Relatos de la capital | Siglos XVIII y XIX (XV)

Narración de un viaje a Tenerife, por William Wilde

Pescadores en Antequera.

Pescadores en Antequera. / El Día

José Manuel Ledesma Alonso

William Robert Wills Wilde, padre del dramaturgo Oscar Wilde, fue un cirujano irlandés, autor de importantes obras sobre medicina, arqueología y folclore. Esto escribió sobre una parada en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife:

"Nuestro barco se hizo a la vela desde la rada de Funchal el 5 de noviembre de 1837 y a la mañana del día siguiente ya teníamos una vista momentánea del pico de Tenerife, aunque el tiempo se volvió brumoso y nos impidió distinguir claramente su vigoroso y accidentado contorno. Se nos hizo de noche cuando doblamos la Isla por los roques de Anaga, lugar donde el viento disminuyó y nos dejó balanceando en el fuerte oleaje que rodea esta costa de hierro forjado; de repente, en nuestro entorno surgieron unas luces que pasaban rápidamente como meteoros. Eran barcas de pescadores con unos hachos de tea encendidas para atraer a los peces. Las caras arrugadas de los pescadores, sucias por el humo, con sus largas gorras escarlatas, parecían espíritus del poderoso piélago preparando la tempestad cuando aparecían en la cresta de la ola montañosa y luego se hundían rápidamente.

A las 10 horas del día 7 de noviembre echamos anclas en la bahía de Santa Cruz, la cual era mucho mejor que la de Funchal para permanecer anclados. Después de desayunar desembarcamos en el muelle donde Nelson perdió su brazo en el desgraciado acontecimiento de 1797. La primera visita fue al cónsul, quien, asumiendo toda la importancia de su cargo, te hace desfilar ante los gobernadores y autoridades civiles, militares y de marina, lo que hace que se sienta muy importante y, según él, contribuya enormemente al honor de la vieja Inglaterra.

La ciudad, cuidadosamente enjalbegada de blanco, tiene buena apariencia, pero su entorno es estéril y yermo. Este aspecto singular, común a todas las islas volcánicas, se hacía entonces más notable debido a la estación en la que nos encontrábamos, ya que no había llovido desde hacía seis meses. Incluso las grandes plantas suculentas, que brotaban aquí y allá entre las rocas, habían perdido el verdor que originalmente pudieron haber tenido. A la derecha, la tierra es alta y quebrada en barrancos, bajando hasta la orilla del mar sin nada que alivie la vista, excepto la blanca línea del acueducto que suministra agua a la ciudad y que serpentea su curso en medio de las montañas. A la izquierda, la costa se inclina gradualmente hacía el sur, desprovista de todo, salvo de piedras, lava y basalto.

La ciudad de Santa Cruz es limpia. En el centro hay una plaza bonita, llamada de la Constitución. En ella está la célebre estatua de la Virgen de Nuestra Señora de Candelaria, de buena ejecución y de fino mármol de Carrara. No pude averiguar porque los cuatro reyes guanches que están situados como soportes del pedestal, lleva cada uno un fémur en sus manos. Sólo uno de estos reyes disfrutaba de su nariz, pues las otras tres se pueden encontrar en la colección de curiosidades de nuestros guardiamarinas.

Las casas de esta colonia española son grandes y bien construidas. Tienen un patio en el centro, rodeado de galerías, y bonitas fuentes que funcionan a gran altura, lo que los hace húmedos y frescos. Cerca del muelle se encuentra un bonito paseo público, en el que crecen plantas espléndidas, como la datura fastuosa (trompeta del diablo), con sus hermosas flores semidobles de color púrpura, alcanza un gran tamaño, y la poinciana pulcherrima (flanboyant), uno de los arbustos más esplendidos que adornan la ciudad.

Fuimos a visitar la iglesia donde se exhiben las banderas que fueron tomadas en el ataque de Nelson. Tengo que confesar que nunca había sentido tanto deseo de robar como cuando vi esa bandera, en la que nunca se pone el sol, colgada como un trofeo en un país extranjero. Sin embargo, al preguntar nos enteramos de que no fueron tomadas esa noche, sino que fueron encontradas en la orilla del mar, donde nuestros botes se hicieron pedazos.

