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Mary Cejudo

Aquí una opinión

Mary Cejudo

Naturalmente, de Canarias

Este es más pecoso que el de ayer, aunque con el mismo color, amarillo oro nuevo y verdoso en la punta donde nacen unos pelillos secos que desecharé. Le corto el pequeño extremo curvo al tiempo que tiro suavemente del trozo de piel que ha quedado en mi mano. Continúo con el resto hasta, finalmente, dejarle desnudo y atractivo en mi mano. Lo aprieto con suavidad y me confirma que posee el momento adecuado de maduración y que su vitamina B, su potasio, su fósforo, zinc, calcio y magnesio y pequeños añadidos de ácido fólico y vitamina C están más que dispuestos a ser sintetizadas por mi cuerpo y a convertirme física y mentalmente, en esa mujer septuagenaria que trabaja como voluntaria en hospitales, lee un par de libros al mes, escribe largas cartas a sus amigos y se divierte los domingos cogiendo naranjas o partiendo acelgas en la huerta familiar.

Lo coloco entre los dientes y le doy un buen bocado. El dulzor y la plenitud de su carne me devuelve en el tiempo y el recuerdo al colegio, al instituto, a la universidad, a la oficina… a mi vida entera, saboreando un plátano de, naturalmente, Canarias.

Entiendo el descubrimiento que suponen todos esos frutos exóticos provenientes de países que, en ocasiones, debemos preguntar a Google su ubicación, de brillante colorido, precios acelerados y nombres que, al rato, ya has olvidado: pitahaya, kumquat, kiwano, carambola…. Para, en algunas ocasiones, encontrarte que su interior se compone de un amasijo de pipas de color negro que algún dietista o uno que se cree tal, te garantiza que, además de no engordar, previene cualquier tipo de cáncer, las enfermedades vasculares y hasta robustece tu competencia sexual.

Suelen estar expuestos en mi comercio habitual. Me molesta que se exhiban estas rarezas y que nunca encuentre rábanos, pero bueno, esa es otra historia. Ignoro si serán de fácil venta pero a la temprana hora que acudo, la mayoría de los clientes somos mayores y lo que veo que se llevan es lo de «toda la vida», manzanas, peras, naranjas… y según en que estación sandía y melón. Poco más. Incluso los cambios en frutas habituales, a sido a costa de su idiosincrasia: uvas sin pipas pero, también, sin el sabor de las de “toda la vida”, en estuches donde las de arriba han derribado a las de abajo y éstas yacen lánguidas dispuestas a empezar su desazón tan pronto llegues a casa. Más cómodas pero mucho más aburridas.

Y es que nada puede compararse con Él, tan fiel a su lejano pretérito (el plátano, naturalmente, de Canarias). En esa huerta que mencionaba, alguien plantó una platanera. Da sombra a las tortugas, dueñas ya de la pequeña fuente a donde un gato vagabundo, recién incorporado a la fauna local previo concienzudo estudio de lo pacífico de sus moradores, apaga la sed. Las hojas de la platanera fueron brotando tímidamente hasta que se convirtieron en una suerte de láminas verdes, con dibujos acanalados que el viento airea por sus bordes. Hace, justo una semana, brotó la primera piña de ese capullo violáceo y aquello parecía el área de neonatos de un hospital: todos nosotros, asombrosamente felices, sin tocar a la recién nacida piña, que nos han contado, será la única que dará su madre. Ninguno sabe cuánto tiempo tardarán esas especies de manitas en convertirse en auténticos plátanos, ni si lo hará, pero solamente el milagro de su nacimiento, el cambio en el color de la flor que cada uno de sus dedos posee, nos ha llenado de alegría. Y ¿saben qué? Si no, ahí está la tienda de la esquina para comprar alguna manilla de plátanos que ya un verdadero agricultor y no un grupo de profanos habrá sacado adelante y, quizás, hasta tengamos la suerte de que ese manjar entrañable, haya venido desde la isla de La Palma.

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