Opinión

La economía, estúpido

España tenía la tercera inflación más baja de la OCDE en agosto por la energía

España tenía la tercera inflación más baja de la OCDE en agosto por la energía

Bill Clinton llegó a la presidencia de los Estados Unidos gracias a una frase, «la economía, estúpido», que logró convertir en eslogan viral de su campaña. Años más tarde, sería George W. Bush quien centrase su estrategia electoral en la necesidad de recuperar el poder adquisitivo de los estadounidenses frente a la carcoma de la inflación. Para la inmensa mayoría de la población, vivir mejor consiste simplemente en ganar más dinero –ya sea por vía salarial o patrimonial– y, a la inversa, vivir peor consiste en perder nivel de consumo.

En países como España, con tasas de paro estructurales muy elevadas desde hace décadas y con unas clases medias aún incipientes, la mejora de los estándares de vida depende mucho del empleo y de la solidaridad intrafamiliar. En buena parte de la geografía nacional, no es tan común disponer en el seno de una familia de dos sueldos fijos durante todo el año; y mucho menos, de tres o cuatro. Incluso los salarios bajos permiten un salto significativo en la calidad de vida de las personas, por lo que el énfasis de los economistas se ha puesto a menudo más en la reducción del paro que en el incremento de los sueldos. Y tiene sentido que sea así, sobre todo en aquellos segmentos de edad –jóvenes y mayores de 50 años– o en aquellas segmentos con formación deficiente que plantean una mayor dificultad para la inserción laboral. Sin embargo, la inflación nos afecta a todos. Y el problema español, que es básicamente un problema de tejido productivo, se ha convertido también en una cuestión salarial; no sólo de empleo. Sin trabajo de calidad, no hay proyecto de vida realizable.

El trinomio formado por el empleo, la inflación y los sueldos se encuentra en el corazón mismo de la crisis española. El estallido entre los años 2008 y 2011 de la burbuja inmobiliaria, que había facilitado una década de crecimiento, supuso una transformación radical de nuestro paisaje político y económico. A falta de flexibilidad monetaria, se habló entonces de una necesaria devaluación interna para recuperar la competitividad perdida. El ajuste fue brutal y provocó un terremoto cuyos efectos aún perduran. Y que no se limitaron al empobrecimiento general del país. Ninguno de los seísmos posteriores que hemos vivido en clave política es comprensible sin esta causa primera. El ascenso de los populismos, que ha llevado al borde del abismo a la democracia constitucional del 78, nace ante todo de esta percepción generalizada de falta de prosperidad. Y no soy capaz de entender cómo podremos revertir dicha tendencia sin una recuperación del pulso económico, por muchas reformas institucionales o legales se realicen.

Porque la prosperidad general y el horizonte de oportunidades crean un estado emocional. Si hay malestar colectivo, no es sólo por los errores de las elites y por el discurso inflamatorio de los partidos –que también–, sino porque el tránsito del siglo XX al XXI ha sido problemático en términos de bienestar. El frenazo en las tasas de crecimiento nos ha alejado de la convergencia con Europa, disparando el temor y la angustia en buena parte de la ciudadanía. La segunda consecuencia del estancamiento pasa por la constatación de un declive general en los servicios públicos y privados. Anclados en esta incapacidad de responder a los retos de la globalización, desprovistos de industria propia, con salarios a la baja e hiperendeudados, la tentación del populismo se hace más evidente. No son los debates estériles de la política lo que nos va a sacar del pozo, sino la alta política de Estado: la generosidad competente que mira hacia el futuro frente a los intereses inmediatos de las clases extractivas.