Opinión

Pocas luces

Vivo en un lugar donde la decoración navideña la hace el señor Scrooge. El desagradable y egoísta prestamista de Dickens que odiaba la Navidad ha montado los pobres y escasos ornamentos que componen el fácilmente superable mosaico lumínico que puebla las calles desangeladas de algunos municipios de la isla. Es verdad que algunos tienen muy pocas luces, tan apagaditas como las que nos han puesto para iluminar un cachito de acera. Entre la necesaria reducción del consumo energético y el disfrute de los vecinos existen dos elementos fundamentales en la cosa pública: armonía y proporción. Y en el medio de todo está el equilibrio, que es aquello que se pierde antes de las elecciones y lo que se pide después. Nos han deleitado con auténticas magadas, horteradas a la altura del Papá Noel colgante que dibuja los balcones de muchos hogares de Canarias y la elegancia vetusta de cuatro bombillas mal puestas. Solo falta que un operario municipal anuncie la llegada de la Navidad con una lámpara de aceite para ahorrar energía. Sin embargo, lo del alumbrado navideño en los barrios es de juzgado de guardia. Asistimos a una grosera desigualdad en la decoración navideña respecto a las principales calles y vías centrales de las ciudades. Una broma de mal gusto que ya hemos asimilado y normalizado. En el Norte y en la zona metropolitana tenemos casos dantescos de esta tropelía, que supone un agravio comparativo por el mero hecho de vivir en la periferia. Es cierto que la mayor parte de las perras se las fundieron antes de las elecciones, pero el cante es tan grande que hasta los más devotos se dan cuenta. El otro día, en el encendido de Navidad en una ciudad que está pasada el municipio de Los Realejos, la cara de los vecinos era un poema, y la de los niños, de desilusión total por el espectáculo que se venía. Ni un mísero Papá Noel con la barba falsa a medio poner, ¡ni eso! Para un concejal que podían poner a trabajar… Señores y señoras, por favor, que decorar farolas es un remedio burdo, y rescatar ornamentos de los noventa es una estafa. Estrellas torcidas, muñecos de Navidad diseñados por un mono borracho y las estructuras lumínicas a un pelo de venirse abajo. Y, aunque probablemente tenga una explicación práctica, creo que los barrios no se merecen este desierto de desidia. Luego hablan de fomentar la convivencia vecinal y el mantra típico que reza que desde los barrios emana la política municipal: «Por y para los barrios», un lema que es para troncharse. He visto mítines con más luces y mejor decorados que la Navidad en el extrarradio, porque el que vive ahí está acostumbrado a los desencantos típicos de la época navideña. Servicios básicos que funcionan mal o no llegan, la centralización eterna y las diferencias sociales, que en Navidad se acentúan un poco más. Lo mismo de siempre en una realidad muy poco cambiante. Llegados aquí es entendible y comprensible el enfado de los empresarios que están fuera de la zona comercial abierta, así como las asociaciones vecinales, que gracias a su esfuerzo aplacan lo que no hacen los ayuntamientos. El afán por llevar las fiestas a los barrios ha sido escaso un año más y parece que aquí no ha llegado la Navidad. Estoy seguro que algún día la igualdad social, urbana y administrativa entre el centro y los barrios será nuestro mejor Cuento de Navidad. ¡Bah, paparruchas!

@luisfeblesc