Opinión | A babor

Neolengua

Pedro Sanchez en la cumbre del clina COP28.

Pedro Sanchez en la cumbre del clina COP28. / AMR ALFIKY

El sociólogo Amando de Miguel definió hace ya muchos años el lenguaje con el que hablan los políticos como politiqués o cantinflesco, en recuerdo y homenaje del cómico y actor mexicano Mario Moreno, famoso por su extraordinaria capacidad de hablar y hablar sin decir nada inteligible. Pedro Sánchez no es en absoluto el único político español capaz de hablar sin decir nada, ni siquiera es uno de los que mejor lo hace. Para empezar, a él se le entiende bastante bien lo que quiere decir, más allá incluso de que lo que dice no signifique mucho. Hace ya algunos años que los españoles se han acostumbrado a escucharle cualquier cosa y su contraria, y saber sin embargo de qué está hablando. En general, siempre es de lo mismo: Sánchez vive con absoluto impudor su necesidad de justificar sus cambios de opinión, producidos siempre por la obsesión de mantenerse en el poder a toda costa, tirando de argumentarios donde la coherencia no tiene ni importancia ni valor alguno.

Sánchez no necesita siquiera hablar, a veces: ha pasado de envolverse en la bandera de España como una folclórica de antaño, a justificar la plurinacionalidad, el pluscuanfederalismo, el uso de las lenguas cooficiales como si fueran oficiales, o el origen obviamente catalán de Albert Einstein, por citar a un charnego ilustre.

Desde el día después de las últimas elecciones, Sánchez ha desenfundado su capacidad para retorcer la dialéctica y la usa como un legionario romano usaría la defensa en tortuga: se protege de todo y de todos, blindándose frente a la crítica bajo escudos de palabras con las que construye que no significan mucho, pero suenan bien.

Sánchez se ha convertido en el principal exponente, usuario y propagandista de una neolengua absolutamente pret-a-porter, que también balbucean –aunque no siempre con igual fortuna– la mayoría de sus correligionarios. No es un mérito sólo de él, este asombroso contagio palabrero de los partidarios con aspiraciones políticas, que se empeñan en reiterar, político tras político, moda tras moda, el mismo sistema de copiar términos, tonos y presentaciones. Desde el frontispicio de Felipe al por consiguiente de Saavedra, los socialistas siempre han tenido cierta debilidad por la imitación simiesca de sus líderes. Antes sólo se trataba de incorporar al propio discurso un par de palabras o tres, y así uno podía escuchar con asombro a uno de Izquierda Socialista defender tesis marxistas con un muy ponderado deje felipista.

Hoy todo resulta más complejo, la adopción del nuevo lenguaje, el imposible descifrado de la cripticidad del discurso, supone asumir también sus mecanismos más profundos: por ejemplo, no decir nada que parezca definitivo, o marear la perdiz con razones imposibles, o usar un tono dulce y sereno para camuflar el insulto, o uno soez y macarra para decir ampulosas naderías.

El acompañamiento gestual, el uso de las manos, la sonrisa a veces trocada en impostada carcajada… Sánchez es un hombre imitado por miles, pero su discurso, ajeno a la voluntad de transmitir lo que realmente cree, quizá porque realmente no cree nada, es siempre inimitable: entre sus contribuciones a la disolución del entendimiento entre españoles, algún día los teóricos del lenguaje teorizarán sobre esta neolengua sanchista plagada de más ideas vicarias que una tesis doctoral de las de ahora.

Personalmente les diré que me pasa como a Pérez Reverte: es tal el pasmo que me produce este personaje, que había venido a devolver a los afiliados el control de su partido, que incluso admiro (a ratos) su asombrosa capacidad para confundirnos, o el uso de esta jerga suya que niega siempre lo que dice o parece querer decir, o el meritorio y esforzado surfeo de sus propias contradicciones, cambios de opinión y mentiras.

¿Ejemplos prácticos? Todos de su última comparecencia en la tele pública, el pasado jueves. De manual: sobre la amnistía: «probablemente éste no era el paso siguiente que quería dar, pero es un paso coherente y consecuente con la política de normalización y estabilización en Cataluña». Sobre lo que está ocurriendo «va a ser bueno para el país en términos de convivencia y va a ser bueno también para estas fuerzas políticas que hoy rechazan la Ley de Amnistía porque estamos reincorporando al sistema político y, por tanto, a la negociación y a la acción política a actores políticos que desde 2017 negaron la participación en la gobernabilidad de España». Sobre la verificación internacional de los encuentros entre el PSOE y Junts: «es un mecanismo excepcional, pero es que la situación que se está viviendo por parte de los partidos independentistas en el sistema político español es también excepcional». Y otra más, sobre la confianza: «Entiendo que haya muchos electores conservadores e incluso no conservadores refractarios, que tengan dudas sobre esta decisión, pero lo que les puedo garantizar es que va a ser buena».

Sánchez es un cínico. Un cínico de oficio y escuela. Por si no lo habían notado.