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José María Lizundia

Pedro Sánchez: ¿El Zelensky español?

Pedro Sánchez. EP

El reincidente en fraudes –la urna oculta en Ferraz (sede del PSOE) que le valió su expulsión, su grotesco doctorado y tempestades de mentiras y engaños– debiera pensar preferentemente en Fidel Castro, cuando en el juicio por el asalto del cuartel Moncada dijo aquello de que «la historia me absolverá». Pues según Pablo Milanés, que ya es citar: no. Cómo si ambos fueran objeto de comparación posible: Castro con convicciones de búnker y alambrada y el a veces comparado con maniquí del Corte Inglés, pura volubilidad, oportunismo, inestabilidad, incoherencia, vanidad. Normalmente pasan a la historia los monstruos: Hitler, Stalin, Mao, aunque a veces se cuelen grandes hombres, íntegros, decisivos servidores del interés nacional como Churchill; Zelensky seguro (con méritos también incomparables a nuestro doctor). Zelensky ha terminado de crear definitivamente una nación, Sánchez va ordenadamente, paso a paso a lo contrario, a demolerla. Algo que pensaba poco antes de que el megalómano fatuo soltase una frase delirante (de orate), asignándose una función providencial (incluso profética): ser dictamen de la Historia. Un autodiagnóstico psíquico decisivo. Este político requiere como marco de comprensión, en todo momento, de categorías psíquicas y morales, solo así puede ser entendido. Esa es su excepcionalidad probada, su psicopatía e inmoralidad, megalomanía y vacuidad. Dicen sus corifeos y mantenidos que ha disuelto el problema catalán, que ya no existe, que era obra (científicamente omitida) de Rajoy, en cambio con VOX, al ser tan reactivo a condescendencias y sumisiones, la Historia lo tendrá fácil. Esta diagnosis sanchista tan pedestre y paupérrima acude a la varita mágica del hombre providencia, ya que no toma en cuenta los reflujos de las vanguardias separatistas, las contradicciones internas en los bloques (independentista), la decepción y desengaño de las masas borrachas de etnicismo, el cansancio ante la comunión narcótica de Generalitat y súbditos. Los que allí viven soportan la apisonadora étnica de la discriminación sistemática en todos los órdenes de la vida, la impunidad total, la anomalía y desguace institucional, la excepción al estado de derecho, el furor persecutorio contra el idioma español y cualquier signo de España. Por tanto que el separatismo rebaje sus elementos de combate golpista en la actualidad, no quiere decir que la labor de secesión no esté acumulando condiciones objetivas día a día, para un futuro imposible de convivencia y cálculo.

Aunque ahora sabemos que la pomposa exhumación de Franco, decidida por Sánchez perseguía con mirada de águila el destino histórico (en lo universal) suyo propio. ¿Quién puede asegurar no que Cataluña no será independiente, sino que su desgaje del resto no vaya arrostrar toda suerte de mayores incertidumbres e impensables ramificaciones. Eso si va a ser historia.

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