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Observatorio

No son las opiniones: son los datos

No son las opiniones: son los datos OPINION ILUSTRACION DE LEONARD BEARD

En el número de febrero de la revista Nature Human Behaviour hay un artículo interesante que describe lo que sus autores han denominado el efecto Einstein. Para hacer el estudio, cogieron a más de diez mil voluntarios, de veinticuatro países diferentes y les enseñaron unas declaraciones confusas y sin sentido. En algunos casos, les explicaban que aquello lo había dicho un gurú y, en otros, que eran las palabras de un científico reputado. A pesar de que el contenido de las citas era igualmente absurdo, mayoritariamente la gente pensaba que si lo decían los científicos era más importante y creíble, independientemente de sus creencias religiosas. Es un resultado que nos podíamos esperar, especialmente después de haber vivido en primera persona, durante estos últimos dos años, la relevancia que se ha otorgado a los expertos en el covid-19, que a veces ha acabado derivando en una fe ciega.

El efecto Einstein se asemeja a un fenómeno clásico, ya descrito en la época de Cicerón, conocido como argumentum ex auctoritate (o apelación a la autoridad). Se produce cuando, en una discusión, se usa la experiencia de alguien en una cosa para validar automáticamente cualquier afirmación que la persona haga en relación a aquel tema. Por ejemplo, si un farmacólogo de prestigio llega a una conclusión sobre la eficacia de un fármaco, por fuerza tendría que tener razón. Creer por defecto a quienes saben, que a primera vista puede parecer positivo, ha sido un problema importante para la ciencia y el pensamiento, que ha hecho perder tiempo y recursos preciosos a lo largo de la historia. Es por esta razón que el lema de la Royal Society, el equivalente británico de la Academia Nacional de Ciencias, fundada en el siglo XVII, es nullius in verba, que se podría traducir como «no te fíes de la palabra de nadie». Ni siquiera del sabio más grande.

Me ha hecho pensar en esto la muerte reciente de Luc Montaigner, sin duda uno de los grandes virólogos de la segunda mitad del siglo XX, ganador de un premio Nobel, muy merecido, por ser uno de los descubridores del virus del sida. No se puede subir mucho más arriba en la escala académica. Pero, a pesar de todos sus méritos, en los últimos años Montaigner entró en una espiral seudocientífica que le acercó a los postulados de la homeopatía (creía que el ADN deja señales electromagnéticas en el agua, que permitirían reproducir después la información genética) y le llevó incluso a declarar que el SARS-CoV-2 había sido fabricado en un laboratorio. No es el único que ha acabado sufriendo lo que se ha denominado como la enfermedad de los Nobel. James Watson, codescubridor de la doble hélice del ADN, ha repetido a menudo que los negros son menos inteligentes que los blancos. Y Kary Mojes, inventor de la PCR que, entre otras muchas cosas, nos sirve para detectar virus, afirmaba que al VIH no causaba el sida.

El efecto Einstein o la apelación a la autoridad nos llevarían, de una manera natural, a aceptar acríticamente las ideas de estos genios, aunque nos pudieran sonar extrañas. No en vano eran los máximos expertos, precisamente, en los temas de los cuales estaban hablando. Pero todos cometieron el mismo error: llegar a una conclusión sin tener los datos necesarios para hacerlo. En los casos descritos, ni Montaigner, ni Watson ni Mojes pudieron aportar información fehaciente que demostrara que lo que decían era verdad. Sin este apoyo, su palabra vale tanto como la de cualquier otro. De una manera parecida, últimamente hemos escuchado declaraciones sobre el covid-19 de personas con títulos e historiales relevantes, que no se sostenían si rascabas un poco la superficie. Pero muchos han apelado a la autoridad que exhibían para darles automáticamente la razón. Esto se ha visto reforzado por lo que se conoce como sesgo de confirmación: tendemos a escuchar solo lo que encaja con las ideas preconcebidas que tenemos.

¿Qué conclusión tenemos que sacar de todo esto? ¿No tenemos que confiar en la palabra de los científicos, que vemos estos días en los medios, explicándonos la pandemia y haciendo predicciones sobre cómo evolucionará? Hagamos caso, y tanto, pero solo cuando sus opiniones vengan apoyadas por datos consistentes. No es tan importante su opinión como las cifras que la justifican. Tenemos que hacer siempre el esfuerzo adicional de ir a la raíz de las teorías y ver qué tan sólidos son los cimientos. Es duro, pero también esencial, si no queremos dejarnos engañar por el primero que blanda ante las cámaras un currículum lleno de medallas. No podemos ser consumidores pasivos: la investigación de la verdad es un campo de minas difíciles de sortear, pero es un trabajo que suele tener recompensa.

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