Opinión | Risas y fiestas

Aida González Rossi

Dijo que ella misma regalaría las flores

Dijo que ella misma regalaría las flores

Dijo que ella misma regalaría las flores

Antes pensaba: no me regalen flores, regálenme piedritas duras eternas que pueda colocar en mi mesa de noche y mirar y mirar y mirar y mirar cada vez que me quiera dejar dormir. Piedras indestructibles y, sobre todo, en las que el tiempo no tenga ninguna acción: que no sean frágiles ante la aparente nada, ante la distracción mía alejándome de ellas un instante y después volviendo y pétalos en el suelo casi levitando, ¿y ahora?

Pensaba: si me regalan flores, me regalan también la tristeza del momento en el que las flores se pudran todas sin remedio, la desesperación de querer salvar algo en cuyo ciclo de vida está esa podredumbre. Solo me regalan un ratito. Y qué significa eso.

Después todo el mundo empezó a traerme flores. Fiebre de flores poniéndome los cachetes rojos. Flores por todas partes en maceteros altos y bajos y bonitos y feos pero las flores siempre hermosas y oliendo y achús, no importa, me hacía feliz mirarlas, el gesto de entrar por una puerta llevando un ramo abrazado y tenderle a alguien un: este regalo es para que disfrutes de su momento fresco y veas cómo poco a poco se va marchitando y no te preocupes, avísame, avísame cuando ya huelan a rancio y yo te traigo otras y poco a poco a poco a poco construiremos piedras. Que no tengan necesidad de ser de piedra.

Después leí La señora Dalloway, de Virginia Woolf, que empieza así: «Mrs. Dalloway said she would buy the flowers herself». La señora Dalloway dijo que ella misma compraría las flores. El libro transcurre en un solo día, habla sobre la preparación de una fiesta, y en ese día y en esa fiesta contemplamos toda la vida (no formada por todos los días de la vida, sino por todos los recuerdos transformadores de la vida) de Clarissa Dalloway, quien se insinúa salida de un pozo muy negro de angustia existencial y cuestionamiento de si vivir vale la pena. Todo comienza con ella misma yendo a comprar las flores para su fiesta. Flores que van a morirse pero que, aun así, son lo más importante de esa jornada: belleza que, en realidad (la vida: todos los recuerdos, todas las imágenes de la vida) durará por siempre.

Tanto mi experiencia (flores, flores, flores) como La señora Dalloway (flores, flores, flores) me hicieron perder el miedo. Entendí que la gente me regalaba un rato, sí, y otro y otro y otro, porque se vive segundo a segundo y las piedras no necesitan que nadie las cuide, que nadie las renueve ni que nadie asista a sus cambios que no tienen por qué ser horribles. Si te regalo una piedra, te regalaré una, la misma, por siempre; si te regalo flores, me recibirás muchas veces con la cara ruin de haberte preparado una sorpresa y querer morder tu reacción de cara que se enciende y se pone colorada y, y, y.

Si te regalo flores, te regalo algo vivo que no tiene por qué ser predecible para ser certeza. Algo que no tiene por qué tener el mejor destino pero a cuyo destino nos podemos enfrentar: la paradoja es que, si asumimos la posibilidad de podredumbre, nos cuidaremos como necesitamos. Y algún día, si la podredumbre final llega y no hay más ramitos entre los dedos picándome porque la rosa ay ay, sabremos que lo hicimos lo mejor que pudimos, que nos detuvimos a vivir esa belleza, que habitamos los ratos con todo lo que tuvimos y que la vida la componen los recuerdos significantes de la vida, y las flores significan, duran para siempre, nos habitan y nos salvan.

En La señora Dalloway, las flores son el símbolo de la vida frente a la muerte. Del goce frente al tedio. Y lo son precisamente porque son lo efímero, el día, la fiesta, preparar algo con mimo para que después termine y luego pueda volver a repetirse y así no nos quedemos solo con nuestras piedras que a veces nos acomodan en esa aparente certidumbre. Virginia Woolf reclama lo que no parece tan trascendente como la trascendencia absoluta, la fragilidad de una flor como aquello que da la fuerza para continuar viviendo. La aparente superficialidad de una fiesta como asidero: la vida es las veces que pensaste qué bobería pero qué feliz me siento y ¿tengo derecho a sentirme tan feliz, es mío esto? Pues sí.

Clarissa Dalloway, con sus pensamientos tan oscuros dándole golpitos, yendo a comprar ella misma las flores porque ella misma sabe la importancia de volver a comprarlas. Mis amigas y yo comprándonos flores cada vez que estamos tristes y necesitamos recordarnos que estamos ahí para siempre, no importa lo que pase, las flores son eternas porque lo eterno necesita comprender que es frágil para de ahí sacar su fuerza.