Opinión

El frisbi

El frisbi

El frisbi

Desconocía totalmente la existencia de ese maldito artilugio capaz de alterar la sosegada paz de los que decidimos pasar el día en la playa. Un disco volador que amenaza desde el minuto uno la tranquilidad de los ociosos que pretendemos tomarnos una cerveza en la arena sin comernos ese pedazo de plástico duro. El juego es tan sencillo como terrorífico: Se llama ultimate frisbi y consiste en dos equipos de siete gandules que compiten en la arena como si la playa fuera su coto privado. Cada equipo defiende la zona de ensayo, es decir, tu espacio de sombrilla y reposo. Lo mejor de todo llega cuando marcan un gol. Un disco a 60 kilómetros por hora impacta llenito de arena en todo el careto. Así de manso es este juego cavernario que debería estar tipificado en el código penal. El pan de cada día son balonazos a señoras, rotura de sombrillas y pelotitas de tenis a los bañistas. No se respeta ni el bocadillo de tortilla que con tanto esmero preparamos unas horas antes. Y parece que existe un organismo rector que responde a la Federación Mundial del Disco Volador, una entidad que por supuesto debería estar ilegalizada de forma inminente. Ayer se celebraron los mundiales en la playa a la que fui, por lo que puedo certificar la agradable sensación del frisbi acariciando el rostro. Plata o plomo, no hay más opciones si te ves inmerso en el Ultimate frisbi. Nunca he aceptado ni entendido la nula civilidad de los granujas que hacen de la playa su zona restringida de juegos. Y ni se te ocurra recriminarles absolutamente nada, que te comes el frisbi. Un coto privado para los bárbaros al que solo se le pueden recetar sanciones y multas por alterar el orden público. Con lo divertido que es jugar a la petanca, al tres en raya, la búsqueda del tesoro o aguantar a la suegra. Pero no, hay que darle al ultimate frisbi, al mortal fútbol y al tenis killer pro. Es cierto que cada municipio tiene sus singularidades y pueden ser más o menos permisivos en la aplicación de las restricciones. Sin embargo, ya sean ordenanzas duras o más suaves, el resultado suele ser siempre el mismo: hacen lo que les da la gana en una parcela de todos. Fíjense, en algunas playas de España se contemplan infracciones por poner la sombrilla a una distancia inferior a los seis metros del agua, pero no pasa absolutamente nada por convertir la arena en el Santiago Bernabéu. Lo del cigarrito ya lo hablamos otro día. Son los escaparates habituales del incivismo y la falta de sentido de comunidad que tenemos, la ya asumida educación de Torrente y la insolencia reinante entre gran parte de la población. No solo son niños, también adultos que pasan de todo. Tengan cuidado si ven un frisbi cerca, porque cuando menos se lo esperen, puede acabar aterrizando en su cara. El día que las autoridades hagan cumplir las ordenanzas municipales, todos nos tomaremos más en serio nuestra responsabilidad como ciudadanos. Mientras tanto, a seguir esquivando ese perverso artefacto creado para la destrucción.