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70 años de cáritas en Canarias | Los beneficiarios inmigrantes

70 años de cáritas en Canarias: «Como una familia»

Personas migrantes cuentan la manera en que voluntarios y personal de Cáritas Diocesana les ha ayudado a salir adelante ante sus carencias de comida, ropa o muebles

Una trabajadora de Cáritas en el acondicionamiento de una vivienda. | | E.D.

Realidades socioeconómicas muy difíciles en sus países de origen o proyectos laborales que no salieron como se esperaba llevan a algunos ciudadanos a pasar situaciones duras. Su aproximación a la entidad humanitaria les ha permitido solventar sus necesidades más urgentes, pero también sentirse escuchados al hablar de sus problemas, a la vez que luchan por ayudas ante la administración para salir adelante.

Son diversas las circunstancias por las que una persona o una familia llega a la situación de necesitar pedir ayuda para comer, para vestir o para tener una nevera en una casa de alquiler. En algunos casos, la realidad socioeconómica en el país de origen resulta insostenible y las personas deciden empezar de cero en otro lugar. En otros, los proyectos laborales o empresariales no salen como se esperaba. Hay un momento en que el punto de partida del problema forma parte del pasado y urge resolver las necesidades del presente. Y, para esos casos, los voluntarios y trabajadores de Cáritas se convierten «en una familia» en la que no se mira dónde nació el necesitado.

Milagros García es inmigrante. En realidad, es hija de «isleños» y nació en Santa Cruz de Tenerife. Pero, con apenas un año, sus padres se la llevaron a intentar vivir el «sueño venezolano» de los primeros 60 del siglo XX. Hoy, a sus 59 años, está de vuelta en su isla natal. Pero sus circunstancias no son sencillas. Para ella, la situación en Venezuela resultaba insostenible en los últimos años. «Había mucha necesidad», relata Milagros. Es madre de una hija con discapacidad física y psíquica. Entre otras cosas, cuenta que en Venezuela «no había medicamentos» y en ocasiones asegura que llegó a consumir fármacos «caducados», porque no había otra cosa. En general, manifiesta que no recibían ayudas para salir adelante, ni ella ni su hija. Y no tenían, precisamente, problemas de obesidad ni de sobrepeso.

Hace 20 meses que Milagros y su hija pudieron acceder a un «vuelo humanitario fletado por el consulado español». Como es de suponer, llegó sin nada. Una vez en Tenerife, ambas empezaron a vivir en la casa de la hermana de Milagros. Pero ese domicilio era pequeño para tantas personas y ellas tenían que dormir «casi en la cocina».

Su primer gran avance en el Archipiélago fue obtener la ayuda al emigrante retornado. De esa manera, pudo alquilar una casa adecuada a sus necesidades en la zona Norte de la Isla. Para Milagros resultaba prohibitivo pagar una renta de 800 o 700 euros al mes en Santa Cruz de Tenerife. Y, al final, consiguió un domicilio por 450 euros. Pero en el mismo no había muebles ni equipamiento. Solo disponía de la cocina, aunque le faltaba la nevera.

Fue una señora la que le preguntó que por qué no acudía a Cáritas Diocesana para intentar amueblar su vivienda. Un día se desplazó hasta la sede de Tacoronte. «Yo era un poco reacia, arisca, como digo yo», indica. Admite que acudió con muchos recelos, ya que, en su opinión, la sociedad que ella había conocido en el país sudamericano no contemplaba esa forma de ayuda desinteresada.

«Jamás pensé que me fueran a atender así, como si me conocieran de toda la vida», relata Milagros. Al recordar esa situación no puede reprimir la emoción y las lágrimas.

Tras contar lo que necesitaba, una voluntaria de Cáritas empezó a realizar gestiones. Hizo una llamada y le preguntó a su interlocutor lo que podía tener para amueblar una casa. Poco después, la misma persona le dijo a Milagros que regresara a su vivienda, puesto que ya estaba en marcha el proceso para llevarle muebles. Entre otras cosas, le aportaron una nevera.

La ayuda recibida de la ong no se quedó ahí. En la sede comarcal de Tacoronte le entregaron un bono para que pudiera comprar ropa a un precio muy económico. Y, además, le dieron la tarjeta con la que puede adquirir alimentos en HiperDino. Explica Milagros que «se los voy a agradecer toda la vida». Sin duda, para ella, las voluntarias y el personal de Cáritas «son como una familia».

Maurizio es italiano y tiene 53 años. Hace siete que llegó a Tenerife desde su país. Quería establecerse aquí, pero no le resultó sencillo encontrar trabajo en su momento, debido a la edad. Ha trabajado de cocinero. Y también llegó a dedicarse a vender collares y anillos. «Pero nada salió bien y se acabó todo», resume este ciudadano transalpino.

A raíz de la pandemia, la empresa para la que trabajaba de cocinero cerró y él no supo cómo encauzar su vida para regresar al mercado laboral. También sufre una discapacidad del 67,2 por ciento. Sin embargo, desde que solicitó un reconocimiento para demostrar que la sufría hasta que se sometió a la «comisión médica» transcurrieron tres años y un mes.

Pero, hasta el momento, dice Maurizio que todavía no le han empezado a pagar la pensión que le corresponde. Y ese retraso lo convierte, todavía, en más vulnerable.

Una habitación en un piso compartido

Un día, Maurizio decidió acudir a la iglesia de Santo Domingo, en el casco histórico de La Laguna, en la calle del mismo nombre. Este hombre, que prefiere no revelar su apellido para que no lo identifiquen del todo, comenta que a él, por lo general, le cuesta hablar y contar los problemas que tiene. Pero uno de los responsables de Cáritas en dicha parroquia se acercó a él y le preguntó qué le ocurría y qué necesitaba. Al final, Maurizio dio el paso para exponer lo que le sucedía. De forma principal, lo que demandaba era comida. Y la respuesta que recibió fue «algo vamos a hacer y te vamos a ayudar». Y, partir de ese momento, se sintió mejor, gracias al bono que le permite comprar en un supermercado. En estos momentos, el ciudadano italiano también recibe atención de una trabajadora social del Ayuntamiento lagunero. Por ahora, dispone de una paga no contributiva. Y así puede costearse una habitación en un piso compartido en La Laguna, «como mucha gente que tiene el mismo problema que yo». Desde Cáritas lo ayudan para que pueda adquirir medicamentos y otras necesidades. Y, entre otras cosas, le han efectuado gestiones para que tenga acceso al centro de salud de la zona. Aclara que en los voluntarios y el personal de la ong no solo ha encontrado ayuda material, sino también «un trato familiar, como a una persona». «Te escuchan; para una persona soltera como yo, eso es importante», resalta el ciudadano italiano. | P.F.

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