Venga, circule

Sal marina

Sal marina

Sal marina / ED

Meryem El Mehdati

No creo que se pueda señalar el momento preciso, la fecha y la hora a partir de la cual surge la brecha. Algunos creen que si se hace caso omiso y se siguen comportando como si nada sucediera esta brecha terminará por desaparecer ella sola de la misma forma en la que apareció. Sin más, en mitad de la noche o del día, un segundo todo estaba bien y al siguiente no. Un paso en falso, un titubeo cuando no tocaba. El ser humano es una criatura tan extraña. Muchos quizá ni la vean, esa barrera que de repente convierte a alguien muy amado en un extraño y nos separa para siempre. Para otros, la tierra bajo sus pies aguanta tambaleándose un par de años, un lustro, una década, depende de lo buen actor que sea cada uno o de la importancia que se le dé a la cuestión. Ese es el margen de tiempo que se otorgan antes de tirar la toalla o de tender un puente, eso es ya decisión de cada uno. Tarde o temprano llega el desconcierto: levantamos la cabeza en una reunión de amigos y nos preguntamos qué hacemos allí. Por qué no nos vamos. Quienes nos rodean se arrancan a hablar en un idioma lleno de particularidades que solíamos compartir. Ese primer instinto, el de la huida –me quiero ir, me quiero ir– surfea el resto de nuestros pensamientos durante todo lo que dura el encuentro. En el camino de vuelta a casa nos atosiga el runrún de estar dándole vueltas a algo tabú, una locura. Se puede abandonar a una pareja, pero no a un amigo. Si solemos tener dificultades a la hora de enfrentar según qué cosas intentaremos buscar excusas que nos sirvan para apaciguarnos. ¿Qué ha provocado ese sentimiento, un mal día? Un tema incómodo que se ha desparramado por la mesa compartida y ha sacado nuevas caras a personas que creíamos conocer bien. ¿De verdad queremos tirar por la borda tantos recuerdos? Sacamos una libreta, hacemos una lista de pros y contras. Vivimos en la era de la optimización ininterrumpida por defecto, esto me suma, esto me hace ser mejor. Esta amistad, no.

No existe un protocolo al que acudir para saber cómo se ha de actuar en estos casos. Llega un día en el que vemos con claridad algo que solíamos observar en los demás pero que nunca –prometíamos– nos sucedería a nosotros. Ya no queremos compartir alegrías y miserias con alguien que nos ha acompañado durante toda una vida y que lo sabe todo de nosotros. Tendemos a considerarnos estáticos en el tiempo, no nos gustaba la coliflor de niños y no nos gustará de adultos, qué ridículo. Yo detestaba mezclar dulce con salado y ahora mírenme, qué bueno está el chocolate con sal marina. Hay un latido, un ritmo que puede cambiar en cualquier momento, una suerte de golpe inesperado en la parte trasera de la cabeza que nos da ganas de extender las manos hacia el cielo y pedirle a todo el mundo que se calle un mes, por favor. No es tarea fácil explicarse a uno mismo y darle sentido a cierta parte de su existencia sin hacer alusión a las personas que ocuparon sus horas y sus días, por eso cuesta tanto tomar la decisión. Preparamos el café de una forma y no de otra porque así lo hacía nuestra madre o nuestro padre, escuchamos por primera vez el disco de determinada cantante porque un amigo nos lo prestó hace muchos, muchos años. Descubrimos que nos encanta la cocina tailandesa porque la madre de alguna amiga nos llevó allí a cenar y llegamos a los libros por alguien que insistió en que leyéramos determinado volumen porque sabían, tenían la certeza, que nos encantaría. El impacto que las personas podemos llegar a tener en las vidas ajenas es tal que nos negamos de pleno a considerar lo evidente. Algunas relaciones cumplen un propósito que solo descubrimos al mirar atrás, no pasa nada. El tiempo es lo único que vence siempre, se come hasta la pena. Quedan suspendidos en un limbo de ternura los recuerdos compartidos y la confianza regalada en un acto de fe de esos que tienen mucho en común con lo divino, pero las personas que éramos cuando se produjo el milagro no tienen nada que ver con quienes somos ahora. Damos un paso adelante, y luego otro. Es lo más bonito de estar vivos.