Opinión | Gentes y asuntos

Agustín Ibarrola

Exposición en LM Arte Colección sobre los fondos de la desaparecida Sala Conca

Exposición en LM Arte Colección sobre los fondos de la desaparecida Sala Conca / María Pisaca

El despiste seráfico que le ocupó en los últimos años le evitó presenciar la obscena exhibición de comportamientos, cantos, gritos y símbolos fascistas, insultos gruesos, agresiones y destrozos en el mobiliario urbano, durante unos protestas políticas que no necesitaban, ni necesitan, tan afrentosos aditamentos para sus reivindicaciones. Así pues, el mal que ataca la memoria le ahorró a Agustín Ibarrola (1930-2023) el bochorno, la bárbara y continua gamberrada que, desde el pasado 3 de noviembre, nos devuelve a los episodios más cutres de la transición. El artista bilbaíno fue despedido con todos los afectos ganados y con todos los honores que le negaron en su azarosa vida, cuando pasó de la persecución de la policía y los jueces de la dictadura al acoso y la amenaza de muerte de los terroristas de ETA; los unos le amargaron la vida por su militancia comunista; «los otros no le perdonaron ni le consintieron su españolismo».

Ibarrola, por su parte, lo tuvo siempre claro: «Yo soy de mi tierra vasca y de mis tierras españolas; soy también de cualquier sitio donde haya libertad y se respeten las ideas». Lo declaró en 1974, en alta voz y en una muestra en la mítica galería Mikeldi, después de una valiente presentación de su fundadora Gotzone Etxebarria, con tantos espectadores como miembros de la brigada social, entonces con una extraña y encomiable pasión por el arte.

En 1977, y dentro de una campaña que reivindicaba la futura localización del Guernica de Picasso en la localidad destruida por la aviación nazi, contemplé por primera vez el Guernica de Ibarrola, que, con respeto a la parábola original, añadió elementos propios y animó los blancos, grises y negros con manchas rojas como seña y homenaje de la sangre derramada.

Años después –creo que fue en 2017– lo saludé en La Palma y recordamos los dos encuentros de Bilbao, la calidad humana de Gotzone, fallecida recientemente, y hablamos de un proyecto en la lejana Garafía que, en principio, aprobó el Cabildo y, en paralelo, fue criticado por competidores de medio pelo, unos desde la perspectiva plástica –es un decir– y otros en aras de una supuesta agresión al patrimonio arqueológico; ¿qué tendrá que ver el culo con las témporas? Entre las demoras y los sabotajes –alguien criticó la falta de ADN del creador vasco para trabajar en La Palma– y una difícil e interesada intermediación con las instituciones, cayó un sugestivo proyecto de un artista fundamental en las vanguardias del siglo XX, mientras se perpetraban, bajo un falso tilde artístico, alevosos disparates. En el pasado octubre y en un viaje rápido a Bilbao compartí con un colega una visita al espléndido Museo de Bellas Artes, dirigido con pulso y tino por Miguel Zugaza, que renunció a su cargo en el Prado para volver a su tierra. Contemplamos las nuevas adquisiciones –dos espléndidos óleos de Paret y Alcázar y una escultura de Richard Serra– y me guió con entusiasmo por el espléndido montaje del gran lienzo central –diez metros de largo por dos de ancho– y, además, diez óleos de dos por un metro que funden el universo creativo de Ibarrola –especialmente las tramas geométricas, las rectas entrecruzadas, las rejas que denuncian la falta de libertad del régimen de los vencedores de la Guerra Civil– con los principales y conmovedores motivos icónicos de la obra cumbre de Picasso: la madre con el hijo muerto, la cabeza del caballo, el soldado caído...

Dentro de la sinceridad y la honradez de la obra de Ibarrola este sobrecogedor retablo tiene el valor añadido de ser un certero testimonio de la época convulsa e ilusionada de la Transición, cuando se realizó, y la carga histórica de la obra inspiradora, uno de los episodios más cruentos de la Guerra Civil desatada por Franco y con el apoyo decidido de los nazis de Hitler y los fascistas de Benito Musolini.

Por su obra honesta y decidida, por su firme compromiso con la democracia y por la adhesión que su biografía despertó en la crítica y el público, Ibarrola ya está en la historia y en el recuerdo de sus innumerables amigos.