Opinión

José Manuel Ledesma Alonso

‘Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente’, de Alexander Von Humboldt

Alexander Von Humboldt.

Alexander Von Humboldt. / E. D.

Narración del naturalista Alexander Von Humboldt en una de sus obras a su paso por Tenerife:

«El 11 de febrero de 1799, en compañía de Aimé Bonpland, médico y naturalista francés, fuimos recibidos en Madrid por el rey Carlos IV y la reina María Luisa de Parma, a los que les expusimos el viaje científico que pretendíamos realizar en las posesiones del imperio español en América, dándonos toda clase de facilidades para llevar a cabo nuestra misión. La Secretaría de Estado, el Consejo de Indias y el director del Real Gabinete de Historia Natural, el tinerfeño Rafael Clavijo y Socas, nos dieron las autorizaciones pertinentes para que pudieramos llevar a cabo observaciones astronómicas, medir las alturas de las montañas, recoger muestras del suelo y verificar cualquier trabajo que estimáramos oportuno para el fomento de la ciencia, con nuestros instrumentos y aparatos de física, geodesia y astronomía. Salimos del puerto de La Coruña, el 5 de junio de 1799, en la corbeta española Pizarro, correo marítimo que mensualmente realizaba la ruta Coruña-Cuba-Méjico, con escala en Santa Cruz de Tenerife.

Según nos acercábamos a la isla de Tenerife, me situé en la proa del barco para estudiar la altura del Teide y analizar las razones de su visibilidad a determinadas distancias, pues la navegación de la época solía utilizar el Pico como baliza natural. Al llegar a Santa Cruz, el miércoles 19 de junio de 1799, mientras esperaba que se realizaran los trámites rutinarios, pude gozar del majestuoso espectáculo que ofrecía el muelle que se encontraba junto a un paseo público plantado de álamos y que había sido construido recientemente. Muelle que recomiendo para hacer escala, pues está situado en el camino de América y de la India.

Al desembarcar, lo primero que atrajo nuestras miradas fue una mujer cenceña de gran estatura, atezada en extremo y mal vestida, a quien llamaban la Capitana. La seguían otras mujeres, cuyos trajes no eran más decentes que el suyo. Todas pedían con insistencia la autorización de subir a bordo de la Pizarro, permiso que naturalmente les fue denegado. La Capitana es una jefa escogida por sus compañeras, sobre las que ejerce una gran autoridad. Impide cuanto puede perjudicar el servicio de los bajeles, pues cuida que el servicio de los navíos no sufra estorbo y obliga a los marineros a volver al bordo a la hora fijada.

En este puerto, tan frecuentado por los europeos, la licencia de las costumbres tiene todas las apariencias del orden; por ello, los oficiales se dirigen a ella cuando se abrigan temores de que alguna persona de la tripulación se ha ocultado para desertar.

Fuimos recibidos por el general José Perlasca, sucesor del célebre general Gutiérrez, vencedor de Horacio Nelson, quien nos facilitó todo lo necesario para que pudiéramos recorrer la Isla, nos cedió la casa del coronel Jefe del Batallón de Infantería de Canarias, donde pernoctáramos, e incluso ordenó que el barco permaneciera en el Puerto más días de los tres que acostumbraba para avituallarse. Aquella tarde salí a herborizar por el barranco de Tahodio, llegando hasta el monte Aguirre.

Santa Cruz es una ciudad bastante limpia, con una población que se eleva a 8.000 almas. Sus habitantes se reúnen todas las tardes en el muelle para tomar el fresco. A la salida del muelle se encuentra un famoso monumento de mármol de Carrara, de treinta pies de alto (9,15 metros), dedicado a Nuestra Señora de Candelaria. En sus estrechas calles transversales, entre los muros de los jardines, las hojas colgantes de las palmeras y las plataneras forman pasajes arqueados y sombríos que son un refresco para el europeo que acaba de desembarcar y para el que este aire es demasiado caluroso.

Como el principal objetivo de la estadía en Tenerife radicaba en poder conocer el Teide, el primer volcán que tuve la ocasión de estudiar, al amanecer del día siguiente salimos hacia La Orotava, desde donde emprendimos la excursión al pico, acompañados de Mr. Le Gros, vicecónsul de Francia; Lalande, secretario del consulado francés en Santa Cruz; y Cornelio Mac Manar, encargado del Jardín de Aclimatación de Plantas de La Orotava; además de varios guías y ayudantes. Mientras ascendíamos a la cumbre, observamos como las diversas especies botánicas variaban según la altitud, encontrándonos con la laurisilva y el fayal brezal en el monte verde. Luego caminamos a través de grandes extensiones de pinares; al superar los dos mil metros estaban las retamas y codesos, mientras que la violeta del Teide surgía entre la piedra pómez del volcán. Con toda esta información llevamos a cabo la descripción y clasificación de los pisos de vegetación de la isla de Tenerife. Llegados al pico, pudimos comprobar que los conos de los grandes volcanes se formaban a partir de material magnatico arrojado por el cráter, procedente de las profundidades de la Tierra.

El 25 de junio de 1799, me alejo consternado de esta tierra, pues me hubiera gustado establecerme aquí, donde la naturaleza se muestra en todo su esplendor».

(*) Alexander Von Humboldt (Berlín, 1769-1859)

Estudió Ciencias Económicas en Hamburgo, y Ciencias Mineras en Freiberg (Sajonia), llegando a desempeñar el cargo de primer consejero del Ministerio de Minas en Alemania. Hombre de formación universal, dominaba la geología, química, física, meteorología, botánica, zoología, etc. Hablaba con fluidez varias lenguas, entre ellas el español. También tenía una buena formación académica en dibujo y grabado en cobre, que utilizaría para poner la representación artística al servicio de la ciencia.

El estímulo que Humboltd ejercería en los naturalistas alemanes, sería decisivo para la aportación de la investigación científica de las Islas Canarias, pues sus estudios de botánica y geología los continuarían el alemán Leopoldo Von Buch y el noruego Christian Smith.