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Los centros de investigación de las Islas | Recorrido por las instalaciones del IPNA-CSIC

El ‘mini’ CSIC de Canarias

El IPNA investiga en las tres grandes áreas del conocimiento, algo que muy pocos centros adscritos al Consejo consiguen

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Visita al Instituto de Productos Naturales y Agrobiología (IPNA)-CSIC Andrés Gutiérrez

En el Instituto de Productos Naturales y Agrobiología (IPNA) se hace un poco de todo. Los investigadores de este centro, adscrito al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), son referentes en moldear moléculas a su antojo a través de la química en favor del desarrollo agrícola y la mejora de la medicina. Sin embargo, en los últimos años, el centro ha ampliado su rango de acción y ha hecho acopio de algunas de las mejores mentes de las Islas para poder dar respuesta a otras necesidades sociales de información científica, como todo lo que tiene relación con la conservación de nuestras especies, los procesos volcánicos, el control de plagas o la calidad del aire.

El IPNA se encuentra en un gran edificio situado en el Campus de Anchieta, cerca de las facultades de Biología, Química o Farmacia de la Universidad de La Laguna. Dotado de una veintena de laboratorios y más de un centenar de trabajadores, el IPNA trabaja cada día de la mano de las instituciones isleñas para dar una respuesta con base científica a los problemas cambiantes de la sociedad canaria. Sus labores se dividen en tres departamentos diferentes: ciencias moleculares, química de productos naturales y sintéticos y vida y tierra.

Si bien el IPNA nació con el objetivo de mejorar la salud de los cultivos, buscar de los productos fitosanitarios más respetuosos con el medio natural y asesorar a los agricultores, en las últimas décadas el instituto también se ha especializado en la elaboración de moléculas nuevas que puedan servir como principios activos en tratamientos o vacunas.

Los científicos están contribuyendo con sus estudios a erradicar la culebra californiana

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La capacidad de sus investigadores para transformar los conjuntos de átomos para convertirlos en un nuevo producto que da mejores resultados es uno de los puntos fuertes del IPNA. El grupo en el que trabaja el director, Juan Ignacio Padrón, busca un elemento con el que «encapsular» los fármacos antitumorales. «De esta forma podríamos conseguir que el tratamiento fuera liberado únicamente donde sea necesario», explica. Para ello buscan una «cápsula» que se disuelva cuando el pH sea muy bajo, como el de los tumores.

A escala microscópica

En el IPNA se realizan procesos a escala microscópica. Son el primer eslabón de una cadena científica que suele acabar en la península, en manos de sus otros compañeros del CSIC. Así lo han hecho también en este proyecto para desarrollar un tratamiento menos invasivo contra el cáncer. «Hemos enviado estas moléculas al CSIC en Madrid, donde ya se están empezando los ensayos con ratones», explica Padrón. La química vale para todo en este centro. Los investigadores Yaiza Pérez y David Santana se encuentran en plena faena agitando matraces llenos de sustancias de colores en busca del elemento mágico que permita acelerar las reacciones químicas. Últimamente sus pretensiones van más allá, pues quieren, además, que ese elemento catalizador nunca se gaste. Y es que, si en la reacción química se logra que no desaparezca este elemento, se podría utilizar de manera prácticamente infinita, permitiendo que todo el proceso fuera mucho más sostenible.

Porque si en algo ha trabajado el IPNA en los últimos diez años es en impulsar una «química más sostenible». En ese impulso han instalado un nuevo centro un nuevo laboratorio de microbiología para reforzar el estudio de las resistencias antibióticas. «Es el primero que tenemos», como explica Dácil Hernández. Con esta instalación, recién estrenada, las investigadoras están tratando de averiguar qué antibióticos son resistentes a los microbios que afectan a la agricultura. En una nevera guardan varias placas de petri donde han cultivado hongos que crecen todo lo que pueden hasta acaparar todo el espacio. La posibilidad de criar sus propios patógenos les ha dado una libertad de la que antes carecían. «Teníamos que firmar convenios con otras entidades y limitaba mucho nuestro trabajo», relata Hernández. Cuando los hongos están en su punto, Marina Porras extrae un pedazo y le empieza a inocular distintas moléculas. «Probamos distintas combinaciones de cadenas de aminoácidos hasta ver el que funciona mejor», explica.

