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Artículo Indeterminado

Pobre ficción

Pobre ficción

A cada poco resurgen polémicas de esas que tanto nos entretienen, sobre si la autoficción es una plaga o una moda, o si cuando se escribe es inevitable hacerlo desde la mirada personal, incluso cuando los personajes y situaciones reflejados son de lo más ajeno a nuestras vidas.

No sé por qué no nos quedamos con el hecho insoslayable y simple de que solo hay buena o mala literatura. Y quien tiene talento para contarse a sí mismo lo tendrá para contar lo que quiera, solo que esa ha sido su legítima y respetabilísima decisión. Una decisión que, por otra parte, es tan vieja como la misma literatura, porque conocerse y explicarse es, también y, sobre todo, conocer y explicar el mundo.

Pero, erre que erre, cada cierto tiempo claman voces indignadas sobre lo que la literatura debería ser o no ser. Sobre que hablar «de uno mismo» no es literatura, es tedioso para las almas elevadas y es sencillo, mucho más fácil –falso– que inventar total y absolutamente ambientes, tipologías humanas y geografías ajenas. No tengo nada en contra de quienes así opinan, porque a mí me da exactamente igual que la gente lea el Hola o la hoja parroquial en sus ratos libres. Me es absolutamente indiferente qué puñado de libros detestan unos y alaban otros. Me tiene sin cuidado todo ese ruido y advierto que, desde Bizancio hasta aquí, hemos aprendido poco. Ya saben ustedes –y si no lo saben, aquí estoy para contárselo– que los bizantinos estaban seriamente enfrascados en un debate sesudo sobre el sexo de los ángeles mientras los otomanos cercaban Constantinopla. Así que, cualquier día, en una de estas discusiones bizantinas nuestras, nos invade cualquiera o se nos colapsa el mundo mientras nosotros seguimos inmersos en por qué es mejor autor un señor de Wisconsin que dibuja en sus novelas mundos distópicos que una señora de Alabama que autoficciona su vida como ama de casa alcohólica de pura desesperación y aburrimiento. Supongo que habrán adivinado quién me resulta más interesante.

No quiero yo decirles lo mal que lo tiene la absurdamente llamada «ficción pura» cuando resulta que Bolsonaro hace dos años escasos, en plena pandemia, alzó en brazos a un señor con enanismo creyendo que era un niño. Cuando mi tío abuelo Manuel Bolaños fue abordado por tres espectros cuando volvía de San Andrés, camino a su casa, y apareció sin ropa y sin memoria, un día después, en El Bailadero. Cuando en el pueblo conejero de mi amigo Félix había un señor al que si le preguntabas que a dónde iba ese avión respondía, invariablemente, «a Nueva York, como todos». Cuando el hermano de mi abuela materna se presentó a un concurso de feos y su mujer pensó que venía arrepentido y avergonzado y lo que estaba era triste porque quedó segundo. Cuando el señor Chervenak se casó hace unos años en Las Vegas con su smartphone y la señora Eija Riitta Berliner-Mauer, como su propio apellido indica, contrajo matrimonio en los 70 con el muro de Berlín, del que, obviamente, enviudó en 1989, sin que sepamos si cobra, por ello, pensión.

No pretende ser esto, ni de lejos, un ejercicio de teoría literaria –la tierra, para quien la trabaja y yo la Filología la he trabajado poco–, pero que, a estas alturas de la película, sigamos confundiendo autoficción con autobiografía y despreciando sistemáticamente las llamadas literaturas del Yo, por supuestamente narcisistas, habla de lo mucho que nos sigue interesando la taxonomía y las etiquetas visibles y lo poco que, por lo visto, nos importa que una obra sea buena o mala, nos mueva, nos sacuda o nos deje fríos como pescados sobre una encimera.

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