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Francisco Pomares

El coleccionista de amigos influyentes

El coleccionista de amigos influyentes MARIA PISACA

La periodista Marta Cantero publicó el martes una crónica de urgencia en la que hablaba de la presencia ominosa de Marco Antonio Navarro Tacoronte en los salones del antiguo conservatorio tinerfeño –hoy Cámara regional–, durante el debate sobre el caso Mediador que nuestro hombre ha protagonizado. Las primeras líneas de esa crónica presentaban al mediador, epatando a Sus Señorías con su inconfundible presencia, para dejar claro después que sólo se trataba de un recurso metafórico. Tacoronte estaba presente porque era el elemento central del inútil debate sobre el caso, del que la oposición intentó responsabilizar al Gobierno, y los partidos que sostienen al Gobierno se defendieron con el viejo mecanismo del «y tú más». Así salieron a relucir el caso Teresitas y hasta el caso Naseiro, aunque nadie del Gobierno volvió a hablar esta vez del caso Reparos, que hace tan sólo un par de semanas se manejaba aún en el Parlamento como elemento que marca la diferencia entre los de antes y los de ahora. La cosa es que al final, después de una sucesión de intervenciones de manual, la ectoplasmática presencia de Tacoronte fue diluyéndose hasta hacerse irrelevante. El pleno parlamentario del caso Mediador sólo sirvió para dar el par de titulares esperados, con algún argumento repetido sobre la perversidad ajena.

Pero Tacoronte ha demostrado ser el rey de la juerga y el espectáculo, y no sólo en el sentido que delata su catálogo personal de vídeos. Ayer decidió hacer real su presencia en otro debate público sobre el caso Mediador, el convocado por el Cabildo de Tenerife. A las 12:45, con el pleno ya iniciado, se presentó acompañado por Aarón Medina, al parecer mandamás de un nuevo partido –Fuerza Canaria– y del periodista Félix Rojas. Llegó a la sede del Cabildo, y se coló en la sesión plenaria –seguido por un buen puñado de cámaras y de algún periodista previamente avisado–, sin que nadie le pidiera el DNI o le impidiera pasar. Su entrada triunfal sorprendió a los consejeros presentes, y molestó visiblemente a Pedro Martín, al que Tacoronte parece haber convertido en su principal objetivo. Un intento de hacer uso de la palabra en el debate fue inmediatamente cortado por Martín, que le prohibió hablar, y amenazó con ponerle de patas en la calle. No hizo falta: el mediador fue al Cabildo a montar su último show, y eso fue lo que hizo. Tras acabar el pleno acusó a Martín de mentir, e insistió en haberse reunido con el presidente insular tanto en su despacho del Cabildo –algo que Martín ha reconocido– como en la alcaldía, cuando Martín era edil principal de Guía de Isora. Para rematar la faena, le acusó de diversos comportamientos delictivos, asegurando que la investigación judicial en curso lo demostraría.

Tacoronte ha repetido, casi milimétricamente, el formato que utiliza desde que estalló el caso y los medios acudieron en tropel a escucharle: emporcar, confundir y acusar sin aportar prueba alguna. Se ampara para hacerlo en el secreto del sumario, en la certeza declarada de que los procedimientos abiertos demostrarán que tiene razón, y en la instrumentalización de la curiosidad pública por los aspectos más morbosos de su historia. Nunca se ha molestado en defender su inocencia o justificar de alguna manera su posición central en la trama. La asume como si eso no tuviera nada que ver con su nula credibilidad, incluso alardea de sus delitos, siempre que eso le sirva para salpicar a alguien. Tacoronte era un coleccionista de amigos influyentes, alguien obsesionado por documentar con grabaciones de audio y vídeo sus reuniones, encuentros y relaciones con gente importante, hasta en sus noches de putero. Ahora su única estrategia es pringar a todo el que puede pringar, especialmente a los más relevantes, o simplemente los que salieron huyendo de él como de un apestado, convencido de que cuanto peor se ponga esto mejor para él.

Todo en el caso Mediador da bastante asco. Y es probable que al final resulte ser más el ruido de esta alianza de intereses entre delincuentes y algunos medios que las nueces en los tribunales. Pero si algo ha vuelto a poner de manifiesto el caso Mediador es la debilidad de una sociedad trastornada por el conflicto y el sectarismo, en la que alguien sin escrúpulos, y con poco o nada que perder, puede provocar la psicosis colectiva.

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