Los laboratorios del centro se empezarán a renovar en los próximos meses. «Los iremos reformando poco a poco porque no podemos cerrarlos todos a la vez, y cada uno tarda unos tres años», explica Padrón. Aún así, ya hay cinco espacios de trabajo que cuentan con las tecnologías más punteras del mercado. Es el caso del laboratorio de ciencias moleculares, cuyos trabajos se centran en desentrañar los misterios la ciguatera. Dentro de la red de trabajo Mimar+, los investigadores están estudiando hígados de peces contaminados para encontrar en ellos un patrón. Luego utilizan en ellos varios compuestos para ver si genera anticuerpos, con el objetivo de encontrar un posible tratamiento para esta enfermedad. Como en otros casos, los resultados han sido enviados a los centros del CSIC en la península que serán los responsables de realizar los estudios clínicos.

El centro acaba de estrenar un laboratorio de microbiología para cultivar hongos

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Otro de los grandes ejes sobre los que se sustenta la ciencia en el IPNA es el departamento de Vida y Tierra, donde se encuentra otro de sus puntos fuertes: la biodiversidad. «Nuestro trabajo consiste en conservar la flora y fauna nativa, para lo que también damos cuenta de los problemas que acarrea la flora y fauna introducida», explica Manuel Nogales, delegado del CSIC en Canarias y uno de los miembros de este grupo de investigación. Los científicos están contribuyendo a erradicar la culebra californiana de Gran Canaria, advirtiendo de los peligros de la apicultura en el Teide y luchando porque una regulación más estricta de las colonias de gatos. No obstante, también estudian las características que han hecho únicos a los endemismos canarios y cómo la insularidad ha afectado a diversas especies. No es de extrañar entonces que una de las herramientas clave para su investigación sea el ADN. Conocer el código genético de los animales y plantas del Archipiélago es esencial para identificarlos y entender cómo han evolucionado.

Máquina de ADN

Antonio Pérez vive pegado a su máquina de extracción de ADN. Se trata de uno de los recursos más importantes del centro y está contribuyendo a estandarizar un método que de forma manual tenía mucho margen de error. «Estandarizamos el proceso y así conseguimos que se puedan repetir los resultados», explica Pérez. Él ha descubierto que en Canarias incluso las barreras geográficas más nimias son capaces de cambiar a toda una especie. «Hemos estudiado los invertebrados que hay en dos regiones del Bailadero de Anaga, y nos hemos dado cuenta de que no son genéticamente iguales», explica el investigador. Las dificultades asociadas a cruzar esta zona del Macizo para muchos insectos les impide relacionarse con otros de su especie. «Esto ocurre en procesos que pueden postergarse durante millones de años», explica Pérez.

Para Alfredo Valido lo más importante son las «interacciones mutualistas» entre las especies y cómo la introducción de un intruso puede romper el delicado equilibrio de un ecosistema. Su especialidad son la relación entre lagartos y aves con las plantas. Sin embargo, en los últimos meses también se ha centrado en evaluar cómo las abejas domésticas están afectando al ecosistema en el Parque Natural de Las Cañadas del Teide.

El Instituto está dotado de casi 20 laboratorios y más de un centenar de empleados

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En su afán por ayudar a resolver las problemáticas que más les afectan a los isleños, los investigadores del IPNA también colaboran en la erradicación de la termita subterránea en Tacoronte, en el norte de Tenerife. David Hernández y Aura Pérez se dedican a marcar a estos insectos para conocer sus patrones de comportamiento y cuán lejos pueden desplazarse en un núcleo urbano. «Encontramos a muchas termitas en un radio de 64.000 metros cuadrados desde el lugar donde las habíamos marcado», explica Hernández. Los investigadores también buscan fórmulas más efectivas y que tenga inocuidad en el medio ambiente para poder finalizar los trabajos de erradicación.

Pero no solo se trata de ayudar, sino también de entender a la población. El grupo de Ciencias Sociales, Patrimonio y Alimentación –la última incorporación del centro– intenta comprender los procesos por los que los productos agrícolas tradicionales, como el vino o la sidra canaria, ganan calidad gracias a la forma de elaborarlos en Canarias.

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