Opinión | Observatorio

Miqui Otero

La vida es un coleccionable de quiosco

La vida es un coleccionable de quiosco

La vida es un coleccionable de quiosco / Pablo García

¿Y ahora qué hago con una calavera humana del tamaño de una nuez y con una edición de Hamlet que cabe en la palma de mi mano? Dentro de unas semanas es muy posible que me haga esta pregunta, después de haber abandonado varios coleccionables de quiosco, como el de El cuerpo humano o el de Joyas literarias en miniatura.

La respuesta está clara, pienso ahora. Me cascaré el monólogo que el príncipe danés dedica, después de volver de su largo destierro, a lo que queda (huesos) del animado bufón de su corte: «¿Dónde están ahora tus burlas? ¿Tus juegos? ¿Tus canciones? ¿Tus destellos de alegría?». La escena tendrá algo de despedida definitiva del verano. Sin embargo, ahora, tras dos meses de exilio en el rural gallego, nada me resulta más terapéutico que ir al quiosco a comprar la primera entrega de todos los fascículos que se me pongan por delante. A lo loco.

No hay nada que ilustre mejor el regreso a la rutina que los coleccionables. En septiembre la gente se convierte en un mariscal megalómano de su propia vida: suscripciones a gimnasios, consulta de recetas sanas, propósitos laborales nipones, amistades modélicas. La compra de estos objetos o libros por entregas forman parte de esa ola de grandes planes, siendo, además, el más idealista o inverosímil de todos.

Como sabemos que cumplir planes vitales es complicado, pensamos que al menos hay un objetivo asumible: completar ese DeLorean a escala 1/8 (la nostalgia de cuando la vuelta era al cole y no al curro) o ese esqueleto de diplodocus (primera entrega con la tibia y tapas gratis).

La gracia del negocio es pensar que este año, sí, aun sabiendo que este año, como cada año, será tampoco. Cada septiembre la gente lo intenta y el negocio resiste, aunque tanto la experiencia personal como las estadísticas (solo un 15% continúa después de las tres entregas rebajadas y apenas un 10% completa la colección) nos dicen que el intento es vano. Como en la vida, que, como esta primera entrega, también es barata.

Quizás lo único que nos atrae es que, con la nueva temporada, podemos intentar ser quien queramos, otras personas. ¿Por qué no podemos ser, de repente, seres profundos interesados en Mitos y leyendas de Japón o en Croché creativo? ¿Quién no va a querer coleccionar Los mejores dedales del mundo o deleitarse con La armonía de las piedras?

La clave aquí es que podemos intentarlo y dejarlo pronto, con la excusa del precio. Los planes, como los puzles, no se pensaron para completarlos, sino para consolarnos en un momento difícil.

No acabarlos está socialmente más aceptado que beber con el menú. La clave de este idealismo es que cuesta muchísimo más dinero comprar cada pieza del Halcón Milenario (y montarlas) que adquirir la maqueta ya hecha. Una Torre Eiffel te costará 1.200 euros: si eres de los elegidos y la completas, te aplaudirán en casa (antes de echarte, porque mide 1,20 metros), pero, si no, lo entenderá todo el mundo.

Hay que volver al quiosco en otoño para comprar el diario, sin ir más lejos, que contiene esta columna. Pero, sobre todo, para emprender una alocada carrera a las personas posibles que podríamos ser y a las colecciones que jamás acabaremos. La generación anterior era bastante más sólida en sus propósitos biográficos y la prueba son, una vez más, los coleccionables: aún resisten en los anaqueles de la casa de mis padres la enciclopedia infantil de Érase una vez el cuerpo humano y esas colecciones de polipiel de premios Nobel (color granate) y Planeta (verde).

Yo, por ejemplo, que si meto un libro más en casa tengo que sacar la lavadora o a un hijo, intenté ayer empezar la de ediciones enanas de grandes clásicos. Qué grata mi sorpresa cuando el quiosquero me dijo que se había agotado. Me entraron más ganas, así que espero comprar El gran Gatsby en la tercera entrega para poder ilustrar con su final mis planes de coleccionables, sí, pero también los de mi vida: «Y seguimos remando, como botes en contra de la corriente, llevados de vuelta incesantemente hacia el pasado». No es tan fácil, diré en noviembre, con una calavera, un dedal de Indonesia o Penyíscola, un fémur de T. rex, dos agujas de calceta, tres pésimas noticias, una lavadora por tender y una agenda llena de deberes.