Entrevista | Anatael Cabrera Serra Físico / Director de proyecto en el CNRS

«Si todo sale bien estaremos cerca, pero mi guerra no es el Nobel»

«España fue muy dura recortando en Ciencia y eso se usó como excusa para salir del país», asegura el físico

El doctor Anatael Cabrera Serra antes de un seminario sobre neutrinos en la sede de la Real Sociedad Económica Amigos del País de Tenerife.

El doctor Anatael Cabrera Serra antes de un seminario sobre neutrinos en la sede de la Real Sociedad Económica Amigos del País de Tenerife. / Carsten W. Lauritsen

Hace 25 años se marchó de Tenerife atraído por la física de partículas, algo que hoy le ha puesto al frente de un equipo en el Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS) de Francia.

¿Qué está buscando?

Estamos buscando las cosquillas al neutrino [ríe]... La física del neutrino es algo que muy pocas personas conocen. Es una partícula apasionante, no solo por ella misma sino por todo lo se abre a su alrededor cuando la estudias. El neutrino atraviesa el planeta y detectarlo es bastante complicado.

¿Y cómo se detectan?

La estrategia es colocarse cerca de fuentes de neutrinos, un reactor nuclear es un lugar ideal, con grandes detectores... El nuestro es chiquito [siete por siete metros], pero cumple con su cometido. Son unas estructuras subterráneas que están protegidas de la radiación cósmica. Para nosotros esto es algo mundado, pero cuando la gente oye lo que hacemos levantan sus cejas.

¿Quiénes son esos neutrinos?

Son unas partículas fundamentales descubiertas en los años 50 del pasado siglo, aunque hay una hipótesis anterior de Pauli, en la década de los 30, cuando este quiso entender el decaimiento [desintegración] beta. Creo que a él le gustaría que dijera que casi llegó a la desesperación porque no había forma de que los cálculos entre dos partículas le cuadraran. Niels Bohr, que entonces ya era Premio Nobel, propone abandonar el Principio de la Conservación de Energía, incluso lo llega a considerar una herejía absoluta... Ante eso, Pauli se inventa un parche y apunta que, a lo mejor, lo que sucede es que existe una tercera particula y en lugar de cuadrar las cuentas a dos hay que hacerlo a tres aunque no seamos capaces de detectarla. Eso suena a una pequeña «trampa» porque aparentemente resolvió un problema, pero acabó creando otro. Incluso el mensaje de Pauli está envuelto en una especie de disculpa porque él entiende que todo esto es una «patraña»... Lo que ocurre es que casi toda la física moderna funciona prácticamente a partr de ese principio.

¿Cuál es ese principio?

Uno de los grandes desafíos es entender un poquito mejor la materia oscura... Aunque hay muchas maneras de buscarla [la materia oscura], una de ellas es detectar ciertas partículas que nadie a visto aún y que tienen una ínfima probabilidad de interacción: desconocemos qué tipo de masa tienen, pero en estos momentos se gastan muchos recursos económicos para intentar detectarlas. Ese principio nace con el neutrino y sigue activo muchas décadas después porque es el corazón de la física moderna. De alguna manera, Pauli creó una especie de Frankenstein. Lo que intento aclarar es que su manera de pensar no fue tan alocada, ya que es el sustento de los fundamentos básicos de muchas de nuestras investigaciones. Por eso cuando los que nos dedicamos a esto escuchamos a un colega contar algo novedoso de física de partículas no nos enfadamos. Es más, ni siquiera pestañeamos.

¿Ha cambiado algo ese halo de misterio que ya existía en plena Guerra Fría con respecto a lo que hoy sabemos de los neutrinos?

Los investigadores que estamos tratando de cambiar el paradigma del neutrino no somos nada originales, entre otras cosas porque no somos los primeros que hablamos de esto, pero sí que estamos articulando de una manera muy potente una estrategia... El neutrino hasta hace poco parece que era algo inútil, pero su valor real es que nos permite estudiar la materia, el interior del sol, cómo es la Tierra por dentro y, además, tiene un contexto más o menos importante dentro de la investigación fundamental. Su papel no es casual en lo que se refiere al estudio y conocimiento de las fuerzas fundamentales del universo y por eso no es extraño que existan ocho Premios Nobel asociados a los neutrinos. Preguntas como esta [¿para qué sirven los neutrinos?] nos la suelen repetir mucho y, quizás, los físicos aún no hemos sabido dar aún una respuesta contundente para resolver estas dudas. Yo trabajo en una investigación [LiquidO] subvencionada por la Unión Europea (UE) e Inglaterra que tiene como reto más inmediato la construcción de instrumentación de reactores nucleares usando los neutrinos... Esto es una maravilla porque esas partículas no tienen que perforar nada –atraviesan el planeta– y pasan a través de la pared del reactor nuclear sin ningún tipo de impedimentos: mi equipo está trabajando para instalar esos detectores de neutrinos en torno a los reactores para poder tracear la actividad de fisión nuclear en su interior sin ningún tipo de impedimento: algunos de nuestros detectores los hemos colocado a unos 300/400 metros de estos puntos y vemos cómo un reactor se apaga y se enciende, aunque este no nos lo esté diciendo. La belleza, también el misterio, es que contrariamente a los que apuntan varios indicadores, el neutrino tiene un valor extraordinario en los procesos de fusión y físico, como es en este caso, nuclear que se están investigando ahora mismo en el mundo.

