Venga, circule

Por cuatro duros

Por cuatro duros

Por cuatro duros / ED

Meryem El Mehdati

En general, las columnas en los periódicos tendrían que ser más cortas. Un blablablá por encima de otro blablablá solo es un cacareo que se termina convirtiendo en ruido de fondo. Nada de lo que nadie quiera o tenga que decir debería ocupar tantos caracteres, tantas páginas. Las opiniones son como las caries, nacen minúsculas y si no se atajan a su debido tiempo terminan pudriendo el diente, comiéndose la encía, transformándose en quinientos o seiscientos euros pagados a tocateja en la consulta del dentista. Limpieza, endodoncia, reconstrucción del diente, váyase a llorar a su casa si el seguro no le cubre este tema. Los días fueron acortándose minuto a minuto y sin darse cuenta se encuentra una volviendo a casa del trabajo bajo un cielo azul que comienza a oscurecer. Nos decíamos aquí cuando llovía: «Canarias no está preparada para la lluvia, no es normal que una isla entera se paralice por cuatro gotas»; me complace confirmarles que la mismísima capital de España tampoco está preparada para esas cuatro gotas. Se inundan las estaciones de metro y las calles y flotan los ratones en esa agua, y las cucarachas. Llegamos a casa calados hasta los huesos. Queríamos comprarnos un paraguas, pero los paraguas buenos son caros, y si vamos a gastarnos treinta euros en algo que usaremos tres o cuatro veces en todo el año casi que se nos quitan las ganas de protegernos del chaparrón. Por suerte o desgracia algunas personas nos caracterizamos por darle muchas vueltas al precio que pagamos por algunas cosas, tanto materiales como simbólicas, aunque no tanto como la alcaldesa de Mogán, Onalia Bueno. No apuramos céntimos de euros públicos -si todos somos Hacienda, el dinero recaudado es nuestro también- para justificar algo tan deplorable como la negativa a sufragar los enterramientos de los migrantes que fallezcan en el mar de nuestras costas. Qué triste y qué vergüenza pasar así a la historia de la política de las islas y solo ser conocida por las tramas en las que se vio envuelta y su falta de humanidad.

Será que las palabras que algunos usan ya no valen nada y por eso las emplean para construir discursos repugnantes, no lo sé. Fantaseaba de cría con crecer rápido solo para entender algunas cosas y ahora que lo hago, ahora que las entiendo, qué no daría por volver a ser una niña. Hemos asimilado teorías conspiratorias que han insensibilizado a mucha gente, la mayoría de ellos con un poder que no se merecen tener porque solo saben ejercerlo contra aquellos que no pueden hacer nada para defenderse. Los significantes y los significados que me trajeron de cabeza en mis años en la universidad ahora se han caricaturizado pero no pasa nada, no somos nosotros quienes sufrimos el látigo de la marginalización y el abandono. Lo padecerán otros. Casi la mitad de los menores de Canarias está en riesgo de pobreza y de exclusión social. El 60% de nuestros vecinos no llega a fin de mes. Si al menos nos dijeran que ese dinero que nos ahorramos al no enterrar a unos se usará para mejorar la vida de otros podríamos tragarnos la bilis, podríamos fingir que no sentimos una piedra en la conciencia dando vueltas y vueltas, más pesada que el cemento. La lengua se ondea como las olas y va donde la lleve el viento. Desde luego, necesitamos más expertos y más estudios que nos digan lo que cualquier persona con el salario mínimo deslomada en esa industria que tanta riqueza nos genera aquí sabe. Los que crecimos en Mogán tarde o temprano hemos visto las pateras llegar y lo normalizamos como digerimos el cambio de hora y la progresiva pérdida de horas de luz. No son pocas las veces que una de esas pateras que terminan llegando a duras penas a nuestras playas vuelcan en sus trayectos, como tampoco son pocas las veces que nuestros servicios de emergencias recogen los cuerpos sin vida de quienes las ocuparon durante días. Imaginen creer que esas personas no tienen derecho a ser tratadas en su muerte con un jirón de dignidad. Les confieso que comienzo a sentir algo de miedo al ver en lo que nos estamos convirtiendo por cuatro duros.