Opinión | retiro lo escrito

Saben aquell que diu

Parece un chiste de Eugenio. Saben aquell que diu que fue el alcalde José Manuel Bermúdez al Teatro Guimerá, acompañado de un coro de adoradores y adoratrices y dijo: «Convertir el Guimerá en un teatro del siglo XXI costará 7,5 millones de euros». Por de pronto, ante la broma, a cualquiera se le ocurren dos cosas. Primero, que un teatro, para ser considerado como tal en el siglo XXI o en el XVIII, debe desarrollar una actividad espectacular bien programada y publicitada y estar lleno la mayor parte del año. Segundo, que están a punto de consumarse 22 años del siglo XXI pero que parece que al equipo de gobierno el calendario le ha pillado distraído por algo. Demasiado a menudo los políticos desconfían del teatro. Siempre he sospechado que consideran a autores y actores como pura y dura competencia desleal.

Mientras que en Las Palmas de Gran Canaria se mantiene una oferta teatral digna, y a veces espléndida, y se puede disfrutar –fue en el Cuyás– de un espectáculo tan hermoso y sugestivo como Canarii, de Manuel González y Daniel Abreu y con Olpa Cerpa ofreciendo una voz que es la región más transparente del país de nuestra música, aquí, desde 2008, y con breves periodos de excepción, se ha debilitado y vulgarizado toda la programación del Teatro Guimerá. Y no hay otro espacio teatral, porque no ha existido absolutamente ningún interés en activarlo. La compra del antiguo cine Baudet fue una oportunidad miserablemente desperdiciada y la reforma del Círculo de Bellas Artes ha avanzado con la velocidad de un gasterópodo. La actividad teatral –teatro y danza– está penalizada en Santa Cruz de Tenerife. Y como la oferta es irregular y discontinua la demanda ha terminado por marchitarse. Para el teatro, casi nada; para las puñeteras murgas y comparsas, perras generosas, locales gratuitos y visitas institucionales –fotos, fotos, fotos– hasta el hartazgo. Reconozco mi desidia profesional: ignoro quien se encarga de la gestión y la programación del Guimerá. El actual concejal de Cultura es un señor que se llama Santiago Díaz Mejías, que entró en el ayuntamiento chicharrero de la mano de Hilario Tonicaso Rodríguez. Siempre tuvo trabajo ahí. Brillaba como embajador plenipotenciario de los alcaldes frente a las asociaciones vecinales. Un par de meses antes de las elecciones locales del pasado mayo, Díaz Mejías se dio de baja en CC y se incorporó como un rayo al Partido Popular, negociando tan bien que Carlos Tarife le ofreció un puesto de salida en la lista conservadora. Ha cumplido ya cincuenta años, pero cuando el pasado agosto le preguntaron sobre sus ánimos como flamante concejal de Cultura tomó aire y dijo: «Tengo un sueño superambicioso». Guau.

En la volcánica aspiración onírica del señor Díaz Mejías resulta imposible encontrar nada concreto, salvo un proyecto que considera «el más importante del Organismo Autónomo de Cultura en 2024» y que «tiene que ver» –como apunta literalmente el concejal– con el centenario del fallecimiento de Ángel Guimerá. «Vamos a organiza actividades relacionadas con la vida y obra del dramaturgo y poeta canario». Ya sé que es asombroso, pero tengamos esperanza. Igual el señor Díaz Mejías le echa una ojeada no diré yo a un libro –no soy tan cruel– sino a la Wikipedia y descubre que Guimerá abandonó Canarias para nunca más volver –ni ganas– a los ocho años de edad, y que desarrolló toda su obra dramática en catalán. Dedicarse a recuperar o difundir dramaturgos canarios –y no sólo a los del pasado, sino a contemporáneos como Luis Alemany, Alberto Omar, Cirilo Leal, Fernando H. Guzmán, Enrique Bazo, Francisco Monje, José Padilla, Ángel Camacho o Antonio Tabares– ni se le pasa por su superambicioso cabezón. Ni tampoco cerrar un protocolo de colaboración con la Escuela de Actores de Canarias, centro superior de arte dramático acreditado por la Consejería de Educación del Gobierno autónomo y que tiene sus aulas en el municipio de Santa Cruz. Ni diseñar un modesto circuito teatral que visite los locales de las asociaciones de vecinos o las plazas de la capital a lo largo de todo el año. Porque un coliseo teatral del siglo XXI para una política cultural propia de 1950 no solo es una contradicción demasiado chusca: es que no sirve para nada.