Opinión | VISIONES ATLÁNTICAS

Hugo Luengo

La utilidad de lo inútil

Una visión de la política que acepta que las democracias liberales puedan funcionar con una implicación mínima del ciudadano

Sesión de la Eurocámara en Estrasburgo.

Sesión de la Eurocámara en Estrasburgo. / EFE

O la inutilidad de lo útil. Espejo de una paradoja que nos obliga en este cambio de era a situar su dimensión. A la vista las obras de François Revel (1924-2006) El conocimiento inútil y la exitosa obra de Nuccio Ordine La utilidad de lo inútil (2013), donde abordan contenidos. Coinciden en que las democracias liberales no pueden sobrevivir sin una buena dosis de verdad. Lo que obliga al ciudadano a saber e indagar, sin objetivo práctico inmediato. La ofuscación ideológica convierte en inútil el conocimiento histórico, el humanismo, el arte y el pensamiento crítico. Ideología que a decir de Revel funciona en un triple plano, «intelectual, práctico y moral». Con ello sólo se aceptan los propios argumentos de grupo. El mérito y el esfuerzo carecen de valor, alientan las desigualdades y abolimos toda noción del bien y del mal.

Desprovistos de todo referente, carecemos de respuesta social. Una visión de la política que acepta que las democracias liberales puedan funcionar con una implicación mínima del ciudadano. El éxtasis de lo público como garantía de la seguridad de la comunidad. El sueño de la política como poder ha resultado ser una pesadilla. Entre tantas incertidumbres encontrar un camino decoroso, hacer más humana la humanidad ante el desprecio de la justicia social y del saber. La cultura es un antídoto contra la barbarie de lo útil, donde gratuidad y desinterés se desprecian. La utilidad de lo inútil es la utilidad de la vida, de la creación, del amor y del deseo. Buscar el saber en busca del conocimiento. La obsesiva búsqueda de lo útil vuelve inútil la vida misma. En la naturaleza nada es inútil, siquiera la inutilidad misma. Referentes que nos ofrece la obra de Nuccio Ordine, recién fallecido.

Con la globalización recortes en la escuela y en la universidad, en la enseñanza y en la investigación básica. Se produce un descenso general en los niveles de exigencia para permitir que los alumnos superen los exámenes con facilidad. No se pide esfuerzo, hay una reducción progresiva de los programas y más juegos interactivos superficiales. La dimensión de la función educativa debe cultivar los espíritus con autonomía, con pedagogía ajena al utilitarismo, hacer ciudadanos responsables, defender la tolerancia, reivindicar la libertad, proteger la naturaleza, apoyar la justicia. El peligro es la ignorancia más que la pobreza.

Vuelve la vieja Europa a enamorarse de sus fantasmas. Abogando por la vía del decrecimiento, haciendo del declive económico una virtud, hasta donde nos lleva Ursula Von der Leyen, presidenta de la Comisión por el Partido Popular Europeo, primera fuerza de la Eurocámara. Neomaltusianismo, sin capacidad de prosperar en EEUU y Asia, economías que tiran hoy de la globalización, con Europa con el gasto público en el 50% del PIB y ellos al tercio. La Agenda 2030 ha venido a consagrar el Informe del Club de Roma del 72; que contra el capitalismo exigen hoy una sociedad post-crecimiento y postcolonial. 50 años más tarde la población se ha multiplicado por dos y el PIB por más de cuatro, al igual que la producción de alimentos. La ciencia y la razón por delante de las ideologías. Con tres grandes retos en la globalización, la demografía, el cambio climático y la inteligencia artificial. La demografía ya nos afecta directamente, es una bomba de efecto acumulativo, sobre el mercado laboral, las pensiones, la educación y la sanidad. Singular en España con 1,19 hijos por familia, en Canarias extremados en el 0,92. Sin oferta de vivienda pública ni ayudas familiares, que se han desplazado hacia la tercera edad. En Europa los PIGS decrecen y el Norte crece con ayudas familiares. El cambio climático ideologizado, con los factores antrópicos que son irrelevantes. Y la inteligencia artificial, que nos obliga a una sociedad de esfuerzo y mérito, que nuestras leyes educativas niegan.