La gente de Santa Cruz es bien parecida. Las mujeres son las más guapas que he visto desde que abandoné Inglaterra. Todas llevan mantilla, fabricada con lana blanca de la mejor calidad, elegantemente adornada con un ancho ribete de raso que le cae por delante; sin embargo, este efecto elegante queda bastante estropeado al llevar un sombrero negro, adornado con cintas de diversos colores. Generalmente son altas y maravillosamente formadas, poseyendo toda la elegancia española combinada con la atracción personal inglesa. Los hombres son de una especie hermosa y robusta, todos los hombres van envueltos en una capa singular, una buena manta con una cinta en lo alto para atársela al cuello. Esta primitiva prenda de vestir parece tan vieja como los guanches. Los que se dedican a embarcar vino o hacer trabajos manuales, generalmente están semidesnudos.

Encontramos numerosos camellos caminando de forma lenta y penosa, con sus cargas de madera de pino o de piedra caliza o bien esperando sus cargas, pacientemente arrodillados. Estos animales pisan el suelo de forma tan silenciosa que la ley obliga a los propietarios a ponerles una campanilla para avisar de su aproximación.

Los barriles de vino se bajan rodando desde las bodegas hasta la abrupta orilla, donde un robusto nativo lo empuja sobre los guijarros de la playa, lo sumerge en la furiosa marejada, y lo lleva flotando hasta el navío, situado a varios cientos de yardas afuera.

Cuando salí a caminar por las montañas de los alrededores, donde había buenos huertos de papas que estaban empezando a florecer y que anunciaban buenas cosechas, observé la euphorbia canariensis (cardón), que alcanza un tamaño enorme y que parece un gran candelabro. Para que se hagan idea de la virulencia del veneno de esta planta, les hice algunas incisiones para que rezumara el jugo lechoso, una pasta amarillenta, como cera. Luego me puse en la lengua la punta de la navaja que había utilizado e inmediatamente sentí un calor intenso, una sequedad y una sensación ardiente en la faringe, en el fondo de la garganta y en el esófago, sintiéndome tan débil que me arrastré para poder llegar a la ciudad. Al reconocerme el médico, no observó ninguna rojez o inflamación y a las tres horas los síntomas disminuyeron; sin embargo, me dejaron una ronquera durante varios días.

El paisaje que nos encontramos en los alrededores de Santa Cruz es de una imponente grandeza. Los lechos de los barrancos están completamente secos y las montañas se elevan cortadas a pico, desprovistas de cualquier muestra de vegetación, excepto unos pocos cactus y cardones.

Las grandes hojas de cactus tenían una apariencia marchita, debido a la extrema sequía. Sobre esta hoja se cultiva la cochinilla, la cual fue importada de América en 1799 por Juan de Megliorini. La cochinilla se recolecta cada dos años, dejando cierto número de insectos en las plantas para continuar la especie. Para hacerlo, se sujetan uno o dos pequeños insectos en una bolsa de muselina fina y luego se le pega en las espinas de la planta. Cerca de la ciudad existen diversas plantaciones, aunque se podrían cultivar más, pero la fruta del cactus (higo pico) es un artículo alimenticio que gusta a los nativos.

Las plantas con las que se obtiene la barrilla aún no habían crecido, aunque en el muelle había grandes bolsas del liquen que se usa como tinte, recogido de las rocas. Cuando baja la marea, los habitantes más pobres se reúnen en la costa para coger jibias (pulpos), que allí existen en gran abundancia. Para cogerlas, uno de los animales se ata en la punta de un palo y lo meten en las grietas de las rocas. Cuando hacen su aparición para atacar al que está en el palo, el pescador lo coge con las manos. Por la noche, la playa estaba iluminada por los pescadores que buscaban estos pulpos.

En Santa Cruz existe un famoso museo formado por toda clase de objetos, entre ellos una momia femenina guanche cuyo cuerpo estaba envuelto en una piel o cuero, aunque no pude descubrir restos de vendajes o de tejido de lino de ninguna clase. Los guanches, esta antigua raza de Tenerife, embalsamaba a sus muertos sin utilizar ninguna clase de preparación antiséptica, excepto en las cavidades que las vaciaban de su contenido y luego las llenaban con semillas. Las cuevas en las que se encuentran las momias están en lugares inaccesibles del interior de la isla".

(*)William Robert Wills Wilde (Irlanda, 1815-1876), padre del dramaturgo Oscar Wilde, llegó al puerto de Santa Cruz de Tenerife, el 7 de noviembre de 1837, a bordo del The Crusader, de 130 toneladas, como asistente médico del millonario y enfermo de tuberculosis, Mr. Robert William Meiklam, propietario del yate. Su libro Tenerife and along the Shores of then Mediterranean tuvo un gran impacto entre los médicos ingleses, al recomendar al Puerto de La Orotava y Güímar como lugares ideales para que los enfermos pulmonares se pudieran sanar, recomendando que era el lugar ideal para establecer un centro médico-turístico (Health Resort).