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Crónica

200 años de la escala en Santa Cruz de Dumont D’urville

Bahia de Santa Cuz en 1822 E. D.

Jules Sébastien César Dumont D’Urville (Francia 1790 -1842) fue educado por su tío materno, el abad de Croisilles, en lenguas clásicas, retórica y filosofía. A la edad de 14 años ingresó en el Liceo Imperial de Caen y tres años más tarde fue admitido en la Academia Naval de Brest (Francia), donde a los 19 era alférez de navío. Además del latín y griego, hablaba inglés, alemán, italiano, ruso, chino y hebreo, y poseía conocimientos de botánica y entomología.

En un viaje por el Mediterráneo, realizado en 1820, al enterarse de que en un campesino había descubierto La Venus de Milo en las islas Cícladas (Grecia), convenció al embajador de Francia en Constantinopla para que la comprara para el Museo del Louvre. Esta escultura de 211 cm de alto, considerada la diosa del amor y la belleza, fue creada 130 años antes de Cristo. Dumont d’Urville estuvo por primera vez en Santa Cruz de Tenerife en 1822, como segundo oficial de la corbeta La Coquille, durante el viaje científico de circunnavegación dirigido por Louis-Isidore Duperrey.

Regresaría en septiembre de 1826, al mando de una expedición científica a bordo del Astrolabio que duraría hasta marzo de 1829. Los resultados de este viaje fue el descubrimiento de numerosas islas, datos étnicos, inmensas colecciones de plantas e insectos y multitud de cartas hidrográficas. Por ello, el gobierno lo nombró Contralmirante.

Como dibujante de la citada expedición viajaba Louis Auguste de Sainson (París 1800-1848), quién nos dejaría excelentes grabados de la bahía de Santa Cruz y de La Laguna. En otro de sus viajes científicos descubriría la Península Antártica, el 1 de enero de 1840, bautizándola «Tierra Adelaida» en honor a su esposa.

Desgraciadamente, en el primer accidente ferroviario que tuvo lugar en Francia, el 8 de mayo de 1842, fallecería junto con su esposa y su único hijo, cuando regresaban de Versalles.

Referencias a Santa Cruz

En el capítulo III de su obra Viaje Pintoresco Alrededor del Mundo, escribe: «El día 7 de septiembre de 1826, a las cuatro de la mañana, apareció Tenerife envuelta enteramente en una niebla, en cuyas ondulaciones se mostraba y desaparecía el famoso Pico a pesar de estar todavía a quince leguas de distancia de nosotros.

El mar era mecido suavemente por el soplo de un viento que hinchaba nuestras velas. Doblamos la punta de Anaga, dejando a la derecha las tres rocas de Nago (Anaga), y al cabo de una hora estábamos ya a la vista de Santa Cruz y de su bahía, que no puede contener más de doce navíos de línea. La corbeta tiró el cañonazo de costumbre y apareció un barquichuelo con cinco hombres que nos condujeron al fondeadero. Mientras nos acercábamos hacia la orilla me ocupé de examinar la situación de la ciudad.

Dumont D'Urville

Santa Cruz está situada en una hondonada, al pie de una pendiente pronunciada; sus casas forman una línea uniforme, interrumpida únicamente por algunos campanarios y miradores. Alrededor de la ciudad y de la rada hay un conjunto de masas basálticas que forman una especie de murallas cuyos flancos están enteramente desnudos de verdura. Estos fragmentos vulcanizados causan un calor muy vivo y sofocante.

Entramos en Santa Cruz por una puerta de madera. La ciudad nos pareció grande y agradable, pues sus calles, rectas, anchas y ventiladas tienen aceras adoquinadas con piedras redondas y desiguales (callados) y orilladas por baldosas de lava; la calzada es polvorienta y llena de pequeños guijarros.

Las casas presentan un aspecto agradable; generalmente disponen de un amplio patio, rodeado de columnas que sostienen las galerías que sirven a un tiempo de vestíbulo y de almacén. En el centro del patio hay una cisterna que recibe las aguas pluviales que luego se hacen filtrar en pequeños estanques de una piedra porosa, cuya parte superior está rodeada de plantas acuáticas (destiladera).

