Opinión | La opinión del experto

Martín Caicoya

Los azares de Ómicron

En diciembre de hace 4 años se diagnosticó el primer caso de lo que se llamó Covid-19. Unos años antes otro coronavirus que también había surgido en China había asustado al mundo. Fue la primera epidemia de las nuevas versiones de este virus que convive con nosotros desde tiempo inmemorial. Se logró controlar. Reapareció años después con otro nombre en el cercano oriente. Esa vez causó menos estragos. Todas estas experiencias nos dieron cierta seguridad. Creíamos que sabíamos cómo se propagaba y con qué velocidad y cuál era su potencial maligno. La realidad nos golpeó con millones de muertes. Hace ahora dos años se produjo una nueva mutación en Sudáfrica: Ómicron. Con cierta ingenuidad, creímos que poniendo barreras podríamos evitar su extensión, pero cuando se cerró ese país el virus ya andaba por todo el mundo. La teoría es que surgió en una sola persona, quizá un inmunodeprimido. Es un laboratorio donde el virus se multiplica sin tino. En su misma replicación ocurren errores, mutaciones.

El azar quiso que se creara un virus con cierta capacidad de evitar las defensas creadas por las vacunas y las infecciones previas y así colonizar el huésped, invadir sus células y aprovechar su maquinaria para replicarse. Los virus, como saben, para replicarse necesitan penetrar en una célula, insertarse en su material genético, lo incitan a producir, miles, a millones de partículas víricas. Omicrón, mejor adaptado al medio, logró hacerse el dominante en el mundo. Durante estos dos años consiguió infectar a millones de personas y aún mata a muchos, más que el de la gripe.

Merced a su capacidad de enfermar, por tanto, de multiplicarse, están apareciendo nuevas variantes, algunas inquietantes. Además, puede ocurrir que una persona se infecte con dos variantes que al convivir en la célula se mezclen: una recombinación. Así nació, se cree, la XBB de Omicrón que fue dominante en EEUU. Con la agilidad que da la fabricación de vacunas RNA se diseñó una contra ella y parece que está remitiendo. Para que otras ganen su espacio. La más peligrosa es la que está colonizando Francia, la JN.1. Es la evolución de una que surgió en agosto, BA.286, que produjo entre los virólogos mucha inquietud por su potencial letal, pero resultó un poco perezosa para infectar. Bastó que cambiaran unos genes para que ganara capacidad contagiosa.

Sars-Cov-2, el virus que demostró por un lado nuestra debilidad y por otro, nuestra enorme capacidad científica y técnica, sigue retándonos. En un viaje a Marruecos, un amigo contrajo un catarro incómodo y leve. Pero evolucionó repentinamente hacia un fallo respiratorio que lo mantuvo en la UCI durante 3 semanas. Estaba vacunado y había padecido varias veces la enfermedad, pero esa variedad logró salvar las defensas. En su organismo la población de virus se multiplicó con el riesgo de que aparecieran nuevas variedades aún más peligrosas.

Ese es el riesgo para los demás: cada enfermo es un caldo de cultivo para el virus, una oportunidad para multiplicarse. Para que aparezcan nuevas variedades. Impedir que haya enfermos es además una cuestión de salud pública.

Nos gustaría tener un medicamento que frenara la replicación del virus, así evitaríamos las consecuencias de la enfermedad tanto para el enfermo como para la sociedad. No conozco los empeños e inversiones en este campo, el caso es que no se ha conseguido. Lo que tenemos son buenas vacunas, capaces de adaptarse con bastante agilidad a las nuevas variedades. Importa conocerlas, seguir su rastro, estudiar su infectividad y virulencia. Para ello hay que invertir en vigilancia y secuenciación genética. En todo el mundo. Ya hemos visto que un nuevo y peligroso virus puede surgir en cualquier parte y en pocas días u horas estar a miles de kilómetros. Es la consecuencia de la ingente movilidad de las personas en el siglo XXI. Aún no se han llegado al número de desplazamientos internacionales previos al Covid, pero ya estamos en mil millones. Esa realidad nos la puso de manifiesto la primera epidemia del nuevo coronavirus, el SARS. Una médico visitó a una enferma en el corazón de China, días después a una anciana que pasaba unos días con su familia. Regresaba a Toronto, allí ingresó muy enferma. Infectó a varios médicos, enfermeras, auxiliares. La epidemia se propagó.

En cualquier enfermedad el principal objetivo es evitar que ocurra para que nadie sufra sus consecuencias. En las infecciosas hay además un interés egoísta en la protección de los individuos. No queremos que sean laboratorios donde los virus se multipliquen. Por eso es tan importante prevenirlas, especialmente las víricas. Es una cuestión de salud pública que supera las fronteras. Ahí tienen su papel las agencias internacionales como la OMS que deben estar bien financiadas y tener capacidad regulatoria. Lo que pueda hacer un país dentro de sus fronteras es poco.