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Urgencias a domicilio

El nuevo servicio VAD, promovido por la Gerencia de Atención Primaria de Tenerife, provee a los pacientes más vulnerables una asistencia rápida y sin traslados

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Atención a domicilio en Tenerife María Pisaca

Cada vez que una persona mayor acude al servicio de urgencias pierde años de vida saludable. El desconcierto, el estrés y la larga espera, unido el riesgo de infección, son factores precipitantes de un empeoramiento de la salud. Convencidos de que el sufrimiento es evitable, los sanitarios de la Gerencia de Atención Primaria de Tenerife se han embarcado en una nueva aventura sanitaria:asistir urgencias en el hogar.

Esta mañana Felicia se ha levantado con un intenso dolor en los hombros. A sus 94 años y padeciendo una artrosis galopante, cada vez le resulta más difícil aguantar ciertos achaques de su cuerpo envejecido. Últimamente solo puede soñar con aquellas ajetreadas tardes de costura para las importantes personalidades que formaban interminables colas por fuera de su taller en Washington (Estados Unidos). Su nieta, que la ha visto despertar más distraída y dolorida que de costumbre, llama de inmediato a la sala del 1-1-2 en Canarias. En apenas media hora, dos enfermeros del Servicio Canario de la Salud (SCS) están atravesando el marco de la puerta de su casa cargando varios maletines con un completo botiquín para atenderla sin que tenga que desplazarse al servicio de urgencias.

Urgencias a domicilio

«Cuando teníamos que acudir a urgencias por cualquier cosa, la abuela tardaba al menos una semana en recuperar la normalidad», explica la nieta de Felicia, que hoy releva a su madre para cuidar de su tata. Como explica, en aquel lugar se desorienta y cuando vuelve a casa, aunque su estancia haya sido de tan solo unas horas, parece otra.

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Es la tercera vez que el equipo de enfermeros del servicio de Valoración a Domicilio (VAD), acude a su casa, ubicada en el residencial Anaga. «Yo a ti te conozco», le espeta Felicia desde su sillón reclinable –y dotado de todo tipo de comodidades– a uno de los enfermeros que ha acudido a realizar a la mujer una exploración completa de su estado de salud. A quien reconoce es a Carlos Muñoz, uno de los enfermeros que llevan desde mayo de 2022 recorriendo cada día domicilios de Tenerife para atender las urgencias menos graves y evitar desplazamientos innecesarios en personas vulnerables o muy mayores. «Pues claro, Feli, si yo ya he venido un par de veces por aquí para hablar con usted», le responde.

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Un servicio pionero

Evitar el sufrimiento de esos desplazamientos es, precisamente, el objetivo principal del VAD, una nueva prestación que ha puesto en marcha el Servicio Canario de la Salud (SCS) y la Gerencia de Atención Primaria de Tenerife de manera pionera en la isla. El servicio consta de una flota de cuatro coches que dan servicio desde Arico hasta Los Realejos, pasando por la zona metropolitana; y un equipo de 18 enfermeros asistenciales encargados, por parejas, de la atención domiciliaria, cuatro médicos que realizan telemedicina, tres enfermeros que dirigen el operativo telemáticamente desde la sala de coordinación y una trabajadora social. «Pronto tendremos dos coches más con los que cubrir el área que nos falta tanto por el norte como por el sur», adelanta Daniel González, coordinador del VAD en la isla.

Su objetivo es tratar de atender las urgencias menores (la recolocación de una sonda, una infección urinaria, una infección respiratoria leve o un dolor inusual) en aquellos pacientes de más de 65 años que, además, muestran criterio de alta dependencia, ya sea por su edad, su patología, u ambos.

Y es que a partir de dicha edad una sola visita a urgencias puede suponer la pérdida de un año de vida sana. El deterioro cognitivo que se sufre un paciente cuando supera los 65 años, unido a las largas horas de espera, la soledad del servicio de urgencias y el riesgo de contraer una infección nosocomial, son factores que precipitan una pérdida constatada en la calidad vida en las personas mayores. Y si bien hay momentos en los que la asistencia a las urgencias hospitalarias es lo que marca la diferencia entre la vida o la muerte; en una gran parte de las ocasiones –y especialmente con los pacientes frágiles– la asistencia al servicio se puede evitar.

