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Juan Carlos Laviana

La anacrónica propina

Un plato de propinas en un local de hostelería.

Cualquiera que viva en Madrid conoce bien la historia de amor entre la presidenta de la Comunidad y una parte abrumadora de la hostelería. Durante la pandemia, Ayuso se ganó al sector –empleados y propietarios– manteniendo abiertos los establecimientos, facilitando la instalación de terrazas y ofreciendo todo tipo de prebendas. Los bares se convirtieron en un símbolo del Madrid «libre». La popularidad de sus medidas, que también agradecieron muchos parroquianos, culminó con su arrollador triunfo en las elecciones autonómicas de mayo de 2021.

Aún permanecen en muchos bares y restaurantes secuelas de aquella insólita idolatrización. Auténticos altares con su figura, botellas de cerveza etiquetadas con su efigie o carteles de agradecimiento con lemas tan estrambóticos como: «Ayuso somos todos, gracias por cuidarnos», «Papas a lo Ayuso (pocas papas y muchos huevos)», «La caña de España»...

Mantener la economía funcionando a toda costa fue la prioridad del gobierno de la Comunidad de Madrid a diferencia de la mayoría de las autonomías. Aún hoy se discute si fue un éxito o una temeridad. Hay opiniones para todos los gustos. De lo que no cabe duda es de que la economía salió fortalecida y, electoralmente, dio pingües réditos a la presidenta.

Una nueva campaña de la controvertida mandataria dirigida a cuidar a su sector favorito ha desatado la polémica. Bajo el lema #YoDejoPropina, un spot de la Consejería de Economía sentencia que «ha llegado la hora de volver a hacer sonar las campanas de nuestros bares y restaurantes». Y explica que «las propinas, en efectivo o en tarjeta, son las que hacen posibles esos pequeños sueños de quienes nos atienden cada día». Esos sueños, reflejados en el anuncio, son las clases de piano y de inglés de la hija de una camarera y un regalo a la novia de un camarero. La verdad, no puede ser más cursi.

Se puede estar a favor o en contra de la propina. Por algo en España no es obligatoria, como en algunos países, y se la denomina «la voluntad». Incluso se puede estar a favor o en contra de Ayuso. Pero intentar solucionar con propinas los problemas de un sector que está entre los más precarios, peor pagados y con peores condiciones laborales suena a chiste de mal gusto o a populismo barato.

La Consejería de Economía podría haber aprovechado el dinero invertido en la campaña en una infinidad de asuntos más acuciantes y, sobre todo, más productivos. ¿Qué diríamos si el Ministerio de Economía intentara resolver los problemas del paro, la precariedad laboral o la inflación apelando a la buena conciencia de empresarios o comerciantes? La propina no es un asunto público, sino una decisión privada de un ciudadano particular, que puede premiar, o no, la atención recibida.

Es, además de un concepto anacrónico, propio de épocas remotas del subdesarrollo, que propicia la corrupción y la economía sumergida. Quienes tengan cierta edad y hayan vivido en ambientes rurales aún recordarán cuando se intentaba demostrar el agradecimiento a maestros o médicos regalándoles jamones, colonias o cajas de bombones.

Las llamadas campañas de publicidad institucional tienen de por sí un efecto perverso. Ya sean locales, regionales o nacionales. A menudo se utilizan para adoctrinar a los ciudadanos, para exaltar las presuntas virtudes del Gobierno de turno e, incluso, como propinas para agradecer la fidelidad de los medios de comunicación menos críticos.

Por cierto, estamos en Navidad, en el crítico momento del aguinaldo. Seríamos unos desalmados si no demostramos una mínima generosidad con aquellos que más lo necesitan o tan bien se han portado con nosotros. Pero eso ya lo sabemos. No hace falta que nos lo diga Ayuso.

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