¿Nos está diciendo que detectar esos neutrinos es casi un sinónimo de un reactor nuclear?

[silencio] Yo soy más bien poco creyente en este tipo de cosas, pero hay especialistas en Estados Unidos que utilizan esta metodología para detectar reactores nucleares no declarados... Honestamente, las dificultades de lograr desarrollar de una manera eficaz este sistema de espionaje son brutales si tenemos en cuenta las dimensiones de un detector [es casi una misión imposible llegar a esconder una de estas grandes infraestructuras y, sobre todo, su movilidad es nula]. Ese no es mi carril de investigación, pero en Francia nos hemos «inventado» una nueva tecnología que en lugar de optar por la transparencia usa la opacidad de los detectores y esto podría ser útil para eliminar el fondo, porque el problema de los neutrinos es que tenemos una señal muy débil y su alrededor existe mucha porquería o morralla [rayos cósmicos y radioactividad] que dificulta muchísimo su localización... Esa es la razón por la que los detectores son subterráneos y deben estar impecables.

Hace un rato mencionó que en torno a la investigación de estas partículas ya hay ocho ganadores de un Nobel, ¿ese es un objetivo para usted y el equipo que dirige en Francia?

Se lo voy a responder con toda la honestidad del mundo, porque conozco gente que está muy metida en esa guerra y trabaja con esa finalidad, pero esa no es mi guerra... Mi objetivo no es estar cerca del Nobel, sino que la ciencia me divierta. Cuando uno hace lo que le gusta el tiempo vuela y si esto funciona las posibilidades de que esté cerca de las ocho referencias que antes ya le mencioné son reales. Yo no pienso en ello, pero el neutrino tiene contexto para ser descubrimientos de gran calado y, por lo tanto, todo lo que se haga para mejorar su localización puede suponer abrir los ojos de una manera inmediata y distinta al universo. Lo que usted me está planteando no es descartable, pero no lo digo por mí, sino por todos los compañeros que están metidos en nuestra investigación.

Cuando habla de que están en disposición de abrir campos de investigación que hasta ahora se movían en torno a «muchos secretos» está dando alas a que le pregunte por el espionaje científico, ¿hay tanto como queremos creer o eso es ciencia ficción?

En el contexto de la física fundamental yo diría que no, pero es cierto que nuestra forma de trabajar está financiada por los estados –la Unión Europea ha destinado algo más de seis millones de euros al proyecto que el doctor Cabrera Serra lidera en Francia– y lo que hacemos es en abierto. En ese sentido la transparencia, e incluso el feedback que se origina entre los equipos de investigación y la publicaciones especializadas que difunden lo que hacemos, es total, pero también es verdad que cuando te mueves con reactores nucleares hay que ser mucho más cuidadoso con la información que das... Mi equipo ya no es un grupo de académicos que usa de manera «parasitaria», en unos términos de máximo respeto, una infraestructura sino que ahora son las compañías que tienen los reactores nucleares las que están integradas en esos equipos. Eso inevitablemente nos obliga a ser más cautos porque somos conscientes de que estamos entrando en otra era. Yo trabajo en el Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia, que es una especie de SCIC español, y eso es un auténtico mamut de la ciencia que se hace desde Francia pero que tiene una gran repercusión fuera del país... El hermetismo alrededor del proyecto en el que estamos metido [LiquidO Proyect] es total porque en juego están unas cuestiones asociadas con un desarrollo más industrial o en unos términos que encajan en lo que se conocen como startups.

¿Y cómo funciona España en la materia que usted domina?

Pues muy bien... Aunque irónicamente yo me marché muy joven de España –a los 20 años–, este país cuenta con unos sólidos cimientos en lo que es la física de partículas y está dentro del proyecto que estoy coordinando: Francia lo está liderando, pero dentro están Alemania, Inglaterra y España... Es cierto que España tiene menos tradición histórica en lo que es la física de neutrones en reactores nucleares, pero está metida hasta el cuello con nosotros. El nivel es alto y hay equipos de trabajo muy interesantes en Madrid, Barcelona y Valencia.

¿Somos demasiado críticos al hablar de la fuga de talento?