A Felicia le extraña tener tanta gente de visita y sus modales la llevan a intentar incorporarse para saludar. Carlos Muñoz le para. «No hace falta que se levante, doña Felicia, que ahí está muy cómoda y tiene unas vistas increíbles». La mujer asiente y sonríe mientras pierde la vista entre los edificios y jardines que se ven desde el noveno piso de su edificio. La llegada de los enfermeros no le altera ni le provoca ningún tipo de desconcierto. Sabe que su nieta está ahí con ella, vigilando que los profesionales hagan su trabajo de forma adecuada. «El acudir a su casa y que tengan a alguien que pueda ver lo que estamos haciendo en tiempo real, parece que les reconforta y les da seguridad», destaca David García, otro de los enfermeros que se hace cargo del servicio a diario.

Un cambio de vida

Para García este nuevo trabajo le ha cambiado la vida y la forma de concebir los cuidados a pacientes. Porque su labor y la de sus compañeros no acaba cuando terminan de auscultar o realizan un test covid. Ni siquiera cuando reciben los resultados del electrocardiograma o cuando consiguen que el paciente se tome la medicación. «Tenemos que atenderles en una esfera biopsicosocial, no podemos pretender que atendiendo solo a su urgencia vayamos a solucionar el problema», relata. De ahí que, más de una vez, haya acabado haciéndole la comida a un paciente o yendo a la farmacia a buscarle los medicamentos que el médico acaba de recetarle. «Vas a atender a una persona mayor que vive sola y allí descubres que no ha comido, ¿y qué vas a hacer? Yo me meto en la cocina», asegura.

El trabajo de los médicos –por teléfono– y enfermeros –presencial–, por ello, se complementa desde hace unos meses con la presencia de una trabajadora social. «En este oficio puedes encontrar a personas de 90 años que viven solas y carecen de ayuda de ningún tipo, a cuidadores que están desbordados o pacientes que viven en condiciones poco adaptadas a sus necesidades», revela García, que insiste: «no podemos mirar a otro lado». Por eso muchas veces, además de rellenar la ficha que resume el estado de salud del paciente, también llevan a cabo una primera evaluación social si lo consideran necesario. «Nuestra compañera vuelve a realizar una valoración y así conseguimos, al menos, que esa persona entre en el circuito sanitario», insiste.

¿Cómo accedo al VAD?

Para acceder a este servicio el paciente, o su cuidador, tiene que llamar al 1-1-2 o al Servicio Normal de Urgencia de su Zona Básica de Salud (SNU) cuando considere que tiene una necesidad sanitaria urgente. En la sala de atención a emergencias reciben la llamada, toman los datos y filtran la información. Si consideran que el paciente es susceptible de beneficiarse del VAD, lo comunican a los médicos que esperan la llamada en una centralita habilitada en el Centro Tecnológico de Candelaria (CTCan), donde cuatro médicos y tres enfermeros ocupan el espacio que hace tan solo dos años se utilizaba para el rastreo de los pacientes y contactos con covid-19. Los telemédicos son los encargados de decidir – en base a los criterios clínicos que sustraen de una entrevista previa con el cuidador o el afectado– si derivan el caso a los enfermeros que esperan su llamada en cuatro centros de Atención Primaria de la isla o si, por el contrario, lo devuelve a la sala del 1-1-2 para que sean ellos quien asistan, con una ambulancia, al paciente. Si cumple los requisitos, el caso pasa a las manos del equipo de enfermeros del VAD quienes, tras recoger los datos pertinentes (dolencia, contacto, domicilio, alergias…), cargan los botiquines en el coche, activan el GPS hacia la dirección de la casa y comienzan su viaje hacia el hogar correspondiente.

La iniciativa está siendo todo un éxito. «Los usuarios están muy contentos y también sus familias», relata David García desde el asiento delantero de uno de los coches que se dirige a atender una nueva urgencia. Los datos corroboran sus palabras. El 70% de los problemas que han sido atendidos con el VAD se han resuelto in situ. El otro 30% ha acabado en urgencias hospitalarias, pero su asistencia previa ha garantizado «que estén correctamente derivados». El servicio funciona tan bien que los usuarios que ya lo han probado lo han clasificado con un 9,7 de 10 puntos de satisfacción. Una puntuación que corrobora con su experiencia Susana, hija de dos personas que sufren alzhéimer a los que cuida cada día. «Cuando vienen ellos sé que puedo estar tranquila».

