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Jorge Bethencourt

el recorte

Jorge Bethencourt

23 medallas 23

El semanario británico The Economist, conocido por su ideología liberal, dedicó en abril de 2019 un encendido artículo a la necesidad de que España diera una victoria electoral suficiente al PSOE de Pedro Sánchez para poder gobernar sin necesidad de alianzas ni hipotecas. Pero el tiempo, el implacable, nos dejó una huella triste, como cantaba Pablo Milanés. También en el periódico.

The Economist ha publicado ahora un estudio que coloca a España como la economía avanzada de todo el mundo que peor evolución ha registrado durante la pandemia. Ocupa el último puesto entre las 23 analizadas y liderando por la cola los parámetros principales que se evalúan: evolución del PIB, los ingresos familiares y el valor de las acciones; además, ocupa puestos muy malos en lo referente a la inversión y el endeudamiento público.

Lo que viene a decir el informe es que no hemos utilizado los fondos de auxilio europeo para salvar a la economía real, sino para apuntalar las estructuras públicas, siendo que estas, sin las otras, no se sostienen. Tomando como referencia a un país que estaba pagando las consecuencias del Brexit, como el Reino Unido, desde el cuarto trimestre de 2019 en nuestro país el PIB ha caído un 6,6% mientras que en el segundo peor, que es el Reino Unido, esta caída sólo ha sido del 2,2%. Los ingresos en los hogares se han desplomado un 6,3%, mientras que la de Gran Bretaña es de un 2,3%.

El próximo año presenta enormes incertidumbres. Ya nadie está hablando de un florecimiento explosivo de la economía, sino de una paulatina y dolorosa recuperación. Nuestro país, con una deuda pública que roza el 120%, no ha aprovechado la lotería europea, el crédito y las ayudas de los países ricos, para taponar brechas y salvar sectores económicos. La manguera se ha enchufado, con la mejor de las intenciones del mundo y las peores consecuencias, en el sector público. No solo en Sanidad, para fortalecernos ante la pandemia, sino en toda las estructuras de la administración. Y no ha sido en la inversión, sino en el gasto.

Eso nos enfrenta a una conclusión inevitable: si queremos sostener ese gasto, cuando pasen las ayudas, España tendrá que hacer un esfuerzo fiscal sin precedentes. Uno que va a tener que empezar el próximo año. Y si coincide con el final de las políticas de liquidez del Banco Central Europeo, nos van a temblar las canillas. Tendremos que pagar los intereses de una deuda elefantiásica, que hemos doblado en solo diez años, y pagar nuevos y mayores impuestos. Cuando alguien vive por encima de sus posibilidades, tarde o temprano se rompe el bolsillo. Y el nuestro va a pegar un reventón que habrá que verlo.

En este país, que andamos siempre buscando récords, estuvimos a punto de tener uno casi imbatible. En el debate de investidura de Calvo Sotelo como presidente del gobierno en 1981, tras la dimisión de Adolfo Suárez, con la entrada de Tejero y los guardias civiles armados, pudimos haber tenido el presidente más breve de la democracia más corta. Pero hubo suerte y aquí seguimos. En vez de acabar con la democracia a punta de pistola la estamos desgastando con el abuso de la estupidez. Y se tarda mucho más. Ahora resulta que el Gobierno de España va a conceder la Gran Cruz de Carlos III, un rey español al que le tocó la corona después de un par de rebotes, a 23 exministros españoles. Y no deja de tener su gracia porque la cruz es una distinción que se adopta para premiar «la culminación de distinguidos servicios al Estado». Y por mucha imaginación que uno le eche no se sabe muy bien qué distinguidos servicios le puede haber hecho al Estado el señor Maxim Huerta, que fue ministro de Pedro Sánchez durante poco más de una semana hasta que unos problemillas con Hacienda le hicieron dimitir, a mi juicio injustamente. Pero así son los lobos y así es el monte. ¿Siete días y una medalla? Pues sí. Y no se lo pierdan, que le han dado otra a Pablo Iglesias Turrión, a quien le ponen a tiro marcarse un pequeño acto de coherencia –ya que se le vació la bolsa– con un indignado rechazo a llevar en el pecho «un óvalo en cuyo centro llevará la imagen de la Purísima Concepción en sus esmaltes». A ver lo que dice.

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