10 de octubre de 2020
10.10.2020

Las lecciones de Adán Martín

10.10.2020 | 00:30
Las lecciones de Adán Martín

Recuerdo el día soleado en el que contrajeron matrimonio Adán Martín y Pilar Parejo bajo un árbol en el pequeño jardín de su casa. Y lo recuerdo porque, como alcalde de La Laguna, yo celebré la ceremonia, más nervioso que los novios, más impresionado que los invitados. Fue un día intensamente feliz rodeados por sus más entrañables amigos. Y fue feliz a pesar de que unos pocos meses antes había reaparecido la sombra del cáncer. Quizá en algún momento de ese día la amenaza letal de la enfermedad empañó la felicidad, pero no consiguió mancharla. Adán luchó siempre por su vida como por la de todos. No se rindió, no se amilanó, orilló tanto la soberbia como la autocompasión. Y así, a lo largo de más de treinta años de servicio público, ganó un espacio privilegiado en la historia política de Canarias y en el corazón de todos los que le conocieron, de muchísimos de los que le votaron, de ciudadanos de izquierda y de derecha que nunca apoyaron sus sucesivas candidaturas. Quizás en nuestro país Adán Martín fue el último político isleño que consiguió un respeto –incluso un reconocimiento– transversal a casi todas las siglas y sensibilidades ideológicas, por encima de las trifulcas de partido, las retóricas incendiarias y las obsesiones propagandísticas.
Hoy se cumplen diez años del fallecimiento de Adán Martín, pero sus lecciones políticas siguen vivas, palpitantes, buscando convertirse en realidades fecundas. Si hubiera que citarlas, yo las resumiría en tres puntos. Primero, desde luego, la necesidad de que en la política exista tiempo y espacio para el análisis y la reflexión. En política improvisar es fracasar. Al mismo tiempo que debe prestarse atención a los problemas de la gestión cotidiana, la política, si merece tal nombre, demanda la articulación de un proyecto y ese proyecto, integrador en lo económico y lo social, requiere objetivos estratégicos claros y planificación a medio y largo plazo. Ese afán de Adán Martín ha llevado a que, a veces, se le considere un tecnócrata, pero eso es un error. Fue, más bien, un político contemporáneo cuando muchos otros seguían instalados en conceptos, ritmos y estilos de gestión y de gobierno ya anacrónicos. La prioridad concedida a la planificación, al análisis riguroso de los hechos, al trabajo en equipo, a la capacidad de diseñar estrategias y mecanismos para conseguir los objetivos perseguidos fueron y son signos de modernidad en el ejercicio de la política que caracterizaron a Adán, que tenía esos objetivos muy claros: el anclaje de Canarias en la UE y el liderazgo de las RUP; la exploración de todas las potencialidades de un nuevo REF; la modernización de la economía canaria en las empresas y sus equipamientos, en las infraestructuras de transporte, en las energías alternativas; la cohesión social y territorial de las Islas acabando con los agravios internos y creciendo suficientemente para consolidar y mejorar nuestro propio estado de bienestar.
En segundo lugar: el consenso. Adán participó, desde el ámbito municipal, en la última fase de lo que se vino a llamar la Transición, y las virtudes cívicas del diálogo y el consenso se le quedaron grabadas para siempre. Personalmente, nunca le gustó la imposición. Imponer, en democracia, incluso con mayorías absolutas, es otro fracaso. Especialmente en los grandes asuntos del desarrollo económico y social de Tenerife y de Canarias siempre se esforzó en el consenso, simplemente, porque un análisis o una estrategia consensuada, es decir, básicamente compartida por las principales fuerzas políticas eran garantía de fortaleza, congruencia y continuidad de las políticas acordadas. Adán dialogó con todos y en todo momento todo lo que le fue posible, pero, finalmente, tomaba la decisión que le correspondía tomar, asumiéndola íntegramente como una responsabilidad propia. Preguntaba, discutía, ponía objeciones, volvía a preguntar, reunía todos los datos imaginables y entonces le comunicaba al interlocutor: "Vamos a darle otra pensada a ver si estamos de acuerdo". Y se la daba.
Por último: el trabajo en equipo. Adán Martín era un líder afanoso y exigente, pero tranquilo, sin los estruendos del carisma caudillista. Su carisma no dependía de un equipo de asesores, ni de un conjunto afortunado de eslóganes, ni de las virtudes de la telegenia, sino de su propia personalidad, de su sencillez, su probidad y su despiadada capacidad de trabajo. "Nadie gobierna solo, nadie acierta solo, solo te equivocas solo", dijo una vez, y subrayaba esa evidencia para reforzar el valor del trabajo en equipo, de las lealtades de proyecto, de las lealtades personales. Era emocionante (y, a veces, asombroso) constatar la solidez apasionada de las lealtades personales de compañeros y colaboradores que creó a su alrededor en el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, en el Cabildo Insular y en el Gobierno de Canarias. El indicio más claro de que en Adán Martín no se podía escindir la buena persona y el político ambicioso, generoso y decente que siempre fue.
Vuelvo a esa mañana. La mañana de su enlace matrimonial con Pilar. Las risas y las sonrisas, los abrazos y las bromas, la música vitalista y la luz tamizada por las delgadas ramas del árbol. Un par de horas después, Adán bailaba y cualquiera podía atestiguar que había ganado. En la política –al contrario que tantos otros– encontró conocimiento de sus Islas, vías para mejorar las cosas, una irrenunciable vocación de compromiso con su sociedad, amigos que lo fueron para siempre e, incluso, el gran amor que le acompañó y acompaña más allá del final. Adán Martín: una vida plena, una victoria rotunda, uno de los mejores servidores de Canarias en el último siglo.

(*) Senador por la Comunidad Autónoma de Canarias y ex presidente del Gobierno de Canarias

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook

Mapa Coronavirus España

Mapa Coronavirus España