25-N

Niños que viven la violencia de género en casa: una huella indeleble

Los menores que se crean en un entorno de violencia de género tienden al aislamiento, a la agresividad o a dañarse a sí mismos, pero con mucho trabajo la situación puede ser reversible

Imagen de archivo de un niño mirando por una ventana.

Imagen de archivo de un niño mirando por una ventana.

Noelia Santos

¿Cómo cambia la vida de un niño o una niña que ve cómo su padre maltrata a su madre? Las consecuencias son numerosas, en algunos casos irreversibles, pero hay esperanza. José María García, doctor en Psicología y psicoterapeuta, cuenta que para el menor que se cría en este entorno, esta cruda realidad "destruye en más de un sentido el desarrollo normal de su psique". Si se es hijo de mujer maltratada, de padre maltratador, de camino a la adultez "se genera internamente una inseguridad, un miedo y una ansiedad que se extienden a todo en su vida", relata García.

Pero no es necesario que transcurra el tiempo para ver cómo afecta la violencia de género a un menor. Este experto detalla que estos niños "van a tener conductas diferentes" al resto de menores que se verán en una tendencia al aislamiento, a ser más agresivos o a autoinflingirse daño. Esto, manifiesta García, no es más que la rabia generada "por lo que ve sufrir a su madre".

La violencia de género que un menor ve en su casa se manifiesta claramente en otros aspectos que tienen que ver con una "sintomatología depresiva que cursa con tristeza, abatimiento o apatía" y también supone una bajada en sus notas porque "el fracaso escolar está asociado a niños que sufren violencia de género". Esa violencia de género, incide el terapeuta, "destruye la formación normal del niño, va a tener muchas dificultades para relacionarse con otros niños y, por supuesto, con adultos". Aquí está una de las claves que señala García: "Una de las maneras que tenemos los seres humanos de aprender es relacionarnos con los otros. A estos niños se les priva del entorno familiar adecuado para su crecimiento y de la capacidad de generar eso para, por ejemplo, hacer amigos".

Réplica de conductas

García relata casos que ha atendido en los que los menores replican esas conductas de violencia con las que se han criado, con niños más tendentes al consumo de drogas, por ejemplo, y niñas que, ya algo más grandes, "llegan en un estado semejante al de las que sufren abusos sexuales" y con una fuerte "desconexión emocional". También es común, añade, la aparición de pensamientos suicidas.

Pese a lo duro de esta realidad y al hecho de lo costoso del proceso, García asegura que, en la mayoría de los casos, el daño es reversible y, "con mucho cuidado y mucho tiempo", aunque no se llegue a sanar del todo, sí se consigue superar una experiencia por la que ningún niño debería pasar en su vida.