Opinión | observatorio

La OTAN y su ‘flanco sur’

Izado de la bandera de Finlandia en la sede de la OTAN

Izado de la bandera de Finlandia en la sede de la OTAN / Agencia Atlas

La estabilidad en la Europa mediterránea occidental, como en los vecinos africanos al sur, en el Magreb, depende directamente de la zona geográfica del Sahel Occidental (Sahel), la «trastienda» de Libia, Túnez, Argelia, Marruecos y Mauritania.

Y se da la circunstancia de que si entre Argelia y Marruecos existe gran tensión, ambas asistidas por Rusia y Estados Unidos, con la inestabilidad lógica, precisamente Libia es la única totalmente inestable, en guerra desde hace más de diez años, declarado actualmente como un Estado fallido.

La proliferación del terrorismo en el Sahel y su expansión a los países del Golfo de Guinea es un hecho, alimentado por el yihadismo de ambas tendencias, tanto Al Qaeda como el Estado Islámico (Daesh), al penetrar por este Estado fallido hacia el Sahel, donde mantienen su pugna armada por controlar mayor territorio, derrotar al adversario y alcanzar la supremacía. Entre ambos existe alguna diferencia, pues los dos son sunníes, diferenciados de los chiíes, la otra rama del islam que surgió a la muerte del profeta Mahoma en el año 632, a los que reprueban. Los dos, Al Qaeda y Daesh, profesan el mismo dogma, coinciden en la necesidad de la yihad violenta, la lucha para salvar y purificar su religión. Al Qaeda optó por descentralizarse, estableciendo ramas territoriales subordinadas, y el Daesh se diferencia por su extremada violencia para llegar a un nuevo califato, como el que obtuvo en junio de 2014, que se autoproclamó califa desde la ciudad iraquí de Mosul, exigiendo lealtad a todos los musulmanes.

En el ámbito humanitario, esta situación viene provocando grandes desplazamientos de la población, sometidos a las inclemencias climáticas, escasez de recursos y la hambruna. Por ello recurren a la inmigración irregular hacia las costas europeas y canarias, con la tragedia de multitud de muertos en las travesías marítimas.

Cabe recordar que los países europeos Francia y Reino Unido y los Estados Unidos tienen responsabilidad directa en la situación actual de Libia, hoy totalmente inestable e incontrolada, en guerra civil desde la caída de Gadafi. Aquella guerra surgió en octubre de 2011, cuando el dictador, en su huida de Sirte, su ciudad natal, se enfrentó a diversas fuerzas rebeldes, diferentes, pero con la misma determinación, la caída del régimen, recibiendo además el ataque de la OTAN, que contribuyó a su muerte.

Ello provocó inmediatamente una deriva de yihadistas bien armados hacia Mali y, posteriormente, al resto de países en esta región. Hoy día se vienen sumando veteranos yihadistas procedentes de Siria, expertos en aquella guerra inacabada. Y para mayor gravedad, se añaden los mercenarios rusos del Grupo Wagner, que han aprovechado la ausencia de la OTAN en África durante los años de la presidencia de Donald Trump y su «America First», cuando en 2017 puso en marcha la nueva «Estrategia de Defensa Nacional», donde dejaba de ser prioridad de su acción exterior y abandonaba África. Ahora, aquellos campan a sus anchas.

Esta invasión llevó a unas consecuencias esperadas, como son los golpes de Estado sucesivos en aquellos países que no se encontraron suficientemente asistidos ni por los EE.UU. ni por el país que los colonizó, Francia, y encontraron una oportunidad en la oferta rusa.

En 2021 el maliense coronel Assimi Goita llevó a cabo el segundo golpe en su país, motivo por el que el presidente francés Macron amenazó con que retiraría su fuerza militar si no se restablecía el gobierno civil en tiempo y forma oportuna. Goiti, antes de responder a esta amenaza, fortaleció lazos de su país con Moscú, con el que contrató a mercenarios del Grupo Wagner para la protección del terrorismo yihadista, sustituyendo a las fuerzas francesas.

Ante esta circunstancia, en febrero de 2022 el gobierno francés anunciaba su retiro del país debido al deterioro de sus relaciones con la Junta Militar, y seis meses después, en agosto, informaba que todas sus tropas habían culminado la salida de Mali. Francia había combatido contra el terrorismo yihadista desde 2013 (Operaciones Serval y Barkhane). Ahora está definiendo de nuevo su dispositivo militar en esta región, su despliegue, donde ahora mantiene unos tres mil soldados en Mauritania, Níger, Burkina Faso y Chad. En el contexto actual, el gobierno apuesta por la reducción de su contingente militar, una mayor integración con las fuerzas regionales e intervenciones limitadas en el tiempo.

Al terrorismo yihadista y sus afines, el crimen organizado, se les combate por dos frentes: la OTAN, pues este Flanco Sur fue determinado en la Cumbre de Madrid en junio de 2022, y definido con un nuevo «concepto estratégico»; y también en el marco regional, por un grupo de fuerzas armadas de los países que estamos tratando, que ahora veremos.

Los estadounidenses permanecen en Siria, como Rusia pero en distinto bando, a unos cinco km de Damasco. Desde febrero de 2022 ha conseguido decapitar al Daesh en dos ocasiones. Al líder, Abu Ibrahim al Quraishi, en una gran operación de comandos de fuerzas especiales, y cuatro meses después la muerte del líder Maher al-Agal, como consecuencia de un ataque con dron y uno de sus lugartenientes quedó gravemente herido. Ambos fueron alcanzados mientras se desplazaban en una motocicleta. Vemos pues las capacidades que tiene quien lidera la OTAN, para emplearla contra el yihadismo en el Sahel, en su momento.

Y en el marco regional, mediante una Fuerza Conjunta (FC) del Grupo de los Cinco del Sahel (G5-Sahel), o sea, la FC-G5S, creada en 2017 para el control de los grupos extremistas armados y violentos. Lo formaban Niger, Mali, Mauritania, Burkina Faso y Chad para conseguir, además, un entorno favorable a su desarrollo económico.

Sin embargo, en mayo de 2022 Malí, que pretendía la presidencia y no fue aceptada (se había decidido nombrar un secretario permanente), anunciaba su retirada, quedando cuatro países para esta Fuerza Conjunta.

Pera terminar, unos datos contrastados: el Sahel es la región más castigada por el yihadismo y registra el 43% de las muertes por terrorismo de todo el mundo, un 7% más que el año anterior. Cuatro de los diez países más afectados por el terrorismo global están en la región saheliana. En 2007, el número de víctimas mortales en el Sahel solo representaba el 1% a nivel mundial. Por otra parte, si África Subsahariana registró el mayor aumento de muertes por terrorismo en 2022, el Norte de África, el Magreb, registró los mayores descensos.

Definitivamente, el Sahel se ha convertido en el epicentro mundial de la violencia yihadista.