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Francia tiene un camino dificilísimo hasta la final del Mundial de Brasil, pero si acaso el fútbol da alguna garantía, el rendimiento de los franceses permite apostar por ellos. Es el equipo que más me ha gustado en la primera fase. El lunes tiene a Nigeria en octavos, antes de encontrarse con Alemania (si no hay sorpresas), como paso previo a una hipotética semifinal ante Brasil. Es una brutal carrera de obstáculos  que contrasta con el sendero de rosas que le han puesto a Argentina hacia la final. Los franceses son la imagen del optimismo, se les nota ilusionados dentro del campo, porque saben que han logrado conjuntar un equipo con nivel técnico alto, joven, bien mezclado y sin presión. No están obligados a nada, en contraposición a Brasil o Argentina, pero se sienten capaces de ganarle a cualquiera. El equipo galo es la apuesta reivindicativa de unos octavos de final marcados por el peso individual de determinados jugadores. En general, me parece más un  Mundial de estrellas que de equipos. Estamos en la era del jugador desequilibrante, salvo excepciones, como la aludida Francia, que amparada en su estupendo funcionamiento colectivo ni siquiera se acuerda del ausente Ribery.

El gran pulso de la segunda fase, que empieza con dos choques de octavos entre cuatro equipos sudamericanos, es el enfrentamiento entre los favoritos (Brasil o Argentina), que dependen de sus estrellas (Neymar o Messi), y los meritorios, equipos de perfil igualado (Bélgica o Chile) que sueñan con la sorpresa a base de correr y trabajar los 90 minutos en un ejercicio colectivo. Alguna habrá. Ojalá, porque eso nos permitirá seguir disfrutando de algunos jugadores que le llenan la vista a cualquier aficionado, a pesar de que ni siquiera saben sus nombres. El talento de futbolistas como Matuidi, Dempsey, Ayew, Valbuena, Paul Aguilar o Brian Ruiz puede terminar alcanzando el relieve que merece si sus selecciones, de segunda o tercera fila mundial, son capaces de eliminar a alguno de los favoritos. La lucha de los grandes contra los pequeños marca la historia de este deporte, y presenta en este tramo final del Mundial el contraste de que los equipos que tienen a los mejores futbolistas son los que peor juegan. Eso me permite albergar la ilusión de que los conjuntos le ganen a las estrellas.

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