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con la historia

Las primeras luces de Navidad de la historia

Por fin ha llegado el día. Ya se empiezan a inaugurar las iluminaciones navideñas en nuestras ciudades. Y aunque este año algunos se han gastado más dinero para llegar a más calles, seguro que habrá debate sobre su diseño, su distribución y lo que surja, porque uno de los deportes favoritos es polemizar sobre cualquier detalle relacionado con cada ciudad.

Una calle iluminada en 1957.

De hecho, el propio acto de encendido de luces ya lo es: que si demasiado pronto, que si demasiado tarde, que si no se necesitan tantos aspavientos para en chufar unas bombillas... Lo cierto es que al principio alguien las conectaba y punto, pero ahora eso también requiere un ceremonial que ya se está convirtiendo en parte de la tradición navideña. Pero, ¿de dónde sale la afición de poner bombillas en las calles?

Muchas religiones y culturas tienen rituales vinculados con la luz y el solsticio de invierno, cuando la naturaleza se duerme y los días son más cortos porque el sol se pone antes. Uno de los que ha pervivido proviene del mundo germánico y originariamente consistía en decorar con velas árboles de hoja perenne, como los abetos.

Esa tradición cruzó el Atlántico con los inmigrantes centroeuropeos que fueron a realizar las Américas. Las familias, en sus hogares, prosiguieron con esa costumbre, que fue pasando de generación en generación mientras el mundo evolucionaba y aparecía una nueva forma de energía: la electricidad. Todo cambió. También la forma de vivir la Navidad.

El 22 de diciembre de 1882, el vicepresidente de la Edison Electric Light Company, Edward Johnson, invitó a algunos periodistas a su domicilio de la Quinta Avenida de Nueva York para pre sentarles una novedad: un árbol de Navidad decorado con 80 bombillas del tamaño de una nuez. Eran rojas, blancas y azules; como los colores de la bandera del país.

A partir de ese momento, se puso de moda tener un árbol con bombillas entre las clases más altas, que eran las que podían permitirse el capricho de gastarse un dineral en luces decorativas. Incluso organizaban fiestas particulares con motivo del encendido del árbol. Ahora bien, a medida que la red eléctrica se expandía también se popularizaba esa tendencia. A partir de ese momento, era cuestión de tiempo que las luces salieran al exterior. La pionera fue una pequeña localidad californiana llamada Altadena, que en 1920 puso bombillas a los cedros plantados en una de sus avenidas. La idea tuvo buena acogida y mucha gente de los al rededores fue a contemplar el espectáculo. Esto animó a sus organizadores a ampliar la parte decorada. Al poco ya se conoció como la Christmas Tree Lane, que ahora consta en el registro de sitios históricos de EEUU.

Aquella iniciativa empezó a ser copiada por otras ciudades americanas y era inevitable que aquellos viejos árboles germánicos, ahora enchufados a la red eléctrica, volvieran a Europa. De hecho en Barcelona, según in formaciones del escritor Xavier Theros, el primer abeto ilumina do se habría instalado ya en 1905 frente a la sede de la Central Catalana de Electricidad.

Pero el gran boom llegó después de la Segunda Guerra Mundial. La sociedad americana se contagió de una sensación de euforia y prosperidad que se vehiculó a través del consumismo; especialmente, en momentos señalados del año como la Navidad. Las luces ayudaban a vender más.

En Catalunya, la costumbre de las decoraciones eléctricas se adoptó a mediados de los años cincuenta, coincidiendo con el desembarco de la Sexta Flota de la US Navy. Entonces, todo lo que venía de EEUU era bien recibido. En los grandes almacenes de Can Jorba colocaron un árbol inmenso y en 1957 ya se decoró la calle Petritxol, que también había sido la primera en ser peatonal para facilitar que el incipiente turismo paseara tranquilamente. Al año siguiente, las bombillas se encendieron en las vías más emblemáticas del centro de la capital catalana: la Rambla, la calle Pelai, Paseo de Gràcia, Portal de l’Àngel... Y uno de los entretenimientos de los días de fiesta era ir a ver las luces con la familia. Des de entonces, ha sido un no parar de poner luminaria en las calles, porque sin bombillas parece que no sea Navidad.

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