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Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

Los justos

Recuerdo una brillante performance de los justos. Estaban esperando a un presidente del Gobierno y exalcalde en la puerta de un juzgado. Chismorreaban muy excitados, los justos, comiéndose los minutos como si fueran sus propias uñas. Alguien gritó: «¡Va a salir por el garaje, va a salir por el garaje!». Algunos lo creyeron y se fueron corriendo. Otros, más dubitativos, se quedaron donde estaban. Por supuesto, la realidad no se parece siempre a Tele 5, y el presidente salió tranquilamente por donde había entrado. Casi ninguno de los justos intentó sacarle unas declaraciones. Estaban ahí para deleitarse moralmente con la terrible escena. Es posible que algún órgano cavernoso, incluso, se inflamase de gusto. Pero con la foto era suficiente. Los he recordado porque hace poco un alcalde de la misma ciudad, formalmente investigado por la autoridad judicial, debió acudir a declarar al juzgado. Y los justos no estaban ahí. Estaban en sus casas, en sus redacciones, en sus musarañas. Bueno, uno de ellos estaba en el despacho de jefe de Prensa del alcalde investigado. Donde también trabaja y cobra –curiosamente– la pareja de otro. La noticia de la declaración no se llevó a primera y su presencia se redujo a un espacio diminuto, homeopático, en las páginas interiores.

Hace poco, en ese mismo ayuntamiento, un concejal denunció unas obras ilegales de alcalde de los justos en su propia casa. La cosa era tan clara y clamorosa que la Gerencia de Urbanismo se vio obligada a abrir un expediente para concluir, en efecto, que las obras se habían ejecutado ilegalmente, y que una, incluso, era ilegalizable. Es el mismo concejal que denunció un conjunto de contratos de cuestionable legalidad suscritos a iniciativa del alcalde y de varios concejales de su propio partido. Pues bien, los justos se han apresurado a descubrir algo tremendo. Ese joven concejal había cobrado un encargo –un contrato menor– que le había encomendado una viceconsejera del Gobierno de Canarias, antigua compañera en el partido que ambos habían abandonado, un encargo profesional que el concejal y abogado cumplimentó, según los justos, copiando otros documentos y trabajos previos. Y los muy justos, atendiendo a sus inmarchitables principios éticos, han encontrado que el joven concejal es culpable, culpable sin más dilación ni mayor prueba, sin ningún derecho a la presunción de inocencia. Porque el joven concejal debe ser destruido políticamente por aceptar una escandalosa dádiva de esa viceconsejera, que cuando fue concejal de ese ayuntamiento, justo en el mandato pasado, era exaltada como una mujer incorruptible por los justos y sus compinches. El petulante edil está abocado a sufrir un escarmiento vergonzante y servir de ejemplo de lo que le ocurre a alguien cuando pretende arrojar piedras sobre el maravilloso estanque de los secuaces de los justos, bellamente adornado de nenúfares, chaqués gratuitos, ranas y contratos de publicidad.

Es una técnica muy vieja. Ya que no puedo destruir el relato y las pruebas de lo que se denuncia, procedamos a destruir al denunciante. Aun cuando la acusación que se han apresurado a vocear los medios agraciados fuera estrictamente cierta, no borraría ni la investigación judicial sobre el alcalde de los justos ni las irregularidades urbanísticas que se registraron en su domicilio. Pero, por supuesto, esto les trae sin cuidado a los justos. Si el caso termina en los juzgados los verás de nuevo en las puertas de los tribunales, señalando y fotografiando al joven concejal, gritando que se escapa por los garajes, filtrando sus palabras frente al juez, recordando quizás que cuando pequeño jamás compartía la pachanga en el recreo con los amigos. Desde hace mucho tiempo no se me escapa que los justos son una cáfila de sinvergüenzas afectados en diversos grados de un repugnante narcisismo patológico. Ahora pienso, además, que son un peligro: uno de los abscesos purulentos de esta democracia debilitada, enferma y mangoneable.

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