España genera buenos investigadores. Aquel 2008 de horrible recuerdos provocó que muchos países lo pasaran muy mal, no solo España... Yo salí antes a formarme, pero recuerdo que muchos investigadores emprendieron una aventura lejos de aquí porque la cosa estaba difícil: España fue dura recortando en ciencia y eso se usó como excusa para salir del país. No sería sincero si no dijera que posteriormente se ha querido corregir el problema que se creó a partir de aquella gran crisis económica.

¿En qué sentido?

Pues de la misma forma que vi salir a unos cuantos, también fui testigo del nacimiento de los ramones y cajales que apostaron por atraer el talento que se marchó. Ahí se dio un cambio que obedecía básicamente a una pregunta: «Si uno es bueno en esto, no tiene por qué irse siempre, ¿no?».

¿Usted se marchó?

Sí, a formarme... Yo sabía que lo que me interesaba –adquirir conocimientos como físico de partículas– no estaba aquí y aproveché mi oportunidad. Solo en el momento en el que pisas Inglaterra es cuando te das cuenta de que tu inglés es básico [bromea, un investigador que dos décadas y media más tarde habla cinco idiomas] y empiezas una nueva etapa en tu vida...

¿Alguna vez se ha arrepentido de aquella decisión?

No... Este año cumplo 25 años de mi marcha de Tenerife y, sinceramente, París lo tenemos ahí al lado. En la época de nuestros padres iniciar una aventura de este calado era más costosa por el miedo al inglés y a un estilo de vida distinto, pero los estudiantes de hoy han normalizado este tipo de decisiones porque estamos mejor conectados y, sobre todo, las oportunidades laborales son más amplias que hace 20 o 30 años. Europa nos ha cambiado y ya no es un continente con unos países que tienen unos cuantos millones de ciudadanos, sino que en estos momentos hay un concepto de unidad que tiene que ser aprovechado por la ciencia en beneficio de todos.

¿Es europeísta?

Sí, soy europeísta y me duele mucho lo que están pasando mis colegas británicos por el brexit.

¿Cómo afecta la salida del Reino Unido de la Unión Europea?

Nosotros tuvimos que «echar» a investigadores del proyecto... Hace un año, el 22 de diciembre, la UE nos recordó que cómo Inglaterra aún no había acordado su situación con Irlanda del Norte rehusaba a integrar a los ingleses en la investigación que nos estaba financiando. Además, nos dijeron que teníamos que conseguir un equipo europeo, no inglés, que fuera capaz de hacer el mismo rol que realizaban los investigadores que tuvimos que expulsar. Alemania movió ficha para cubrir ese hueco, pero sucedió algo maravilloso e Inglaterra dio luz verde prácticamente la partida de dinero que necesita el equipo inglés –un millón de euros más– y este se pudo quedar. El corazón de la Europa del Oeste –Francia, España, Alemania e Inglaterra– se mantuvo intacto y pudimos seguir avanzando en nuestras investigaciones. Francia, que es el ejemplo que mejor conozco, ha puesto en manos de la UE la financiación de su elite científica y eso crea buenos resultados.

¿Investigaciones decisivas como las que capitanea el IAC y que pueden ser complementarias con el trabajo que se realiza con los neutrinos?

Esa correlación con la astrofísica es crucial en todo lo que hacemos porque nos posibilita estudiar una fuente de energía desde diferentes puntos y así podemos comprender mejor sus mecanismos. Esa complementariedad es brutal y eso lo estamos empezando a rentabilizar, es decir, si los científicos no contamos con una instrumentación potente estamos un poco vendidos... Esta es la razón por la que estamos poniendo mucho énfasis en los detectores de neutrinos. Si no somos nosotros, la obligación de los equipos como el que lidero en Francia es avanzar todo lo que se pueda para que los vengan detrás se beneficien: ese trabajo de hormiguitas no es fácil de asumir, pero es fundamental en el mundo de la ciencia.

¿Duele dejar encaminada una investigación para que la gloria se la lleve el que viene detrás?

Es lo que hay [sonrisas]... Si los que vienen después de ti son capaces de darle otra vuelta de tuerca a tus postulados eso no puede ser un motivo de enfado... Así funciona la ciencia y los que nos dedicamos a ella sabemos que eso no va a cambiar... El que ríe el último ríe mejor, pero Newton lo tenía claro cuando decía que «estamos sobre hombros de gigantes». Nuestro detector se apoya en muchos años de trabajo y en una metodología que se puso en marcha para el descubrimiento de neutrinos en el año 1956. Entonces, esa tecnología era el último grito, pero siete décadas más tarde estamos hablando de un concepto vintage. Nosotros heredamos ese trabajo [sobre este asunto giró el taller que dio en el Seminario Permanente de Ciencias y Humanidades Blas Cabrera Felipe de la Real Sociedad Económico Amigos del País de Tenerife– gratis y no hay que desaprovecharlo.