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Ciencia

Razasy eugenesia en el siglo XIX

La mayor parte de la sociedad europea aceptaba que los humanos podíamos ser clasificados en razas de valor creciente | Doce territorios de EEUU legislaron medidas eugenésicas, y en 1931 esterilizaron a 75.000 hombres y mujeres por debilidad mental o conducta antisocial

Mapa alemán del siglo XIX sobre las razas en el mundo. E. D.

«Y te diré algo que he observado: si el padre es un ladrón, el hijo también lo será, por mucho que desees que las cosas sean distintas... Oh, la sangre, la sangre... ¡Es lo más importante!» (Ivan Turguenev en ‘Del álbum de un cazador’, hacia 1850)


En el siglo XIX, una gran cantidad de científicos dedican sus esfuerzos a conocer mejor la naturaleza y el comportamiento del ser humano. Aceptado, por muchos pero no por todos, que las personas formamos parte de la naturaleza y que no somos seres aparte creados para gobernarla y aprovecharnos de ella (recordemos lo que dice el Génesis 1, 28 («Poblad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre cuantos animales se mueven sobre la tierra»), los métodos científicos que se habían desarrollado para el estudio de animales y plantas son transferidos, al menos parcialmente, al estudio también del género humano. La publicación de Charles Darwin de El Origen de las Especies (1859) y El origen del Hombre (1871), se considera el punto de partida de este enfoque. En efecto, si habíamos sido capaces de domesticar y mejorar múltiples razas de perros, de ganado o de aves, ¿por qué no se podría hacer lo mismo con las personas?

El estado de la cuestión es que se aceptaba por prácticamente toda la sociedad europea que los humanos podíamos ser clasificados en razas de valor creciente. Recordemos la definición de raza de Cavalli-Sforza (2000): Un grupo de individuos (de la misma especie), que pueden ser reconocidos como biológicamente diferentes respecto a otros. Así, cualquier europeo habría mantenido que los hotentotes o los zulúes, por ejemplo, eran de una raza «inferior» a de los hombres blancos. En 1909, el filántropo francés Albert Kahn recopiló en una publicación, Les Archives de la Planéte, las fotografías en color de especímenes humanos, es decir razas humanas de todos los rincones del mundo. El objetivo, en palabras del propio Kahn, era realizar una especie de inventario fotográfico de la superficie del mundo habitado y desarrollado por el hombre a comienzos del siglo XX. En 1956, se publicaba en España un álbum para niños que tenía 150 cromos con los dibujos de otras tantas «razas humanas» (yo mismo lo coleccioné).

Gentes de distinta tonalidad de piel o de diferentes rasgos físico y vestimentas variopintas componían estos grupos humanos. Ahora bien, ¿son la inteligencia, la bondad y hasta la belleza, caracteres biológicos diferentes e inferiores en los grupos humanos todavía en estadios culturales del Paleolítico, respecto de los caucásicos europeos, sobre todo anglosajones, que ocupaban la cima de la civilización? En todo esto tuvo mucha influencia el conde de Gobineau (1816-1882), quien publicó Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas en 1853 donde defendía la tesis de la existencia de razas humanas superiores, la aria ocuparía la cúspide, y de que las distintas civilizaciones que se han desarrollado y apagado a lo largo de la Historia deben su decadencia a cuestiones tales como la «mezcla» de unas razas con otras. Podemos reconocer aquí el pensamiento que luego adoptará Hitler.

Por otra parte, las ideas darwinianas, mal entendidas por desconocer la esencia de la genética, de supervivencia del más apto junto con las teorías de Weismann del plasma germinal al que ligaba la herencia, conducen a lo que se llamó «darwinismo social», cuyo mayor exponente fue Herbert Spencer, consistente básicamente en creer que quienes ocupaban los puestos más elevados de la sociedad lo hacían por ser más válidos que los que formaban las clases bajas, situados allí por su propia inepcia.

Y también, que en cualquiera de estas razas hay individuos «degenerados» que deben ser reconducidos o, al menos, impedirles que se reproduzcan y den lugar a más seres que son un lastre para la sociedad. Esta última apreciación, más allá de sus raíces sociales, parte de una teoría impulsada por sir Francis Galton (1822-1911), que creó lo que se llamó la «eugenesia», esto es los métodos de mejora de la «raza humana» y que él definió como la ciencia que trata de todas las influencias que mejoran las cualidades innatas, o materia prima, de una raza; también aquéllas que la pueden desarrollar hasta alcanzar la máxima superioridad. Galton fue un seguidor del evolucionismo y uno de los fundadores de la biométrica, la antropometría y del estudio de la herencia en humanos. Insisto en lo escrito antes: ¿heredamos de nuestros padres la inteligencia, la bondad y la belleza igual que otras características físicas como la estatura, el color de los ojos o del pelo? Ahora sabemos algo más del asunto pero sir Francis, que creía que lo sabía todo, no tenía dudas: sí, el hijo de ladrones es un ladrón. No se hace, nace como nos dice el personaje de Turguenev.

Todo esto lo publicó Galton, con gran éxito de público en la Inglaterra victoriana en la que le tocó vivir en un libro titulado La Herencia del Genio («genio» por «talento»), libro que causó sensación y creó escuela. Se podrían crear mejores individuos fomentado la progenie de los virtuosos, entiéndase gente rica y de las clases altas como el propio Galton, aunque él mismo no tuvo hijos, y evitando la reproducción entre las clases bajas y personas con taras o dificultades de socialización como alcohólicos o ladrones. Las dificultades éticas y filosóficas que orillaba no se le pueden hoy escapar a nadie.

Si en Europa el darwinismo social fundamentaba las teorías clasistas y colonialistas, donde tuvieron mayor éxito estas teorías eugenésicas fue en Estados Unidos en un momento en que el esclavismo, el segregacionismo de los afroamericanos, y la explosión de la inmigración europea tensionó las relaciones sociales.

Es paradigmático el ensayo del psicólogo y eugenista americano Henry H. Goddard sobre los avatares reales de la familia Kallikak publicado en 1912. Martin Kallikak, un honrado ciudadano medio, en una aventura de juventud tuvo un hijo con una chica débil mental. Después se casó y tuvo otros siete hijos en su matrimonio. Analizados, por Goddard sus descendientes cuatro generaciones después se obtuvo que de los 480 descendientes de la chica corta de luces una gran parte eran delincuentes o inadaptados mientras que los descendientes de la rama matrimonial eran casi todos ciudadanos dignos. La conclusión es clara: hay que evitar que los inadaptados o minusválidos se reproduzcan.

Esta demostración tan pueril que no tiene en cuenta el medio en que se desarrollan los hijos, la falta de oportunidades ni las desigualdades sociales, llevó a doce estados de EEUU a legislar medidas eugenésicas y en 1931 ya se habían esterilizado a unos setenta y cinco mil hombres o mujeres por debilidad mental o conducta antisocial. Hasta 1972 no se corrigieron del todo estos excesos.

Conocemos bien el uso que de todo esto hizo Hitler y las consecuencias que tuvo, pero parece que aún no hemos aprendido que todas las personas deberían nacer libres e iguales para poder comparar, si fuera necesario, sus trayectorias de vida. Y no, no es verdad que la bondad, la inteligencia y la belleza sean exclusivas de algunos grupos humanos. No son de ninguna manera caracteres biológicos que diferencien a grupos, razas o familias. Por tanto, nuestra mayor preocupación tendría que ser juzgar a los seres humanos, si es que hay que juzgarlos, por sus obras y no, de ninguna manera, por la etnia a la que creamos que pertenezcan.

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