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Juan José Millás

A ver si me explico

Togas y puñetas de varios jueces del Tribunal Supremo. AGUSTÍN CATALÁN

Escuché decir en la radio a una representante sindical que los jueces no impartían justicia.

-Los jueces imparten legalidad -añadió.

Y no pueden hacer otra cosa, pobres, en un mundo en el que la justicia se identifica con la legalidad. En otras palabras: si no crees en el sistema, tampoco puedes ser juez, del mismo modo que no deberías ser cura si no crees en Dios. Lo curioso es que si hiciéramos una encuesta cuya única pregunta fuera ¿Considera usted que el mundo es justo?, la mayoría de la gente respondería que no porque es evidente que está todo patas arriba. No hay justicia en el mundo, en fin; hay legalidad, que no es lo mismo. Digamos que la legalidad es un sucedáneo de la justicia como la margarina es un sucedáneo de la mantequilla. Y lo cierto es que, mal que bien, funciona. Los semáforos se apagan y se encienden, los autobuses llegan a la hora y el camión de la basura pasa todos los días por mi calle.

Si le preguntas a un joven estudiante por qué quiere ser juez, te dirá que para impartir justicia. Estaría bien que el primer día de clase el profesor encargado de prepararlo para la oposición le dijera solemnemente:

-Recuerda que no estudias para impartir justicia, sino para impartir legalidad.

Tal vez, después de escuchar estas palabras, prefiriera doctorarse en Escritura Creativa.

Eso es la legalidad, en última instancia: Justicia Creativa.

No se interpreten estas palabras como una crítica a nuestro sistema legal ni a ningún otro (allá cada país con el suyo). No soy un anarquista ni nada parecido. Hablo desde la mentalidad de una persona de orden a la que no le gusta el orden en el que le ha tocado vivir, pero lo acata. Y lo acata hasta el punto de aceptar que los jueces, en vez de impartir justicia, impartan legalidad. Ya que hemos sido incapaces de crear una legalidad como Dios manda, atengámonos a la legalidad deficiente de la que disponemos, aunque ello signifique, entre otras cosas, aceptar que quienes más tienen dispongan de la Contabilidad Creativa para no contribuir a Hacienda en la misma medida que los que menos tienen.

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