieron a la emocionante ceremonia en la ilustre institución. Todos sonreían rodeándole, henchidos de orgullo patrio, incluso la elegante señora del vestido azul, que sin duda llamó la atención del flamante académico, porque la perseguía por todas partes. He contado al menos una docena de fotos que atestiguan la mutua simpatía. He escuchado rumores sobre una simpática e improvisada firma por parte de Torres para contentar a todos los congregados, aunque solo pudo rubricar algunos clínex aportados diligentemente por la Delegación del Gobierno de Canarias en Madrid. Al final llegó lo mejor: desde una asombrosa humildad, el nuevo académico cedió la palabra y entregó su discurso de entrada a la dama vestida de azul, quien leyó la conferencia de Torres, Un mar de palabras, una pieza colmada de sabiduría filológica y elegancia expresiva. Un discurso tan hermoso que el propio presidente, que se situó en un modesto segundo plano, no tuvo más remedio que aplaudir emocionadamente.

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