La escalera, situada en uno de los laterales del patio, conduce al segundo piso del edificio donde se hallan los aposentos que son de una altura desproporcionada y techos con largas vigas de tea; en ellos existe una frescura que el ardor del clima hace verdaderamente deseable. Las paredes, enyesadas muy sencillamente, están adornadas con cuadros devotos, miserables dibujos, y espejos de pequeñas dimensiones.

En una plaza que se encuentra a corta distancia del desembarcadero, llamó nuestra atención la fuente de La Pila, que en el verano mana agua en horas periódicas. Esta fuente, cuyo pilón construido con lava negra, está alimentado por el agua que llega a la ciudad a través de varios barrancos, por medio de conductos de madera (atarjeas) añadidos sucesivamente uno a otro, sostenidos por algunos andamios.

La estatua de Nuestra Señora de la Candelaria, situada sobre un obelisco de mármol blanco, en cada uno de los cuatro ángulos del pedestal tiene los últimos reyes de la nación Guanche que gobernaban antiguamente en la isla de Tenerife, con las sienes ceñidas de laurel elevando hacia el cielo el hueso de un muslo humano. Una inscripción española atribuye a la intervención de la Virgen María la destrucción de aquel pueblo labrador y guerrero al mismo tiempo. En esta misma plaza, la más bella sin duda de las tres que hay en Santa Cruz, se ejecutan grandes maniobras militares de la guarnición y de la milicia.

Las iglesias que visité son espaciosas y de mal gusto; sus columnas y capillas están llenas de exvotos, cuadros medianos y una ridícula profusión de dorados. Las bóvedas y obras de escultura están ennegrecidas por el humo de los trozos de cirio que arden a millares en todos los altares de las sagradas imágenes. Las tumbas exhalan un hedor pestilente, merced a la costumbre de sepultar allí los muertos, y sus losas están cubiertas de epitafios».

Prosigue Jules Sébastien César Dumont D’Urville en el capítulo III de su obra Viaje Pintoresco Alrededor del Mundo: «Los españoles se pasean con una capa de paño (manta) que llevan indistintamente tanto en verano como en invierno. Las calles son muy concurridas por sacerdotes, ermitaños y frailes que a cada paso son detenidos por los devotos que vienen a besar su hábito. Los comerciantes que quieren obtener la sagrada protección de Nuestra Señora de la Candelaria ofrecen pequeñas dádivas a los reverendos padres.

En Santa Cruz hay un inquisidor, pero el celo del Santo Oficio está limitado por los usos comerciales, de suerte que se reduce a prohibir las obras perniciosas y filosóficas. En las iglesias se exponen los carteles de los libros prohibidos que forman un catálogo para satisfacer los ánimos de los amantes de la novedad.

Las mujeres ricas llevan vestidos de seda o de muselina, adornados de largos encajes. Su paso es lento, su actitud flemática. Por medio de un abanico ocultan parte de su rostro, y nunca lo vuelven por cumplimiento alguno. Generalmente son morenas y no muy gordas, su nariz es aguileña, su boca grande, pero con muy buena dentadura, sus ojos vivos, y las cejas negras.

Los mendigos pululan por las calles de Santa Cruz, y a su desvergüenza y atrevimiento unen el colmo de la suciedad. A cada paso se ven niños andrajosos que salen al encuentro del pasajero pidiendo un cuartillo.

En la alta sociedad de la ciudad se da muy buena acogida a los extranjeros. Los periódicos y noticias de Europa se reciben con bastante retraso, motivo por el que los recién desembarcados son importunados con incesantes preguntas. Los isleños ofrecen su territorio abiertamente para que los extranjeros podamos investigar y estudiar sus producciones, antigüedades, etc.

La mayor parte de las noticias que he recogido se las tengo que agradecer a muchas personas que honran ciertamente los nombres de su familia y las distinciones de que están revestidas».

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