Opinión | Curva a la izquierda

El transistor

El transistor

El transistor / El Día

La vida es misteriosa. Hasta sus pequeños misterios son grandes. Llevo más de dos días buscándolo. A lo mejor sólo me pasa a mí… Anteayer, un rotulador rojo –rojo por fuera y rojo por dentro– que utilicé para hacer una pequeña marca en un tubo de terrain –esos de fontanería– y saber hasta dónde tenía que meterlo y que la unión con el empalme fuera segura. Oye, que tardé un instante y ya solo aparecía la tapa. Y que es rojo. ¡Rojo carmesí! Y nada que ver con una aguja en un pajar ni nada por el estilo. Primero, porque allí sólo estaba yo. Y segundo, que no había sino un escritorio minimalista de estos que solo tienen el esqueleto y el tablero con un ordenador y un cuaderno blanco que dejó mi hijo «olvidado», cuando se fue hace casi tres meses, a estudiar fuera. Bueno, y una silla de escritorio con ruedas que moví y removí varias veces. Vamos que no había escondite posible. Al día siguiente apareció junto a la silla, en el suelo y se veía a un kilómetro ¡coño!

Duendes. Cuentan que hay duendes. No son cuentos. Este que está aquí habla con ellos día sí día también. Creo que soy su principal diversión. Por mi parte, me da que estoy comenzando a defraudarles. He tenido fases. Cabreo, palabrotas, cabreo, bufidos… minicabreo, aceptación, diálogo. Se fastidiaron. A reírse a la playa. No tienen demasiada paciencia. O yo tengo más. Cuando en voz alta les digo: ya se cansarán o cuando se cansen… ya saben qué hacer. Pues oye, que al rato, me lo ponen delante. Tengo la impresión de que ellos también están disfrutando con esta movida. Que mientras más delante de las narices me lo ponen para que mi asombro e incredulidad sean hipermegaevidentes… más disfrutan los cabritos. No crean que siempre les quito años. A veces se me notan los latidos en la vena esa que sube el cuello, dejando sentir el pálpito a flor de piel, por donde pasan todos los cables, y el cuadro de mandos trata de controlar el flujo de sangre que hierve para no estrangularlos.

Han pasado más de dos días. Y es que esto es vital para mí. Una radio tipo transistor, que me llevo a todos los lados de la casa, ha desaparecido. ¿Recuerdan el: «Con Dios me acuesto, con Dios me levanto, con la Virgen María y el Espíritu Santo»? Pues eso hago yo con la radio. Si estoy en casa, raro es el momento que no la tengo encendida. Hasta los partidos de fútbol los veo por la tele y los escucho por ella. Comprenderán mi desasosiego. Dos días y medio buscando al loro, pues lo suelo acomodar en mi hombro como aquellos papagayos que explotaban algunos fotógrafos en Puerto de la Cruz.

Dos días y medio haciendo memoria. Sesenta horas intercaladas con rondas exhaustivas por la casa incluyendo los sitios por los que estoy seguro que no he pasado. Sabiendo que estoy a su absoluta merced. Da igual: por si acaso. Así que… me han fastidiado el día de San Andrés. Pero no la víspera. Dicen que por San Andrés el vino nuevo viejo es… El de Memo Goya en la bodega de Ravelo estaba buenísimo. Como su generosidad y la de toda su familia que no se cansaron de repartir pata asada, quesos, dulces, vino, anécdotas y buen rollo entre los muchos –amigos unos, desconocidos otros– que acudieron a cumplir con la tradición. ¡Viva San Andrés! Y la buena gente que habita esta tierra de la que me siento uno más. Estas cosas no se pueden perder. Que den por el saco al transistor. Y a los duendes.

adebernar@yahoo.es