Hacia el abismo de la ludopatía

El drama de un joven de 22 años enganchado al bingo: "Le robaba a mi familia, dejé de vivir"

"Había días que entraba a la sala cuando abría y estaba allí hasta la hora del cierre; jugaba los cartones de siete en siete", narra el ovetense

Juan (nombre ficticio), en la sede ovetense de LARPA.

Juan (nombre ficticio), en la sede ovetense de LARPA. / LUISMA MURIAS

Félix Vallina

Cuando Juan tachó el último número que le faltaba y levantó el cartón para cantar aquel bingo de 90 euros ni siquiera podía imaginarse que había iniciado un vertiginoso descenso hacia el abismo de la ludopatía, una caída en picado que llevó a este ovetense de tan solo 22 años a pensar en quitarse la vida. Era la primera vez que entraba a un salón de juego. Fue con un amigo "por curiosidad" y sólo llevaba cinco euros encima, pero tuvo la mala suerte de que el premio le cayó en la primera jugada. "Aquello fue el principio de una gran pesadilla. Me volví un mentiroso compulsivo, le robé a mi propia familia y dejé de vivir como lo hace un chaval de mi edad", explica el joven, que ha elegido el nombre ficticio de Juan para contar su historia desde el anonimato.

Juan tenía 19 años cuando cantó su primer bingo. Fue un sábado por la tarde de septiembre, en el año 2020. "Aquel día mi amigo y yo cogimos los 90 euros y nos marchamos, pero lo peor es que volvimos a los dos días y me volvió a tocar un premio de más de 200 euros", explica el joven. Juan pensaba que aquello era la gallina de los huevos de oro, pero pronto se dio de bruces contra la realidad. "La tercera vez que fui me gasté todo el dinero que había ganado los dos primeros. En cuanto lo acabé fui a mi casa, abrí la mesita de la habitación de mi madre y cogí la cartilla en la que tenía todos los ahorros de cuando era pequeño. Ya estaba totalmente enganchado", dice.

En aquella cartilla había alrededor de 9.000 euros, pero Juan calcula que en sólo año y medio pudo dilapidar más de 15.000 en el bingo. Aunque reconoce que en aquel momento "era un enfermo" y era "una marioneta" manejada por el ansia de jugar, hizo cosas de las que va a arrepentirse toda su vida. "Al principio iba a casa de mi tía y le robaba dinero de la cartera. También se lo hacía en casa a mi madre, pero llegó un momento que aquello no era suficiente para mantener mi adicción y fui más allá", explica. "Cogí joyas de mi madre y las vendí en tiendas de segunda mano para poder jugar al bingo. Mi padre falleció cuando yo era pequeño y llegué a vender una cadena de oro que tenía suya. Con el juego no sólo pierdes dinero y cosas materiales, lo peor es que te conviertes en otra persona y puedes llegar a dejar de tener sentimientos, a hacerle mucho daño a tu familia".

Juan se pasaba el día en el bingo. "Había veces que iba en cuanto abrían y estaba allí hasta que cerraban. Comía y cenaba jugando al bingo. Si se me acababa el dinero salía un momento al banco y sacaba más de la cartilla. Lo hice hasta que se me acabó todo", asegura. "Algunas veces me llevaba algún premio. Un día gané un bingo de 700 euros, pero me duró un par de días. Llegué a jugar los cartones de siete en siete. A veces costaban hasta dos euros y medio cada uno y cada jugada no duraba más de tres o cuatro minutos", añade Juan. "Siempre iba solo al bingo. Dejé de salir con mis amigos, estaba estudiando y no asistía a las clases, cuando estaba en casa sólo pensaba en volver al mismo sitio al día siguiente... Me empecé a dar cuenta de que estaba tocando fondo".

En junio del año 2022 estalló todo. "Mi madre vivía totalmente ajena a mi problema. Un día llegó una carta del banco a mi nombre. Yo no estaba en casa y cuando la abrió se dio cuenta de que el aquella cartilla en la que antes había 9.000 euros ya sólo quedaban 38 céntimos", señala Juan. "Tarde o temprano se iba a saber. Yo ya estaba destrozado y lo mejor fue que se enterase. Fue lo que me llevó a buscar ayuda". Fue entonces cuando acudió a la sede ovetense del colectivo de Ludópatas Asociados en Rehabilitación del Principado de Asturias (LARPA). "No es habitual que un chaval como Juan acuda a nosotros por problemas con el bingo, los jóvenes de entre 18 y 30 suelen venir por las apuestas o las máquinas tragaperras. El problema es cada vez mayor", explica Maxi Gutiérrez, presidente de LARPA, un colectivo que este domingo instalará una mesa informativa en la plaza del Ayuntamiento con motivo del Día Nacional sin Juego de Azar.

Juan recayó una vez en octubre de 2022, cuatro meses después de llegar a LARPA. "Metí todo el sueldo en una ruleta digital de esas que hay en los bares. Nunca había jugado, pero el ansia pudo conmigo", asegura. Ahora lleva diez meses sin jugar, sigue batallando día a día y le lanza un mensaje a los jóvenes: "Que se lo piensen dos veces antes de hacerlo. Yo ya voy a ser un ludópata toda la vida y tengo que asumirlo. Lo que espero es ser un ludópata rehabilitado".