Sus dos padres –Vicente, de 84 años, y María, de 83– están sentados en uno de los sofás que decoran la sala principal de su pequeña casa terrera, ubicada en Los Gladiolos. Cuando los enfermeros David García y Carlos Muñoz cruzan el arco de la puerta, la familia los recibe como si también formaran parte de ella. Ni siquiera Minnie, una pequeña yorkshire cariñosa pero con carácter, se perturba ante su presencia. Al contrario, se acerca a ellos para pedirles mimos y juego, aunque lo habitual, como explica Susana, «es que ladre a cualquier desconocido».

«Ellos han sido nuestra salvación», revela la mujer tan pronto como ve llegar a los profesionales. Mientras los enfermeros abren sus distintos maletines y se instalan en la nueva ubicación, Susana les cuenta todos los detalles sobre el malestar que ha sentido su madre. La atención solicitada para María es hoy una revisión completa para comprobar que sigue en plena forma. «Puedes tocarme lo que quieras… ¡bueno! todo no», dice entre risas, mientras González le ausculta la espalda y el pecho.

Le confirmaron el diagnóstico de alzhéimer hace ya cinco años. Y si bien es cierto que su memoria cada día le falla un poquito más, nada le detiene a la hora de hacer todo tipo chascarrillos cada tanto en cuanto. Su ojito derecho es la perrita Minnie que, con 14 años, también empieza a peinar canas. «Estás en la flor de la vida, ¿eh?», musita con cariño a la perra mientras le acaricia el lomo. Pero la visita no se queda en revisar a María; los enfermeros aprovechan para revisar también a su marido Vicente. «Es un dos por uno», dice García amable. Susana les explica de inmediato a los profesionales un problema del que se percató el día anterior: su padre siente un dolor en la parte baja de la espalda. Vicente sufre alzhéimer desde hace 14 años. Hoy tiene dificultades para andar, no habla mucho –salvo con su mujer con la que comparte aún largas charlas– y se desorienta con facilidad.

Evitar las horas fuera de casa

La cuidadora explica con pelos y señales la dolencia de su padre, pues sabe lo que cuesta conseguir una atención tan personalizada como la que le están brindando el VAD. «Sin este servicio mi padre podría haber estado al menos 20 horas fuera de casa, entre ambulancias y espera en urgencias, y después tardaría al menos una semana en volver a la normalidad», explica su hija. Lo ha vivido tantas veces que ha dejado de contarlas. Su padre «lo pasa muy mal» en esas visitas a la Residencia y, de hecho, «se pone nervioso» desde que ve la ambulancia parando frente a su casa. Cuando regresa, después de horas o quizás días hospitalizado, ya no es el mismo. «Pasa una semana sin levantarse, sin querer comer ni beber agua y no media palabra», relata Susana.

«¡Si Vicente está malo, lo devuelvo!». María rompe la tensión con su humor mientras le dedica una sonrisa a su marido. Tras una rápida revisión y unos minutos de curas y asistencia personalizada, Vicente puede volver a sentarse en su sofá sin riesgo a empeorar. Una vez llega, María busca su mirada cómplice entre el gentío. «¿Estás bien? Entonces me quedo contigo un poquito más», afirma.

Resultados inesperados

Siguiendo la premisa de atender holísticamente al paciente, el VAD ha empezado a registrar resultados inesperados. «Muchos de nuestros pacientes no han pasado nunca por Atención Primaria, porque están acostumbrados a llamar al 1-1-2 y a ser derivados a urgencias hospitalarias, pero no a pedir cita en el 012», asegura García. El VAD está consiguiendo así, sin esperarlo, rescatar a aquellas personas que, de una manera u otra, se habían quedado fuera del circuito sanitario de los centros de salud.

Además, aunque no es su propósito principal, este servicio también está ayudando a disminuir la presión asistencial de todos los agentes y dispositivos involucrados en la atención sanitaria urgente y, especialmente, en la ocupación de recursos de traslado por parte del Servicio de Urgencias Canario (SUC) que, de esta manera, quedan disponibles para otros servicios.

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