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Francisco Pomares

La debacle islamista

La mayoría de los marroquís esperaban un cambio de rumbo en las últimas elecciones, celebradas el pasado miércoles. Pero la debacle del Partido de la Justicia y el Desarrollo, que perdió el noventa por ciento de su representación en el Parlamento, pasando de 125 diputados a tan sólo trece, ha supuesto una sorpresa para casi todo el mundo. Después de una década de gobierno, las expectativas despertadas entre la población más pobre de Marruecos por los islamistas, su compromiso social y la voluntad de limpieza, transparencia y lucha contra la corrupción, uno de los males endémicos del país, se ha derrumbado como un castillo de naipes, en una caída brutal e inesperada, que deja al partido de los fieles, el mayor del país hasta ayer, convertido en la octava fuerza política nacional, fuera del Gobierno, con sus dirigentes dimitiendo en masa, y con una representación parlamentaria que no llega al dos y medio por ciento de la Asamblea. Un auténtico desastre para el islamismo, y un éxito para la política del rey Mohamed VI, tras un cambio en el sistema electoral alentado por él, para permitir una mayor representatividad en un país en el que la representación estaba muy condicionada por el voto mayoritario.

La victoria del monarca ha sido aplastante: por un lado, ha frenado en seco la expansión del islamismo, muy desgastado por los conflictos y divisiones internas y por la catastrófica gestión de la pandemia. A pesar del radicalismo de sus bases, el partido en sus diez años de controlar la jefatura del Gobierno, y mantener su programa, ha actuado siempre con una absoluta lealtad a la monarquía. Pero la jugada del rey ha sido lograr que dos hombres de su absoluta confianza, uno su amigo personal, el multimillonario petrolero Aziz Ajanuch, y otro su consejero personal, Alí Fuad el Himma, dos políticos liberales, se conviertan en los triunfadores de las elecciones, y sus dos partidos puedan gobernar juntos, probablemente con el apoyo del más monárquico y nacionalista de los partidos marroquís, el Itstiqal, o de algún otro partido menor, sin grandes dificultades.

Ajanuch, además de ser la segunda fortuna del país, es ministro de Agricultura y Pesca del Reino, uno de los hombres más influyentes en Palacio y el actual líder del Reagrupamiento Nacional Independiente, uno de los pocos partidos que no surgió del Movimiento Nacional, aquél grupo anticolonialista que a mediados del siglo XX se enfrentó a Francia por la independencia, convirtiéndose en el origen de la mayor parte de las fuerzas políticas del Marruecos actual. Con una campaña moderna, realizada en dialecto y no en árabe ni francés, y gastando más dinero que todos los demás partidos juntos, el amigo del rey ha llevado a un pequeño partido de tecnócratas, empresarios e intelectuales, a ganar legislativas, regionales y municipales. El nuevo Gobierno reflejará sin duda el poder de Palacio: Ajanuch se presentó como candidato a la alcaldía de Agadir, pero puede igualmente ser propuesto a la jefatura del Gobierno, y no parece que el Himma tenga interés en disputarle el puesto. En cuanto a los islamistas, ya han anunciado que pasan a la oposición: se lamerán las heridas en un congreso ya convocado, donde seguramente renegarán de su apoyo al rey en la normalización de las relaciones con Israel, la contrapartida que hubo que pagar por el reconocimiento de Donald Trump de la soberanía sobre el Sahara. Han perdido, pero no están vencidos, y probablemente recurrirán a la radicalización para recuperar su prestigio ante la población.

Mientras eso ocurre, Marruecos será gobernado por una alianza de partidos nacionalistas y proeuropeos. Pero que nadie se llame a engaño, el nuevo gobierno mantendrá la misma línea roja de los anteriores, trazada sobre el mapa de los territorios del Sur: el Sahara. Quien no lo acepte no tiene nada que hacer en Marruecos. Ni con el rey ni con sus nuevos gobernantes.

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