Opinión | observatorio

La quema del Corán

Archivo - Imagen de archivo del secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg.

Archivo - Imagen de archivo del secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg. / Kay Nietfeld/Dpa - Archivo

La quema de ejemplares del Corán en Suecia y Dinamarca, donde ya se han incinerado más de 150 en los últimos tres años, ha dado pie a un debate sobre la libertad de expresión que es importante porque están en juego nuestros valores.

La reacción airada del mundo musulmán no se ha hecho esperar y turbas violentas de manifestantes asaltaron embajadas de ambos países en Teherán y en Bagdad, donde el clérigo chiíta Moqtada al Sadr aprovechó para llevar agua al molino de sus ambiciones políticas. Aquí el que no corre, vuela. La Organización para la Cooperación Islámica animó a sus 57 miembros a rebajar el nivel de relaciones con los dos países nórdicos, mientras el ambiente no facilitaba el visto bueno del parlamento turco al ingreso de Suecia en la OTAN. También el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas aprobó, con el voto de 28 de sus 47 miembros, una resolución que condena el odio religioso y «exhorta a los estados a que examinen sus leyes... con miras a identificar lagunas que puedan impedir la prevención y el enjuiciamiento de actos y la apología del odio religioso... y que adopten medidas inmediatas para llenar esos vacíos». Solo votaron en contra los países europeos, Estados Unidos y Costa Rica, mostrando cómo los valores occidentales están hoy en regresión ante la emergencia geopolítica del Sur Global y el acelerado cambio en las relaciones de poder en el mundo. A diferencia de 1948, cuando una ONU de 53 miembros y muy homogénea culturalmente aprobó por consenso la Declaración Universal de Derechos Humanos, impregnada de valores occidentales, hoy no hay acuerdo sobre lo que son y no son derechos humanos.

Por eso, lo que para nosotros entra dentro de la libertad de expresión, para mil millones de musulmanes es una blasfemia que debe ser castigada. «Dejen de abusar de la libertad de expresión», espetó el embajador de Pakistán en la ONU a los europeos. ¿Cómo navegar entre posiciones tan radicalmente diferentes? Cuando el Gobierno sueco ha intentado prohibir la quema y el demandante ha recurrido ante los tribunales, los jueces le han dado la razón, impidiendo actuar a la Policía. En estas condiciones, el conflicto está servido y en mi opinión solo puede resolverse con sensibilidad y respeto por las creencias de los demás, porque no todo lo que es legal está bien ni es ético. Quemar un símbolo religioso es legal y en mi opinión debe seguir siéndolo porque entra dentro de la libertad de expresión, pero no está bien y en consecuencia no se debe hacer.

Lo que sucede es que no vivimos en un mundo ideal lleno de gente bien educada y que respeta a los demás –como muestra el caso Rubiales– y, además, la libertad de expresión tiene límites, pues no se puede gritar «fuego» en un teatro lleno de gente porque podría provocar una masacre, y tampoco se puede incitar al odio contra el colectivo LGTBI o animando a matar guardias civiles, como hizo cierto rapero.

¿Y cuando se insulta o se burlan de una religión? En España son frecuentes las parodias religiosas, que se suelen caracterizar por su mal gusto y por ofender las creencias de unos para regocijo de otros. ¿Pero qué pasa cuando esos actos acaban poniendo en peligro la vida de diplomáticos en el extranjero o provocando una masacre en Charlie Hebdo? ¿Se deben prohibir? No me parece que sea el camino, yo nunca quemaría un Corán o publicaría caricaturas que hieran la sensibilidad de otras personas por respeto hacia ellas y porque no deseo ofenderles, pero también defiendo el derecho a expresar ideas aunque molesten a algunos.

Por eso yo creo que más que prohibir lo que se debería hacer es educar, eso que antes se llamaba urbanidad y que la grosería actual ha eliminado. Y hasta que eso suceda hay que defender la libertad de los demás para expresar incluso aquello que nos ofende porque prefiero la mala educación antes que la censura, aunque no haya sido precisamente ese el camino finalmente elegido por el Gobierno socialdemócrata danés, cuando ha anunciado que legislará para prohibir en espacios públicos «el trato inadecuado de objetos que tengan un significado religioso para una comunidad», como pueden ser el Corán o el crucifijo. Lo comprendo en aras de una pacífica convivencia pero no me parece el camino adecuado. La libertad retrocede.