Opinión

De parir con dolor a parir sin dolor

La prensa nacional se acaba de hacer eco de un proyecto fotográfico que, con el título Vulnerables, reúne una serie de, literalmente, «testimonios de parturientas traumatizadas» y, como lectora de dicha noticia, me ha asaltado una vez más la idea de que, por fortuna, los seres humanos vamos variando nuestra forma de pensar y de actuar a medida que las hojas de nuestros almanaques vitales caen una sobre otra. Conste en acta que no lo digo como una circunstancia negativa sino, muy al contrario, como una muestra de inteligencia y de capacidad de evolución. En este sentido, y teniendo en cuenta que los avances experimentados en el último siglo nos han permitido alargar y mejorar nuestra calidad de vida, me sorprende la tendencia actual de renunciar a hábitos y medidas que implican una mayor seguridad sanitaria.

Sin ir más lejos, ahora se consideran gestos de modernidad y rebeldía prácticas tales como las de fomentar el consumo de leche cruda, evitar la vacunación infantil o dar a luz en casa. Por supuesto que defiendo la capacidad de decisión de las mujeres a la hora de afrontar la inigualable experiencia de traer vidas al mundo, si desean vivenciar un momento tan íntimo con anestesia o sin anestesia, si les resulta viable solicitar una u otra postura en el tramo final del proceso, incluso si desean escoger acompañante con quien compartir tan inolvidable instante. Ahora bien, como cada parto es distinto y entraña cierto riesgo, pienso que decantarse por un centro hospitalario garantiza una atención adecuada en el caso de que surja cualquier contratiempo o imprevisto.

Nada más lejos de mi intención que inmiscuirme en la esfera privada de nadie pero, sinceramente, me resultan muy difíciles de entender determinadas alternativas que ponen en peligro, no sólo a las propias parturientas, sino también a las criaturas que están en camino. Por chocante que resulte, hay quien considera una agresión y hasta una violación el hecho de que las matronas realicen tactos genitales a las futuras madres para constatar cómo va progresando la dilatación uterina. Escuchar manifestaciones de este tenor y hacer memoria es todo uno ya que, en mi caso particular, jamás me sentí agredida, ni mucho menos violada, por los profesionales que atendieron mis partos cuando introdujeron sus dedos y sus espéculos en mi vagina. Por el contrario, me inundó una tranquilidad infinita, con independencia de las molestias y los dolores padecidos, al pensar que me hallaba en manos expertas y que, en caso de necesidad, los avances de la Medicina, desde el instrumental a la anestesia pasando por la higiene y los conocimientos de mis asistentes, se pondrían a mi disposición y a la de mis bebés.

Desconozco el porcentaje de madres que ha optado y que, a buen seguro, seguirán optando por estos partos alternativos, aunque me consta que a veces han tenido que acudir a la carrera a los hospitales tradicionales, ya sea para dar a luz con éxito, ya sea para tratar a contrarreloj a sus vástagos de determinadas patologías que podrían haber sido evitadas. Defiendo sin ambages la libertad individual y respeto profundamente, aunque no las comparta, elecciones de lo más diverso. Pero, por encima de todo, considero que el interés de los y las menores debe primar siempre sobre las preferencias parentales, máxime en ámbitos como el sanitario, que les afecta de un modo tan directo y determinante.

Probablemente fue lo mismo que pensó una jueza de Oviedo cuando no hace demasiado tiempo obligó a una parturienta que sobrepasaba las cuarenta y dos semanas de gestación a dar a luz en un centro médico a instancias de los responsables del mismo, que solicitaron dicha orden judicial convencidos de que la niña que estaba a punto de nacer se hallaba en peligro de muerte. La buena nueva es que, a día de hoy, ambas continúan vivas y sanas. Afortunadamente.

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