Opinión | ARENAS MOVEDIZAS

Jorge Fauró

Su Graciosa Majestad

Felipe Juan Froilán de Marichalar y Borbón.

Felipe Juan Froilán de Marichalar y Borbón. / EP

A la monarquía española le hacía falta un Froilán, un personaje por el que es difícil no sentir simpatía. Cuarto en la línea sucesoria después de Leonor, Sofía y la infanta Elena, nos cae bien porque sabemos que es improbable que le veamos coronado como jefe del Estado y porque anima sobremanera el guirigay dinástico. He tenido que consultar el número de hijos que tienen Cristina de Borbón e Iñaki Urdangarin. Muchos perderíamos al Trivial a la pregunta de cuántos retoños han alumbrado la hija menor de Juan Carlos y el exjugador de balonmano metido a empresario condenado. Resulta que tienen cuatro, benditos sean. Me pierdo en sus nombres, que leí y olvidé. Pero es oír Froilán (o su doppelgänger, Victoria Federica) y dispararse los chascarrillos, articular media sonrisa y ponerse uno a rajar. Larga vida a Froilán.

Froilán es uno de los nuestros. Y si no lo es, representa lo que a muchos nos gustaría haber sido. Es muy probable, como cantó Sabina, que las niñas ya no anhelen ser princesas, pero cuántos adolescentes y adultos no querrían ponerse en el pellejo de este zascandil Grande de España y Caballero Divisero Hijodalgo del Ilustre Solar de Tejada. Una vida sin apenas responsabilidades, un golfillo sin medida que vive de los hechos consumados y socialmente aceptados desde la resignación de nosotros, los del populacho; vive del cuento sin tener que hacerlo de tapadillo ni preocuparse por el salario mínimo y mucho menos por la pensión; repitió curso y su entorno asegura que ha acabado una carrera con 24 años; cultiva la imagen del dandy hortera que fuma habanos y frecuenta a primera hora de la mañana garitos de novela negra; se permitió el capricho de juguetear con un arma cuando era menor y descerrajarse un tiro en el pie sin que la Guardia Civil haya empurado a sus progenitores ni Servicios Sociales cuestionado la patria potestad. A quién no le gustaría alguna vez amanecer entresemana en un ‘after’ ilegal, con servicio de sauna, reservados vip, champán del caro y cocaína rosa sin tener que andar mirando la hora. Qué lujo vivir en primera persona un tiroteo en una discoteca donde la mafia marbellí salda un malentendido amartillando una Beretta. Muchos ni siquiera creen que esto exista fuera de las pantallas. Froilán, sin embargo, hace un cameo en todas las series de nuestro imaginario y siempre sobrevive en la siguiente temporada.

Su familia ha resuelto actuar como en las tiras de Garfield, que cansado de las tropelías de Nermal, aquel gatito asexuado y molesto, decidía cada cierto tiempo enviarlo a Abu Dabi. Allí, bajo el paraguas protector de su abuelo, dicen que «ha encontrado» trabajo. Lo de menos es de qué. Los guionistas del Trivial tampoco sabrían muy bien qué poner en la respuesta. Y, sin embargo, repasando el rimero de dispendios en que se han venido manejando las casas reales europeas, ya podemos medirnos sin complejos con biografías no menos entretenidas, como las de Carlos y Camilla, el príncipe Andrés, Estefanía y su guardaespaldas o Meghan y Harry, miembros de la realeza al lado de los cuales, nuestro pequeño Froilán es un principito en prácticas.

Me gusta imaginar a Froilán en alguna mansión de novela de Easton Ellis, rodeado de amigotes que no se sabe a qué se dedican, con Lamborghinis y Ferraris en la puerta, chicas y chicos ligeros de ropa zambulléndose en una piscina en forma de riñón, travestis y drags dando la nota de inclusión, un tipo con una bandeja y la nariz empolvada, un pollavieja vestido de albornoz y un abogado trajeado tratando de firmar un contrato para rodar una película de adultos. Y el nieto del emérito sin enterarse de la misa la mitad, citando mentalmente a Quevedo: «Todos los que parecen estúpidos lo son y, además, también lo son la mitad de los que no lo parecen».

Froilán representa el prototipo de la España retratada en los grandes periodos de nuestra literatura. Es la Eloísa de Galdós y el pícaro de Mateo Alemán. «La sangre se hereda, el vicio se apega (…). Terrible animal son veinte años. No hay batalla tan sangrienta ni tan trabada escaramuza como la que trae la mocedad consigo». Es un personaje de Cela en el siglo XX («Hay dos clases de hombres: quienes hacen la historia y quienes la padecen») y de Javier Marías en el XXI («Los adultos de nuestra época están educados para seguir siendo niños»). Que siga Froilán, que nada detenga este mandato suyo en el reino de lo absurdo. Si ha de haber monarquía, que sea con todas sus consecuencias. En ningún lado está escrito que deba ser aburrida.

@jorgefauro