22 de marzo de 2020
22.03.2020

¿Cómo capturar más CO2 de la atmósfera?

Bosques y océanos, al límite para absorber dióxido de carbono: ¿ha llegado el momento de fabricar máquinas para ello?

22.03.2020 | 00:28

Todo el carbono que las industrias han emitido a la atmósfera desde que comenzó la era industrial, a finales del XVIII, ha aumentado la concentración de CO2 de tal modo que está poniendo en peligro el futuro de la vida en la Tierra. El calentamiento global que sufre el planeta está producido en gran parte por este fenómeno.

Siempre ha habido CO2 en el aire y éste ha sido capturado en la superficie de la tierra y en los océanos, dando lugar a una situación de equilibrio. Los bosques y los océanos son los grandes 'capturadores' de dióxido de carbono. Las plantas, como sabe cualquier estudiante, liberan oxígeno y atrapan CO2 en el proceso de fotosíntesis. Lo mismo sucede en el mar con el plancton o con las praderas de posidonia, un auténtico bosque sumergido. Sin embargo, cuando las emisiones de este gas son tan grandes, el equilibrio se rompe y estos 'aspiradores' masivos se quedan insuficientes para procesar tanta cantidad de carbono.

Según recientes estudios del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), los océanos absorben el 31% del CO2 generado por el hombre. Pero hay un problema: hay un tope para esa absorción, y si este límite se supera el CO2 disuelto en el mar aumenta la acidez del agua. Ello provoca graves consecuencias para muchos organismos marinos y para el equilibrio global de los océanos. Incluso puede llegar un momento en que los mares, en vez de ser sumideros de carbono, se conviertan en emisores del mismo. Cuanto más suba la temperatura, más se complicará todo y menos rendirá ese sumidero natural.

Igualmente, los bosques del planeta han llegado al límite de su capacidad para absorber carbono. Una investigación publicada en la revista Nature demuestra que las selvas amazónicas y africanas alcanzaron su tope como sumideros de carbono hace treinta años. Los árboles están saturados. Aunque las masas forestales siguen siendo los grandes 'secuestradores' de CO2, cada vez lo son menos y pierden eficacia en este cometido.

Y ello, por no hablar de la deforestación de los grandes bosques y selvas del planeta, otra de las amenazas para el equilibrio de la atmósfera. Los incendios causados por el cambio climático en la Amazonía podrían hacer que esta región pase de receptor de dióxido de carbono (CO2) a emisor neto de ese gas contaminante, según un estudio publicado hace pocas semanas por la revista Science Advances. "Los incendios forestales desencadenados por un clima cada vez más cálido y seco pueden duplicar el área quemada y arrasar hasta un 16% de la selva tropical en el sur de la Amazonia brasileña para 2050, con lo que esa región podría perder su función de receptor neto de CO2 y convertirse en una fuente neta de dióxido de carbono", señala el artículo.

Los incendios forestales en la Amazonía seguirán intensificándose antes de 2030, y para mediados de siglo la región estará emitiendo unos 17.000 millones de toneladas de CO2.

Buscando sistemas artificiales

Entonces, si este es el panorama para los sumideros naturales de carbono del planeta ¿qué alternativa queda para capturar este gas? Desde hace unas pocas décadas han empezado a proliferar proyectos para 'secuestrar' el carbono directamente del aire. También hay sistemas para atraparlo en las propias fábricas antes de que se emita al aire. Tanto en un caso como en otro este carbono es inyectado luego en depósitos subterráneos e incluso submarinos para que quede allí almacenado.

La tecnología más atrevida en este campo es la que persigue absorber el carbono de la atmósfera mediante grandes ventiladores que procesan el aire en un punto determinado y 'filtran' el CO2 que hay en él. Puede parecer un ensayo imposible, pero lo cierto es que ya no es ciencia ficción. Varias empresas en todo el mundo han construido ya esas turbinas y están en funcionamiento. Carbon Engineering (Canadá), Climeworks (Suiza) o Global Thermostat (EEUU) son algunas de estas sociedades, que han pasado de las palabras a los hechos y llevan ya unos años en esta actividad.

Los ventiladores gigantes instalados por estas empresas atraen el aire del ambiente y lo ponen en contacto con una solución acuosa que detecta y atrapa el dióxido de carbono. Mediante su calentamiento y una serie de reacciones químicas, este mismo dióxido de carbono se vuelve a extraer y, o bien puede usarse para fabricar ciertos bienes (incluso petróleo, paradójicamente) o para almacenar en el suelo.

Los ecologistas no otorgan mucha credibilidad a estas instalaciones. En España, Paco Ramos, de Ecologistas en Acción, afirma: "El problema es la dispersión. Para atrapar ocho millones de toneladas de CO2 de la atmósfera se tendrían que procesar 20.000 millones de toneladas de aire", puesto que la mayor parte de él es nitrógeno. Esos proyectos, por tanto, "son de una inviabilidad absoluta", asegura. La captura en las mismas centrales térmicas es algo más eficiente y se ha implantado en muchos sitios, pero "así y todo para capturar ocho millones de toneladas de dióxido de carbono hay que tener una máquina que capture 80 millones de toneladas de aire". "Habría que construir miles de estas máquinas para que se notara su efecto", asegura. Es, además, un proceso costoso, por lo que Ramos recuerda: "El único método viable de captura es el que realizan los árboles y los mares; ellos son los que han mantenido el equilibrio hasta ahora".

Abaratando costes

Pero el fundador de Carbon Engineering, David Keith, que abandera una de las principales empresas que atrapan CO2 directamente del aire, no opina igual. Para empezar, "realizar una captura directa de aire a una escala importante cuesta entre 94 y 232 dólares por tonelada de CO2 capturada, lo que está muy por debajo de los 1.000 dólares por tonelada que aseguraban los análisis teóricos", afirma.

Keith admite que uno de los usos del carbono capturado es, curiosamente, la fabricación de combustible (contaminante a su vez), y así se hace ya en EEUU, pero asegura que se trata de una sustancia en muy bajo contenido en carbono, que permitiría ahorrar muchos millones de toneladas de esta sustancia cada año.

Se trata, en todo caso, de una tecnología aún incipiente que, según los expertos, solo arraigará si se abaratan sus costes de forma notable.

"La prioridad ahora mismo es mantener los sumideros naturales y reducir las emisiones", recuerdan desde Ecologistas en Acción.

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