Opinión | Gentes y asuntos
Fernán Gómez
Desbordado y abrumado por las matanzas en Ucrania, asqueado por la megalomanía criminal de Putin y el asentimiento y silencio cómplice de la extrema derecha europea; asqueado por la inacción y el pretexto de la comunidad internacional que tragó con la anexión de Crimea entre febrero y marzo de 2014 y ahora pesa y contrapesa las ayudas militares a una nación admirable en la defensa de su tierra y su libertad, una noticia cultural, un nombre propio inolvidable, desplazó las miserias de un telediario trufado con las comisiones de la pandemia, la resaca sahariana, con tanta cólera como hipocresía, la bestial especulación con el precio de la electricidad privatizada e instrumentada según las reglas gordas del mercado y, por si fuera poco, con las secuelas de la pandemia, la ausencia de información general, las normas profilácticas abolidas por decreto y la alternancia de enmascarados y descubiertos por nuestras calles, casas y centros de trabajo.
Vamos a lo mollar. El Instituto Cervantes reconvirtió la cámara acorazada de su sede –el desaparecido Banco Central ç– en un amplio y entrañable depósito de testimonios y recuerdos de notables protagonistas de la cultura, el arte y la ciencia, inaugurada en el año 2007 por el novelista granadino Francisco Ayala y que ya cuenta con unos mil ochocientos legados, cerrados durante el tiempo que sus donantes y/o familiares han determinado y determinen.
La penúltima aportación me alegró el día gris porque, detrás del acto sencillo, apareció la imagen y el recuerdo de Fernando Fernán Gómez (1921-2007) que opacaron, en un instante, la actualidad inmunda a partir de la entrega que sus familiares hicieron a la Caja de las Letras: su carnet de la CNT, emitido en 1938 por la rama de actores, y la pluma estilográfica regalada en el año 2000 con motivo de su ingreso en la RAE.
La radiante inteligencia y la rotunda ironía de nuestro personaje hubieran redondeado con precisión el significado de esa ilusionada y común apuesta por el futuro que ya han realizado ciento ochenta escritores, plásticos, científicos, cineastas y el albur de la acogida por sus sucesores dentro de medio siglo, que es el plazo medio para la apertura de las cajas personales.
Conocí –es un decir– a Fernán-Gómez por una película de José María Elorrieta, titulada El fenómeno (1957), cuando las aficiones y ocios infantiles se compartían entre el fútbol –en la calle, en Bajamar y por la radio– y los tres cines que existían entonces en la capital palmera. En la heroica cinematografía de posguerra, con la censura venal de palo y zanahoria, la aventura estrambótica de un profesor alemán confundido con un delantero ruso fichado por el Irreal Madrid, que mitificaría para TVE Valerio Lazarov en la década siguiente. Aquella hora y media de enredo me descubrió un talento extraordinario que alternaba las tareas de supervivencia –películas de ocasión cuyos títulos quería olvidar– con las grandes series de la época Juan Soldado, El pícaro, por ejemplo, teatro de dos funciones en Madrid y provincias y artículos puntuales en la prensa.
Desde entonces y, sobre todo, después de tratarle, profesé una rendida admiración por un intelectual de sólidas bases y un artista en la mayor extensión del término que tuvo una larga y curiosa vinculación por Canarias, «tierra mediana entre las dos orillas del idioma». Pero esa es historia para otro día porque, como recordó Fernán-Gómez, además de medir la extensión del relato «los periodistas debemos escribir a gran velocidad porque si no corremos el riesgo de que, al llegar al último renglón, ya no tenga actualidad el primero».
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