Opinión

La era de la memez

Dice mucho de las sociedades su forma de entretenimiento. Los romanos se entretenían con el ‘panem et circenses’, con la lucha de gladiadores

Cilian Murphy en ’Oppenheimer’.

Cilian Murphy en ’Oppenheimer’. / EPC

Por primera vez en mucho tiempo, los cines se han vuelto a llenar. Cuando ya habíamos asumido que la gran pantalla sólo atraería a unos pocos cinéfilos nostálgicos, de repente dos películas tan distintas como el cielo y la tierra han conseguido arrastrar a las masas al cine. He visto cosas que ya tenía olvidadas: colas para sacar entradas, llenos hasta la fila uno, público de todas las edades abducidos por la arcaica forma de entretenimiento.

El destino –o tal vez una muy bien programada campaña de márketing– ha unido a las películas Oppenheimer, de Christopher Nolan, y Barbie, de Greta Gerwig, y las ha fusionado en Barbenheimer, el fenómeno del verano. Un fenómeno no sólo cinematográfico, sino social. He visto a mujeres y hombres de todas las edades cumplir con el rito de vestir al menos una prenda rosa para ir a ver la película. Si usted busca «barbie» en Google, verá cómo todo se llena de estrellas mientras la página se colorea de rosa.

No se habla de otra cosa. Si no has visto al menos una de las dos películas, te quedas fuera de cualquier conversación. No eres nadie si no tienes una opinión bien clara sobre si Robert Oppenheimer debió negarse a fabricar la bomba, si realmente era necesaria un arma tan mortífera para acabar la guerra con Japón o si a la película de Nolan le sobra media hora.

Y no digamos si no tienes una anécdota que contar sobre la barbie de tu hermana, o algo que decir de si la muñeca es un símbolo de la cultura consumista del capitalismo, si Ken es el símbolo del patriarcado o si la película de Gerwig es un alegato feminista con excesiva moralina.

En fin, todos los elementos de la gran fiesta del cine. Concentrarte durante tres horas en una sala oscura absorbido por una historia «sin mirar el móvil, ni darle al pause». Volver a sentir esa magnífica sensación de despertarte de un sueño cuando sales al mundo real. Y debatir acaloradamente sobre la película que has visto. Vamos, lo que nos pasaba en El Entrego en los años 60 cuando el cine era el único entretenimiento. Menos mal que teníamos tres salas grandes para menos de 10.000 habitantes.

Como todo fenómeno apasionante, ilusionante, estimulante, ha de tener su lado oscuro. Y ese lado oscuro lo ha proporcionado una vez más internet, como si las plataformas de streaming y las redes sociales estuvieran celosas porque se les arrebata el monopolio del entretenimiento.

Las redes sociales inmediatamente se han apropiado del fenómeno. ¿Cómo? Frivolizándolo, banalizándolo, trivializándolo, reduciéndolo a una memez, a un meme. Así, de inmediato los profesionales del meme convirtieron el siniestro hongo de Hiroshima en una bella explosión de color rosa, bajo el lema: «Será un verano que nunca olvidarás». Pusieron a bailar a Margot Robbie (Barbie) y a Cillian Murphy (Oppenheimer) mientras todo se destruye a su alrededor. Incluso simularon una bomba atómica sobre la casa de los sueños de Barbie en Malibú.

¿De verdad alguien puede encontrar graciosos esos memes? ¿Se imaginan que se hiciera lo mismo con el Holocausto? Afortunadamente, cuando se estrenó La lista de Schindler (1993) no existían las redes sociales y, por tanto, tampoco los memes. ¿Cuánto juego no hubiera dado el niño judío con el abrigo rojo?

Dice mucho de las sociedades su forma de entretenimiento. Los romanos se entretenían con el panem et circenses, con la lucha de los gladiadores. Hubo un tiempo en que las ejecuciones en la plaza mayor eran la mejor diversión. Más recientemente el cine era el rey del entretenimiento. Hoy, desgraciadamente, son los memes. Y si no lo cree, mire su whatsapp. Seguro que tiene unos cuantos esperándole.

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