Opinión | Gentes y asuntos

Araceli

Con todos sus límites, la mala nueva rompió la mañana del lunes. La columna iba por otros derroteros cuando una llamada y un asunto familiar mudó el pulso y el color del día. No importó entonces la actualidad local y general, reincidentes ambas en la propaganda y el ruido de las vísperas electorales porque el escenario se concretó en una casita blanca, al pie de la cuesta, donde dicen el Lomo de los Gomeros y, en un ser humano que, sin ningún interés ni presunción, dejó una huella imborrable entre quienes la conocieron y quisieron.

Existen varias y hondas razones por las que, a la hora de buscar un lugar para el trabajo y el descanso, nos quedamos en Breña Alta: el hallazgo de Galguén, una meseta florida en la empinada ascensión a Cumbre Nueva, con el respaldo del pinar y el horizonte marino, con las noches radiantes que lava el alisio; un paseo de sabinas con solemne ambición de cipreses; una casa de piedra y una chimenea para las noches de invierno; pero, sobre todo, por la presencia de una vecina que, desde la primera y satisfecha su curiosidad por nuestros propósitos, nos enseñó cuanto era necesario para disfrutar de un privilegio accesible y laboriosamente buscado.

Se llamaba María Celis Pérez Hernández, tenía años y, desde la lejana Garafía y con pasos y destinos intermedios, recaló por una villa próspera que correteé desde mi lejana infancia. En principio desconfió de los deseos de permanencia y fue el tiempo – «el juez más justo», que dijo Calderón – quien la convenció de nuestro auténtico propósito. Con la la inteligencia natural y la agudeza campesina, con la independencia de criterio de quienes piensan por cuenta propia, con la generosidad discreta de los auténticos dadivosos, Araceli –alguien la rebautizó así para simplificar el nombre compuesto– entró en nuestras vidas y orientó con sano instinto nuestros pasos, compartió nuestras preocupaciones, disfrutó nuestras alegrías y nos demostró, con hechos y sin aspavientos, la lealtad y el afecto, el inmemorial concepto de vecindad que es una regla antigua de los pueblos nobles.

Asistió y orientó las reformas en primer plano y, en justa paridad con nuestras madres y nuestros hermanos nos acompañó en los hitos familiares. desde el nacimiento de nuestros hijos hasta la escala de logros de su crecimiento; no conocimos mejor, ni más rápida ni eficaz ama de casa, ni más solícita y enérgica niñera, porque sabía, como la que más, la proporción exacta de método y ternura para la adecuada formación de la infancia; a su modo, sin melindres. Con ella, Luis y Belén vieron crecer la hierba, pegar y progresar un níspero y unas rosas de pitiminí, recorrer la apoteosis dorada de los últimos trigales de las Breñas y conocer, al romper el habla, los nombres de los animales chicos y grandes del entorno; y, además, a comer de todo y a jugar a todo, con canciones y refranes infantiles. Abucheli, el nombre que le asignaron y el tercero en sus apelativos, fue la abuela diaria y, por razones de residencia y celo, la que más tiempo les dedicó y a la que deben la mayor extensión de sus recuerdos.

Con la noticia de su muerte dulce se paró el reloj y se cambiaron las minutas diarias. La pena tuvo un leve paliativo para compartir con su hijo Miguel, con sus nietos Marta y Carlos y las tres biznietas seguidas que alentaron y alegraron el ciclo sereno de su vejez, asumido con la naturalidad, fortaleza y estoicismo campesino, con la disposición de elegancia de ayudar sin contrapartidas, con la seguridad de quien sabe que ha cumplido con honradez y holgura las obligaciones de abajo.

María Celis, Araceli, Abucheli deja un hueco en el paisaje y en la memoria íntima de todos nosotros; una señal personalizada porque, en su intuición singular y en la prodigiosa sensatez de los supervivientes, tuvo para cual el trato justo, el consejo oportuno y, a veces porque todo hay que decirlo, la discrepancia inevitable frente a la mentira. El recuerdo de sus valores es una garantía de las gentes del común que destacan por su libertad, sinceridad y capacidad de servicio, por su respeto a las diferencias, que es la mejor forma de servir a la libertad. La echamos, la echaremos de menos y, para atenuar la nostalgia y no enfadarla, la imaginaremos joven, alegre y lozana en la romería sinfín que San Antonio del Monte, su querido patrón, organiza a diario para premio de los suyos y esperanza nuestra.