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Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

Buscándose la vida

Alberto Rodríguez. EFE

La izquierda mima sus propias burbujas. Las ama tanto que es incapaz de romperlas. Por supuesto en los juicios sobre sí misma el craso interés y el más hediondo personalismo no existen, salvo cuando se trata de enemigos de otra secta distinta, aunque compartan los mismos dioses. En realidad uno de los rasgos característico de los izquierdismos es que tratan los valores morales y los juicios de valor «como si fueran indistinguibles de los hechos», como apuntó Isaiah Berlin. Cualquier observador más o menos imparcial y con una información básica sobre el sujeto y su biografía política hubiera entendido que los movimientos de Alberto Rodríguez una vez que abandonó Podemos –y su salida misma de la organización– están dictados por intereses y expectativas exclusivamente personales. El que fue secretario de Organización federal –el número tres del partido, cuyo deber reglamentario consistía en mantener la cohesión política y operativa del mismo, es decir, la autoridad de la dirección central– acusó en público a Podemos de no entender ni respetar a los territorios y en privado de no defenderlo como debía cuando el Tribunal Supremo lo condenó a inhabilitación y perdió su escaño. Lo cierto es que muy poco podía hacer Podemos –salvo declarar una guerra estéril a la Mesa del Congreso de los Diputados y a su presidenta – para apoyar al compañero Rodríguez. De hecho, en un acto ridículamente simbólico, la dirección del grupo parlamentario decidió que el siguiente en la lista electoral de la provincia tinerfeña no tomase posesión del escaño. Una tontería que, por cierto, estuvo a punto de propiciar que no se aprobara la reforma electoral de Yolanda Díaz, que si finalmente salió adelante fue por el error de un diputado mastuerzo del Partido Popular. Era vox populi que Alberto Rodríguez, inmediatamente antes o después del portazo, había anunciado venganza. Se la ha tomado. Ha armado un esquife con cuatro colegas de Tenerife y con tres colegas de Gran Canaria y rechazando cualquier diálogo con Podemos –y sus socios Izquierda Unida, Sí se Puede y Equo– ha anunciado que se presentará al Parlamento de Canarias y que lo hará por la lista regional, lo que ha llevado al éxtasis a algún amigo canarista. Como retórica Rodríguez ha elegido, precisamente, sintetizar tres o cuatro tópicos del nacionalismo de izquierda de los años setenta/ ochenta muy ligeramente remozados. Ni conceptual, ni estratégica ni culturalmente es un discurso lúcido, crítico o particularmente interesante. Como cualquier candidato al uso no se preocupa en avanzar propuestas concretas: simplemente es bueno, es decente, es enrrollado, es buena persona y tal. Ahora anuncia que se presentará coaligado a la red de partidos que encabeza Más País, la socialdemocracia trendy, casual y urban de Íñigo Errejón. Algunos se han escandalizado. No sé por qué: esa peña no va ningún lado, salvo a la insignificancia o, en el mejor de los casos, a servir de animadoras de Yolanda Díaz que Comisiones Obreras y UGT la tengan en su gloria.

Pero el error que comenten algunos ilusos o entusiastas –táchese lo que no proceda– es apenas comparable con el de Alberto Rodríguez sobre sí mismo. Si realmente quisiera construir un proyecto político viable no se inmolaría estúpidamente en una candidatura al Parlamento que fracasará sin remedio, aunque restando votos a la izquierda del PSOE en una coyuntura crítica. Rodríguez podría haberse presentado al ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife con Drago y el apoyo de Sí se Puede –el cenizo de Ramón Trujillo no pintaría nada en esa opción– y obtener tres o cuatro concejales, y a partir de ahí, comenzar a construir una alternativa distinta. Hubiera sido inteligente y generoso a la vez. Pero no: quiere ser diputado a todo trance y cuanto antes. Alberto Rodríguez no es un héroe ni un villano: es un tipo que, como dirían en el barrio, se está buscando la vida.

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