Opinión | Risas y fiestas

Aida González Rossi

Niñas sin cuerpo en Internet

Niñas sin cuerpo en Internet

Niñas sin cuerpo en Internet

Me dan muchísimo miedo todas esas ficciones de personajes que se meten dentro de un ordenador y tienen que lidiar con una misión que se les encomienda en ese lugar al que llaman “ciberespacio”. Pensar en esos cuerpos reconstruidos, colocados en otro lugar y vueltos a crear con la infinitud de los píxeles pero representados tal cual eran en un mundo real en el que solo cabían así, me hace morderme mis uñas reales y jalarme por mis pelos reales y preguntarme qué habría pasado si me hubiera llevado mi cuerpo real a Internet.

Mi historia con Internet empezó en el chat de Terra. Una amiga y yo, a los diez años, nos metimos furtivamente y empezamos a hablar con personas a las que no conocíamos de nada. Solo se nos ocurría contarles los cotilleos de nuestro colegio y preguntarles por sus canciones de reggaeton preferidas. Cuando ya llevábamos días explorando el chat, nos dimos cuenta de que nada nos impedía fingir que éramos otras personas. Había otros temas flotando dentro de nosotras de los que podíamos hablar porque nuestro monólogo no estaba limitado a las cosas de las que, cuerpo a cuerpo, lenguas con la suciedad de no habernos lavado bien los dientes a lenguas limpias en shock al vérnoslas, podíamos hablar. Nada nos impedía inventarnos alguna burrada que (no lo sabía entonces, pero después sí) contuviera alguna verdad.

En ese momento, nos descubrimos niñas sin cuerpo, sonido como de lluvia sobre unas teclas llenas de grasa, caracteres amontonándose y después enter y a la imaginación del receptor se le dejaba la responsabilidad de decidir quiénes éramos. A partir de lo que éramos: liberarnos de nosotras mismas nos permitía acceder a extremidades silenciadas, a expresiones y sentimientos que solo podían darse allí y de aquella manera.

Así seguí, seguí, seguí… En el mundo real estaba sujeta a mi aspecto, a los roles y las expectativas que mi aspecto me dejaba en la puerta del cuarto cada mañana antes de salir como los regalitos asquerosos (cucarachas, ratones) de los gatos. Mi cuerpo condicionaba por mil cosas cómo me trataban y quién podía ser, y ese parecía ser el precio a pagar por tenerlo: todo el mundo anclado a sus límites.

Hablo sobre esto con muchas amigas queer, y todas me comentan que para ellas el desdoblamiento también se daba de una manera especial. En el ordenador, hablando con quien fuera, podían expresarse con una libertad cimentada en no ser quienes eran. No tener que lidiar con unas consecuencias reales si rompían las expectativas (obligaciones y opresiones) que su identidad tan pesada, tan inescapable, les cucaracha-ratón regalaba. Posibilidad de explorarse, de equivocarse incluso, de nombrar las cosas sin la gravedad de hacerlas verdaderas o de hacerlas encajar con la existencia de un cuerpo vulnerable y necesitado de aceptación.

El anonimato, pero también la seguridad de no poder ser castigadas, el poder huir y desdecirnos, la falta de vergüenza, un territorio nuestro sin otras normas, no tener que gestionar la mirada del otro, no necesitar ser de cierta manera o si no eres nada o si no eres monstruo de ti, animalita… Nuestra belleza brillando por fin al no ser belleza.

Mi historia con Internet continuó en juegos en los que mi carne era de píxeles enormes y sin sentido. En amistades a las que nunca les mordí las orejas. En conversaciones hasta las cuatro de la mañana. En ninguna necesidad de fotos, ni mías ni de nadie. En aprender a ver a los demás por lo que decían y aprender a ser un espacio de libre enunciación. En contar secretos a gente que después se diluiría para siempre. En escribir informalmente y con dudas pero no echarme jamás para atrás. En desarrollar una identidad que iba más allá de la identidad que me habían enseñado y me pertenecía por elegida y azarosa. En atreverme a ver mi cuerpo de otra manera porque ya me había saltado sus condicionantes y sabía tanto quién era más allá de él y, por lo tanto, con él, desde él, en él.

Soy una chica que habita con comodidad su cuerpo porque fui una niña sin cuerpo que para nada necesitó una piel que aún no había resignificado. Me construí apartando la mirada de lo que no me pertenecía y después hice que me perteneciera del todo, yo toda y menos mal que por fin ya mía.

Claro, es eso. Me aterran esas ficciones porque nunca quise llevarme mi cuerpo a Internet. Nada habría tenido sentido. Me fui tan desnuda que pude ponerme cualquier ropa y después me la lajé y jajaja derroté lo que me dolía: el ancla de las percepciones de ciertas corporalidades, el dibujo que hacen de mí antes de poder conocerme. Necesitaba olvidarlo para saber la verdad sobre mí.