Día del Periodista 50% DTO. eldia.es

eldia.es

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Entre la poesía y el desgarro

Se cumplen cuatro décadas del estreno de ‘La balada de Narayama’, de Shohei Imamura, una de las cumbres del cine nipón de todos los tiempos y ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes

Una escena de la película ‘La balada de Narayama’, de Shohei Imamura. |

Poco o casi nada les dice a los aficionados españoles el nombre del maestro Shohei Imamura (Tokio, 1926/Shibuya, 2006), a pesar de tratarse del cineasta japonés más brillante de la década de los ochenta y de haber obtenido en 1983 y 1989, con unanimidad en ambos casos, la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Legatario artístico del gran Yasuhiro Ozu, de sus catorce largometrajes solo se han estrenado en nuestro país cinco: Crónicas entomológicas del Japón (Nippon Konchuki, 1963), La venganza es mía (Fukushu suru wa ware ni ari, 1979), Lluvia negra (Kuroi Ame, 1989), La anguila (Unagi, 1997) y Doctor Akagi (Kanzo sense, 1998) y el que hoy ocupa nuestros comentarios, lo que revela el escaso interés de nuestros distribuidores por un autor que siempre representó al ala más innovadora y combativa de esta importante cinematografía.

Y precisamente ahora que continúa la polémica acerca del controvertido balance que publica este mes la revista británica Sight and Sound sobre los mejores filmes de la historia que, de haber sido consultado, no hubiese dudado lo más mínimo en aportar uno de mis votos más destacados a La balada de Narayama (Narayamabushiko, 1982), pues el paso del tiempo no ha hecho más que fortificar su complejidad y su inconmensurable belleza, muy lejos de las diversas modas estilísticas que han ido ilustrando la historia del cine durante las últimas cuatro décadas.

Hubo un tiempo, sin embargo, en que las películas niponas frecuentaban más nuestras pantallas de la mano de autores como Kon Ichikawa, Akira Kurosawa, Kaneto Shindo, Yasuhiro Ozu, Kenji Mizoguchi, Nagisa Oshima, Koichi Saito o Sachiro Hidari, que heredaban así el hueco dejado por decenas de subproductos invadidos por toda suerte de monstruos antediluvianos que, en su mayoría, sembraban el horror y el pánico colectivo alrededor del mundo. Era aquella una época en la que en España se vivía el florecimiento del cineclubismo y la fiebre, hoy lamentablemente extinguida, del arte y ensayo, cuya milagrosa fórmula comercial posibilitó la entrada en el mercado nacional de un cine de muy difícil acceso a los circuitos convencionales de distribución, entre ellas algunas de Imamura. Al cabo de los años la moda decayó y los estrenos de los grandes títulos en su versión original eran cada vez más infrecuentes hasta llegar a nuestros días en los que acceder a un filme de este calibre, especialmente en nuestro archipiélago, constituye toda una rareza.

Basada en la primera novela de Sichiro Fukazawa y adaptada por vez primera a la pantalla en 1956 por Keisuke Kinoshita, La balada de Narayama, de cuyo estreno internacional se cumple su cuadrágesimo aniversario, es una obra que se alejaba considerablemente de lo que en Occidente entendíamos por narrativa convencional o por la condensación temporal del relato. La noción que Imamura defendía del tiempo cinematográfico es una idea de naturaleza poética, sin concesiones a la galería. Más que relatarnos una historia a la manera tradicional con una cadencia previamente tipificada, nos fuerza a contemplar, con mirada de entomólogo, el comportamiento cotidiano de los habitantes de una aldea perdida entre las montañas de Shinshu, habitantes cuyas costumbres ancestrales los condenan a una vida de severos sacrificios y a seguir algunas reglas de una crueldad inimaginable.

Las imágenes que muestran a la vieja Orin (Sumiko Sakamoto) destrozándose su dentadura para poner de manifiesto su vejez y su consiguiente partida hacia el Narayama (cementerio a donde van a morir quienes carecen de la fuerza necesaria para el trabajo) son paradigmáticas en este sentido. Así como la antológica secuencia final en la que Tatsuhei (Ken Ogata), su primogénito, recorre ríos y montañas con su madre a cuestas camino del inalterable destino final. Mientras tanto, la nieve, como elemento estético de gran expresividad, aparece permanentemente en la pantalla atemperando el drama y creando ese clima lírico que empapa cada una de sus bellísimas imágenes, ofreciendo, al mismo tiempo, el necesario reposo visual al espectador para distanciarse de la dureza del relato y entender un poco más al hombre atrapado en su angustioso sentido de la vida y de la muerte.

Inspirada en una vieja leyenda que obligaba a todos los mortales que han cumplido los 70 años a emprender un largo y fatigoso viaje a a montaña de Narayama desde donde deben cumplir con su ancestral tradición de esperar en su cima la llegada de la muerte. Cumplir con ese despiadado veredicto llena a las familias de aflicción y de desamparo, como a Orín que, tras haber encontrado nueva esposa para su hijo viudo, considera resignada que ha llegado la hora de partir hacia la montaña sagrada y pide a su inconsolable vástago que la acompañe a morir en la escarpada cumbre desde la que ofrecerá su vida a los dioses.

El desamparo, la marginación y la soledad se adueñan de una anciana que se aleja del mundo porque la sociedad a la que ha servido durante toda su vida la ha condenado, en aras de la sagrada tradición, a un destino injusto, cruel e implacable. Tanto que su recuerdo se ha convertido en uno de los relatos de ficción más potentes, duros y sensibles que albergamos en nuestro imaginario cinematográfico. Pocas producciones actuales o pretéritas han alcanzado el poder de sugestión de esta inclasificable obra maestra, excelentemente editada en formato digital por Divisa Home Video en 2013 para su distribución en el mercado nacional.

Compartir el artículo

stats