Opinión

Nayra Bajo de Vera

Desaprender a golpes

El estrés sostenido por sufrir acoso escolar o bullying puede predisponer a sufrir depresión en los jóvenes.

El estrés sostenido por sufrir acoso escolar o bullying puede predisponer a sufrir depresión en los jóvenes. / Pilar Cortés

Debería importar mucho menos el desempeño académico del alumnado que el miedo y el dolor que sienten las niñas y niños que sufren acoso. A nivel individual, se vuelve una prioridad cuando la acosada resulta ser una hija o un hijo. Si eso sucede, nos indignamos por la inacción de los centros, la indiferencia de padres y madres, la normalización del bullying como parte de la experiencia de crecer. Pero si el acoso lo vive una niña ajena, un niño desconocido, se quedan en cifras en un informe. Vamos mal en acoso, pero qué se le va a hacer. Hay que mejorar en matemáticas, ciencias y lectura.

Este martes se presentaron los últimos resultados del informe PISA, que mide el rendimiento escolar a nivel internacional. La atención se ha centrado, en general, en lo mal que va el archipiélago respecto al resto de España, que también va mal. No son coincidencias. Pero es que, además, Canarias es la comunidad autónoma más afectada por el bullying, con un 10,2% de estudiantes que padecen acoso frecuente.

Está claro que es necesario introducir muchos cambios y mejoras en el sistema educativo, que lidia con presupuestos deficientes y recortes en igualdad, según el Observatorio de Servicios Sociales de Canarias. Pero no reduzcamos el objetivo a aumentar el gasto público e implementar un puñado de reformas apolíticas en los contenidos y la formación.

Si los resultados están peor de forma sistemática, es porque existen desigualdades de base. Si fallan la estabilidad económica y la integración social, todo lo demás empieza a tambalearse: motivación, salud mental, dieta equilibrada, apoyo para hacer la tarea, relaciones en casa, relaciones en clase, expectativas familiares. Y si no hay nada de eso, ¿cómo se va a estudiar? Pues mal.

Por eso la solución trasciende a lo que ocurre en las aulas. Como cuando enfermamos y nos moquea la nariz, entendemos que no nos encontraremos mejor si solo nos tapamos las fosas nasales para evitar que salga el moco; hay que actuar sobre todo el organismo.

Lo mismo sucede con el acoso. Cuando las cifras son superiores a la media, es por algo. Pero más allá de la desigualdad estructural de la sociedad canaria, ninguna cifra de acoso puede ser aceptable. No debemos mirar a la media española como algo a lo que aspirar, sino querer reducirla a cero.

Para hacer frente a esta lacra, el desempeño académico no puede ser la meta. No debemos justificar la erradicación del bullying basándonos en que no permite al alumnado rendir correctamente.

Deshagámonos de la idea de que el bienestar en el colegio es solo una herramienta para obtener un fin. Pensemos en el bienestar de las niñas y niños como una necesidad intrínseca, un derecho. Saquen o no saquen buenas notas.

Nada de esto funciona si el profesorado no está bien formado. En secundaria, en primaria y en preescolar. Es inevitable que surjan problemas de convivencia en cualquier etapa de la enseñanza, pero una mediación correcta consigue que no se vuelva un problema mayor. Desde preescolar, el alumnado tiene que aprender a convivir en una sociedad diversa, gestionar sus emociones, respetar el consentimiento y decir que no cuando alguien sobrepasa sus límites.

Cuando surjan roces, no pueden resolverse con un abrazo forzado, aleccionando o castigando el comportamiento sin investigar cuál es la raíz. Tampoco es aceptable que se hagan ojos ciegos y oídos sordos sabiendo que hay problemas porque «son cosas de la edad», y mucho menos que los docentes refuercen actitudes propias de acosadores. Lo hacen cuando se burlan de una pregunta o una respuesta, no respetan la intimidad del alumnado y hacen comentarios racistas, clasistas, machistas u homófobos.

Todo lo que no sea actuar sobre la desigualdad serán parches. Esa desigualdad, que condiciona el éxito académico de muchísimas maneras, también delimita las posibilidades de ascenso social. La educación universal ha permitido reducir brechas, pero sigue operando en una sociedad puramente desigual. Y las cifras, que no son coincidencias, son un reflejo de ello.