Opinión | Sangre de drago

Jugar, llorar y dormir

Las mascotas hacen familia.

Las mascotas hacen familia. / Carsten W. Lauritsen

Asientos 33 D, E y F. Una pareja joven con un niño. No sé exactamente la edad que tendría su hijo, pero por si ayuda, aún no caminaba. El niño tenía dos cochecitos en sus manos. Eran azul y rojo. Jugó con ellos sobre la cara de su padre, hasta que la presión en sus oídos de la altitud y el cansancio le hizo pasar del llanto al sueño. La madre, sentada en el asiento contemplaba la escena con cara feliz. Se durmió en los mismos brazos en los que antes había jugado. Jugar, llorar y dormir.

Me resultó bonito el momento. Debe ser una experiencia de sano apego pasar de brazos de mamá a los de papá, en medio de las miradas cómplices de tus progenitores. Pensaba en las estadísticas recientemente publicadas sobre la durabilidad de los matrimonios actualmente en España, y me preguntaba si ese niño tendría la mala suerte de ser del 60 % de los adolescentes que saltan de casa de mamá a casa de papá según el turno de custodia o de visita.

Todos deberíamos tener la dicha de jugar, llorar y dormir entre nuestro padre y nuestra madre. Tener la dicha o que se nos proteja el derecho humano a nacer y crecer en una familia. Me gustaría dedicarle a ese niño un artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, con el deseo y la súplica de que pueda crecer en el corazón calentito de su familia.

Art. 16 & 3: «La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado».

Luego vendrán otros a danzar y a convertir lo extraordinario en ordinario, a dilatar la lista de la pluralidad de familias y a pintar con animaversión a la que llaman «familia tradicional», como si con ese calificativo le le pudieran afear el rostro del diseño orogonal al que deberíamos embellecer con nuestro compromiso social. Este niño juega, llora y duerme entre sus progenitores, y tienen un doble principio de apego parental, la cara de su padre y la sonrisa de su madre. Y dos cochecitos en sus manos; uno azul y otro rojo. Y un futuro por delante. Y un deseo y una súplica sentada en uno de los asientes de la fila. 34.

Toda persona que mire la realidad reconoce que no todo es simple y fácil. Que hay dificultades que nadie quisiera que hubiera. Y lo uno y lo otro hace que la situación en la que crecemos sea peculiar. Pero hemos de cuidar, en la medida que podamos, dar ocasión a que toda persona tenga el derecho de ser gestado y comenzar a existir bajo el corazón de su madre, a que tenga el derecho de nacer y ser recibido en este mundo por los brazos de su padre; y de jugar, llorar y dormir entre el amor sano y maduro de sus progenitores.

Si la familia es un bien para la sociedad, no debería ser un trozo de una dirección general, sino un grande y potente ministerio del Gobierno. Y que el ministro o la ministra de Familia tuviera una consideración, sin duda, superior al de Hacienda. Lo que se considera importante se cuida. Y pocas cosas son más importantes que la familia.